DE J
rumpido por el vibrar histérico de mi teléfono en el bolsillo de mi chaqueta. Miré a Asher. Él ni siquier
Clínica San Judas. Mi
salió más aguda de
ios médicos de su hermano, Leo Malhore, han sido suspendidos por falta de pago acumu
moverlo. Leo está conectado a un respirador asistido la mitad del día,
enes vienen de la nueva adminis
lo único que me quedaba en este mundo, estaba siendo tratado co
le, ajustándose los gemelos de oro de
n la habitación parecía habers
ladeando la cabeza con u
compré hace exactamente veinte minutos, justo antes de que ent
ritorio de obsidiana con ambas manos-. ¡Leo puede morir si lo mueven
ida que me hizo sentir pequeña, insignificante. Rodeó el escritorio y se detuvo a centímetros de mí.
aún no has entregado el contrato físicamente a mi a
frustración empezaron a escocer en mis ojos, pero
egante que parecía un arma en sus manos. Marcó u
ntes y el mejor equipo de neurología del país. A partir de ahora, su supervivencia es la priorida
resó, pero esta vez estaba cargado de una te
A cambio, tu vida me pertenece. Cada suspiro, cada pensamiento y cad
golpeó como un mazo. Había salvado a Leo, pero a cambio,
nidad. Tomé el contrato de la mesa y saqué una pluma de mi bolso-
bufido de risa
Malhore. Te lo concedo. ¿Qu
"No habrá besos, no habrá afecto, no habrá intimidad más allá de lo estrictamente necesario para la concepción del
Pensé que se enojaría. Pensé que rompería e
mi brazo, dejando un rastro de fuego a su paso, hasta que sus dedos se enredaron con
ariño... para enamorarse se necesita un corazón. Yo no tengo uno, y
ndo vi que, con una parsimonia insultante, rompió la esquina donde
aría ahí mismo, con la furia de un incendio-. El contrato dice que eres mi esposa. Y yo no acepto esposas a medias.
eé, aunque mi corazón latía d
dora y hermosa que había visto nunca-. Recoge tus cosas. Te vas de t
a mi hermano! ¡Tengo
de par en par, dándome la señal de salida-. De Leo se encargan mis médicos. De tus maletas se encarga mi personal. Tú solo tienes que en
or el pasillo de cristal, sentí su mirada clavada en mi espalda,
a mirada. Ya no era Jeane Malhore. Era el trofeo de Asher Redd. Y lo peor de todo no era el miedo a lo que él pudiera hacerme... sino el

GOOGLE PLAY