En el medio de una revolución, Ernesto, un policía anti motines se une a un grupo de rebeldes que pretenden derrocar al presidente de su país, pues el primer mandatario aprobó una ley que le da control total del ADN a una corporación multinacional.
En el medio de una revolución, Ernesto, un policía anti motines se une a un grupo de rebeldes que pretenden derrocar al presidente de su país, pues el primer mandatario aprobó una ley que le da control total del ADN a una corporación multinacional.
"Entonces, acercándosele los discípulos, le dijeron: ?Por qué les hablas en parábolas? él respondió, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado. Por eso les hablo en parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden".
Mateo 13: 10, 11 y 13.
I
La luz de aquella tarde en Turquesia era gris. Era como si el sol tuviera miedo, como si estuviera horrorizado por lo que estaba presenciando. Solo unos tímidos rayos de su luz se filtraban a través de las columnas de fuego negro que se esparcían por toda la ciudad capital, que otrora fuera comparada por algunos, con la antigua Atenas. "La Atenas del pacifico" le decían algunos mamertos incautos, ahora dicha Atenas, esta reducida a un apocalipsis urbano, a un caos semi dantesco de carros patas arriba, de llantas quemándose en los semáforos, de cascos de policías antimotines en las esquinas arrumados como pirámides en ruinas, de bolillos partidos en mil pedazos; como migajas de pan en el medio de intersecciones, que tan solo horas atrás, estaban llenas de personas que se apresuraban a sus jornadas laborales. Nada quedaba ya, del orden, de aquel orden que obsesiona a aquellos megalómanos que solo gustan de controlar. El orden de los psicópatas, el orden de los picotazos ha fracasado, por lo menos aquí en Turquesia, así ha ido.
El olor de carne quemada y sangre coagulada impregnan el ambiente, los buitres danzan en los aires esperando a que los moribundos mueran, los perros callejeros se dan un festín con los pedazos de carne humana que yacen esparcidos por las calles de la Atenas del pacifico. Y los gatos, con la parsimonia que los caracteriza, beben con sus lenguas carrasposas, de los charcos de sangre humana que adornan las angostas calles del centro de la ciudad capital.
El palacio del gobierno, donde vivía el Dracón de Tesalia en turno, no es ajeno a la destrucción de sus alrededores. Todas las leyes que aprobó él aprobó en los últimos días, y que le prohibían al pueblo protestar en frente de cualquier edifico gubernamental, no sirvieron de nada ante la furia de la chusma iracunda, ante la furia de un pueblo asustado y desesperado que ya no tenía nada, y que lanzo a las calles a recobrar todo lo que le había sido robado por aquellos que se esconden tras las instituciones y las leyes.
Desde una de las ventanas del edificio del gobierno, ahora en ruinas, Ernesto observa todo; abstraído y horrorizado derrama lágrimas, todo por lo que lucho se ha ido al demonio. Ya no hay más orden que proteger, ya no hay ovejas que arrear, ya no hay tenientes a los cuales adular, Ahora solo queda él, solo y abandonado, solo con sus pensamientos, con sus miedos, con sus inseguridades, con sus demonios, los cuales se agitan como culebras en medio de su mente. Ernesto siempre tuvo miedo de ser un individuo como su abuelo, siempre se ocultó en el colectivo para no ser él mismo, y ahora, en el medio del apocalipsis, no le queda otra más, que ser él mismo.
-?Gran puta vida! – Gritó.
Ernesto se desgarro su uniforme oscuro, lanzo por los aires las insignias de su escuadrón antimotines, la "V" dorada que lo acredita como cabo fue a parar al canasto de la basura. El bolillo, que horas atrás había usado para golpear a los manifestantes, lo partió en dos pedazos con su rodilla maltrecha. La linterna con la que alumbró al mal también fue a dar al cubo de la basura.
- ?Ahh! Aulló de dolor. ?Gran puta vida! Repitió.
Tras el desahogo, Ernesto, cojeo alrededor de la oficina en la cual se encontraba escondido. Afuera, todavía se podía escuchar los gritos de aquellos que habían irrumpido al edificio gubernamental y tomado el control a las malas. Algunos eran gritos de júbilo, otros eran gritos de dolor, algunos reían, otros lloraban, incluso, algunos cantaban.
Ernesto no sabía qué hacer. Salir y unirse y decirles lo que había descubierto, quedarse escondido, o lanzarse por la ventana y morir. él había tomado una decisión horas atrás, y debía ser coherente con ella, ya no hay marcha atrás, lo hecho, hecho está. Pensó en voz alta. Ernesto sabía que había traicionado todo en lo que creía, había traicionado a una gran estirpe de servidores del estado. Su padre había sido militar, su hermano mayor también era militar, y él, aunque era policía, también se consideraba militar más.
