el cielo de la ciudad co
e inclinaba sobre ella, amenazando con aplastarla antes incluso de entrar. C
n una bofetada helada en cuanto las puertas giratorias la tragaron. Todo allí dentro gritaba dinero nuevo y poder absoluto: los suelos de m
olkov -dijo Valeria, esforzánd
una belleza clínica y fría, ni siquier
eñorita De la Vega. El ascensor
e los guardias de seguridad en su espalda. Cuando las puertas se cerraron y la cauel, pero un hombre al fin y al cabo. Puedo negociar. Puedo ofrecerle
y las puertas se abrieron directamente a
al que ofrecían una vista panorámica de la ciudad a sus pies. El sol del atardecer bañaba
un escritorio de madera oscura tan gran
as manos metidas en los bolsillos de un pantalón d
on contra el suelo de madera pulida, un sonido solitario y agudo-. Soy Va
hombros bajo la tela fina de la camisa blanca. Era alto. Mucho m
ienes, Vale
a detuvo
a vertebral como una descarga eléctrica. Esa voz... esa voz le resultaba impos
se giró
pulmones. Su bolso de diseñador se resbaló d
era un viejo empresario co
que solía recortar los setos del laberinto de su jardín hace diez años. El hijo de la cociner
n la incredulidad estr
ndo alrededor del escritorio con l
he de Valeria. Su cabello negro, antes revuelto y largo, ahora estaba corto y peinado con una precisión militar. Pero era
iendo su espacio personal. Olía a s
iendo el apodo con una mezcla de burl
r los puntos. ¿Cómo había pasado el hijo de los empleados domésticos a ser
o de Valeria de arriba abajo, deteniéndose en el traje blanco impecable, evaluándola no como
El miedo comenzó a reemplazar al shock. Si Dante era quien tenía
. Risas crueles. Él saliendo empapado y humillado de la propiedad. U
cuando éramos niños... -empezó ella
da corta y sin humor
poyando una mano en el respaldo de la silla, atrapándola-. No estás aquí para habl
la, aunque su voz sonaba débil
a lanzó sobre la mesa, deslizándola hacia ella-. Todo lo que llevas puesto, desde esos pendientes de diamantes hasta
costándose con una arrogancia que
No fue una invitaci
nas temblaban tanto que obedeció, sent
nes cinco minutos antes de que llame a la policía y e
peta. Las letras bai
n de Servicios y
as cláusulas, la bilis l
onibilidad absol
recho a decidir la vestimenta, re
de contacto con medios de com
vista, ho
sclavitud.
gió de hombro
a puerta está abierta. Puedes irte. Pero si cruzas ese
o y la dejó sobre el papel. El son
leria. ¿Cuánto
ora convertido en su verdugo. Entendió entonces que no había escapatori
uma. La tinta negra fluyó sobre
era vez, Valeria vio al
trato en un cajón-. Ahora, levántate. Tienes trabajo que hace

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