opia sombra: fría, indiferente y llena de callejones que susurraban secretos prohibidos. Había llegado con el poco dinero qu
o no tenía espacio para una joven extranjera sin papeles, con una mirada que intimidaba a los reclutadores y unas manos que parecían buscar constantemente algo
s de neón rojas teñían el pavimento como la sangre que dejó atrás en su casa. Se detuvo frente a un
una mujer de unos cincuenta años, vestida con seda negra y joyas ostentosas, la observaba con ojos de
a ella. Sus ojos seguían teniendo ese brill
a seca, dejando su copa
e lugar, las mujeres venden lo único que los hombres no pueden comprar con amor: placer. S
re ella y la cara de su madre ignorando sus g
una voz que heló la sang
la barbilla hacia un rincón sombrío, donde un hombre de
conocido y respetado en esta ciudad. Un hombre poderoso que paga bien por s
nzada de sorpresa
arqueando una ceja-. Pensé que me pondrías a pru
delante, su rostro a poc
perder el tiempo contigo ni para ser tu maestra de modales. El sena
ivadas en el piso superior. El senador Dupont no perdió el tiempo en galanterías. En cuanto la puerta se cerró y el candado hi
sentándose en el borde de la cama-. He tenido un día difícil
a, comenzó a insultarla en francés, creyendo que ella no entendía el peso de sus palabras. Pero Ana no estaba escuchando sus insultos; estaba sintiendo ela, creyendo que tenía el control total, Ana actuó. Con una agi
poder les da derecho sobre el cuerpo de
apó la boca con la misma frialdad con la que Erick lo había hecho con ella. Pero esta vez, ella era la que tenía el cuchillo. Lo
aún en la mano. Al bajar las escaleras, el caos estalló. Matteo, el jefe de seguridad
por esto! -gritó Matteo, extendiendo
s dedos de Matteo la tocaran, una voz profunda y autorit
próxima bala no irá a tu
r parecían atenuarse a su paso. Era Louis Dubon. Vestía un traje de tres piezas hecho a medida, y en sus ojos ha
parpadeo. Louis caminó hacia Ana, ignorando el cuerpo del político que seguramente ya estarían descubriend
Louis con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos-. Pero me gus
ouis representaba todo lo que ella quería ser: el poder absoluto, la elegancia de la muerte, la invulnerabilidad. En ese momento, mientr
is, mirando a Marta, quien se
sino con la firmeza de un dueño reclamando su posesión más valiosa. La es
eguntó Ana mientras el a
llo-. París es pequeña para alguien que acaba de matar a un senador. Si vas a estar
el inicio de algo mucho más peligroso. Pero mientras se perdían en las avenidas de París, Ana se dio cuenta de que no solo que
n refugio; encontró el espejo de

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