-Diana, por usted me he convertí en mi abuelo, un so?ador idiota – Musitó para sí mismo.
Una explosión hiso retumbar la peque?a habitación, humo negro entro por la parte de debajo de la puerta. Ernesto se aferró al único escritorio que hay en la oficina, cerró sus ojos y espero lo peor. Un grupo de gente paso al lado de la oficina gritando y vitoreando. ?Celebraban o maldecían? Era difícil saberlo, pues, parecían un grupo de barbaros que acababan de irrumpir en las murallas de Roma.
El humo negro inundo la oficina en cuestión de segundos, no dejándole más remedio que ir hasta la ventana para respirar con comodidad. Estando allí, con sus ojos puestos en la plaza principal de la ciudad capital pensó en suicidarse otra vez, pero lo único que hiso fue quitarse la camisa negra y arrogarla por la ventana. La puerta de la oficina se abrió. ?Aquí está Ernesto! Grito alguien, que parecía ser mujer. Ernesto reconoció la voz, y supo de inmediato que le había llegado la hora, la hora de la verdad, la parca ha venido por él, ya no hay escapatoria.
El sonido metálico del seguro de un arma cuando es liberado se escuchó. Ernesto no se dio la vuelta, él no quería mirar, cerro sus ojos con violencia y saco una de sus piernas por la ventana.
-Ni se te ocurra tirarte –le dijo la mujer.
Ernesto abrió los ojos y solo atinó a decir: Después de lo que vi, no me queda otra opción.
La mujer se acercó a él con lentitud, sus pies rompían los pedazos de vidrios que abundaban en el suelo. Cuando llego al lado de Ernesto ella le murmuro: Claro que tienes otra opción, tus hijas te esperan...
-?Me niego! ?No quiero vivir en un mundo lleno de esos engendros! – Gritó con sus ojos cerrados negándose a ver el rostro de aquella mujer.
-Es necesario afrontar con valentía la realidad... – Dijo ella.
?No, no puedo! Gimió Ernesto, y luego cayó lentamente a los pies de la mujer, como si fuera una hoja de un árbol arrastrada por la brisa. Ella se agachó y lo miró fijamente a los ojos, le desnudo el alma y luego sonrió.
-?Mátame, Penélope! – Le ordenó él, aun con sus ojos cerrados.
-?No! – Contestó ella – después de lo que hiciste no mereces morir.
La expresión del rostro de la mujer cambió de repente, su sonrisa se borró, lagrimas brotaron de sus ojos color miel, su cabello casta?o, sucio por la inmundicia de las cloacas, se iluminó. ?Sus lágrimas serán de alegría o tristeza? Se preguntó Ernesto al escucharla sollozar, luego se fundió a negro.
II
Aquella ma?ana Ernesto Sabino abrió sus ojos media hora antes. Eran las 4 y media de la ma?ana cuando despertó. La curva que forman las caderas de su esposa mientras duerme de lado, le obstruye la luz que entra por la enorme ventana de su cuarto, mas no le importa, Ernesto se acerca a ella y con su mano derecha le da una nalgada, el estruendo resultante se escucha en todo el apartamento. Ella abre sus ojos azules y sonríe tímidamente.
-?Por qué te despiertas tan temprano, mi amor? – Dijo ella con voz suave.
Ernesto la hala con violencia hacia su lado, toma con suavidad la mano izquierda de Diana y la desliza lentamente hacia su propia entrepierna, muy por debajo de las cobijas.
-?Mi amor...! – Dice ella con una sonrisa pícara adornando sus labios rosados.
-Es su culpa – Contesta él, con su usual tono militar.
Entonces ambos se entregan con frenesí a un desenfreno sexual que dura unos veinte minutos. El sonido de la cadera de Ernesto chocando con las nalgas de su mujer retumba, como diana militar, en todo el edificio. ?Allí están de nuevo cogiendo! Piensa Ernesto que dicen sus vecinos.
- ?Más despacio! – Dice jadeando Diana. – Que vas a despertar a las ni?as...
Pero en vez de bajar el ritmo, Ernesto lo acelera aún más, enredando el cabello de su esposa en su mano derecha con furia. Y con la otra le apachurra sus senos. Hasta que al fin, cinco minutos más tarde, ambos logran el tan esperado orgasmo.
Después de su peque?a maratón de sexo, Ernesto se colocó un pantalón de sudadera rojo y una camiseta blanca con el escudo del escuadrón anti motines en el pecho. Acto seguido se calzó sus zapatos tenis de marca, y se preparó para salir a correr sus acostumbrados cinco kilómetros diarios.
-?Vas a salir a correr después de todo...? – Preguntó Diana aun jadeando.
-?Claro que sí! Contestó él, mientras calienta los músculos de sus piernas.
-Está bien, pero cierra bien la puerta cuando salgas.
Antes de salir a correr, Ernesto va a la habitación en donde duermen sus dos peque?as ni?as; Valentina y Michelle. Aunque en la habitación hay dos camas, las ni?as prefieren dormir juntas abrazadas. Con sus ojos llorosos, hinchados de orgullo el joven policía ve dormir a sus gemelas abrazadas, la tierna escena hace que su exterior duro y frio se colapse y salga a relucir el enorme amor que siente por sus reto?os. Ernesto se agacha, y les acaricia la cabellera rubia a sus dos ni?as.
-Las amo mis ni?as – les dice murmurando y sale de la habitación.
A Ernesto le gusta salir a correr a un enorme parque que queda a solo dos cuadras de su edificio. En ese parque hay senderos que se adentran en el bosque, y en donde suelen correr mujeres muy hermosas, muchas de ellas pertenecientes al jet set de Turquesia; actrices famosas, modelos y una que otra esposa de algún oficial superior, que pasa sus días sola en su casa. En una curva en particular, muy adentro del bosque, el joven policía se encuentra todos los días a la misma hora con una bella joven de cabello casta?o y ojos color miel. Dicha mujer siempre viste coloridos shorts muy cortos, acompa?ados de camisas ce?idas a su delicado torso, que resaltan sus enormes senos. El encuentro "casual" que ya se ha convertido en una cita semi concertada por ambos, siempre sucede a la misma hora (las 5 y media) y no dura más de dos o tres segundos. él y la bella joven hacen contacto visual. Ella le sonríe y él le gi?a uno de sus ojos. Todos los días Ernesto jura saludarla, pero cuando el momento llega algo lo detiene, mas no es el recuerdo de su esposa lo que frustra sus intentos, es más bien, el miedo a que alguien más lo vea. Esta ma?ana Ernesto se ha decidido a hablarle cueste lo que cueste a la bella chica, pues, la noche anterior la vio en la televisión interpretando un peque?o papel en su telenovela favorita.
Al fin, después de 10 minutos trotando dentro del bosque, Ernesto llega a la famosa curva, pero esta vez la joven no está allí. El policía decide esperar por unos segundos detrás de un árbol. Pasan cinco largos minutos y la bella joven, ahora semi famosa, no aparece. Aburrido, Ernesto, decide seguir su camino, y en ese momento la hermosa chica hace su aparición. Ernesto rápidamente corre hacia su encuentro, y cuando están a punto de encontrarse ella cae. Ernesto piensa; "?Que suerte!" y rápidamente se le acerca.
-?Estas bien? – Le preguntó.
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A woman is persecuted by an evil entity through a dark forest. He wants her soul.
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Today is October 14th, my birthday. I returned to New York after months away, dragging my suitcase through the biting wind, but the VIP pickup zone where my husband’s Maybach usually idled was empty. When I finally let myself into our Upper East Side penthouse, I didn’t find a cake or a "welcome home" banner. Instead, I found my husband, Caden, kneeling on the floor, helping our five-year-old daughter wrap a massive gift for my half-sister, Adalynn. Caden didn’t even look up when I walked in; he was too busy laughing with the girl who had already stolen my father’s legacy and was now moving in on my family. "Auntie Addie is a million times better than Mommy," my daughter Elara chirped, clutching a plush toy Caden had once forbidden me from buying for her. "Mommy is mean," she whispered loudly, while Caden just smirked, calling me a "drill sergeant" before whisking her off to Adalynn’s party without a second glance. Later that night, I saw a video Adalynn posted online where my husband and child laughed while mocking my "sensitive" nature, treating me like an inconvenient ghost in my own home. I had spent five years researching nutrition for Elara’s health and managing every detail of Caden’s empire, only to be discarded the moment I wasn't in the room. How could the man who set his safe combination to my birthday completely forget I even existed? The realization didn't break me; it turned me into ice. I didn't scream or beg for an explanation. I simply walked into the study, pulled out the divorce papers I’d drafted months ago, and took a black marker to the terms. I crossed out the alimony, the mansion, and even the custody clause—if they wanted a life without me, I would give them exactly what they asked for. I left my four-carat diamond ring on the console table and walked out into the rain with nothing but a heavily encrypted hard drive. The submissive Mrs. Holloway was gone, and "Ghost," the most lethal architect in the tech world, was finally back online to take back everything they thought I’d forgotten.
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