el hotel llegué a casa y me dejé
ra alguna dieta revolucionaria, algún medicamento novedoso o un procedimiento estético para ayudarme a perder peso, pero no, no era nada de eso, el video me hizo sentarme de golpe. Era yo, en una tarima acept
cualquier prometida, la heredera del imperio empresarial Montenegro, nada más y nada menos que Isabella Montenegro y como cereza del pastel, el C
bello hecho un nido de pájaros, el maquillaje se había borrado de mi rostro por completo, me lavé los dientes para quitar el sabor del whisky mezclado con el vómito. Nunca t
y cuando Damian intentó meterse junto conmigo, le pedí que apagara la luz, no quería que me viera desnuda, no quería que se espantara, él pareció entenderlo de inmediato. Se acercó al
l whisky quemó mi garganta, pero no tanto como la vergüenza que me ardía bajo la pie
go la luz? -dijo con una media sonrisa, esa que
que estaba mintiendo. ¿
almente-. Pero tampoco voy a quit
rcó de
brazos. Las lámparas laterales daban una luz cálida que hacía que su piel pareciera casi dorada. Se levantó y caminó ha
a vez que quieras
ligera, casi reverente. Yo no sabía qué me ponía más nerviosa: que me estuviera viendo... o que lo estuviera haciendo con tanta calma. C
n poco en mi mano c
la habitación. Sus labios reemplazaron el recorrido de sus manos, dejand
hasta mi abdomen. Se detuvo ahí. Sus ojos recorrieron mi cuerpo sin prisa, sin burla, sin juicio, solo deseo. Un deseo concentrado con el que nadie j
nerla, estaba encima de mí, sus labios rodearon uno de mis pezones, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Un gemido escapó de mi ga
Lo que más me duele de ese recuerdo no es la apuesta. Es que esa noche... mie
tado a un hombre que me hiciera compañía, no sé cómo, pero lo sabía y fue con una sola intención, cumplir con una apuesta, o un castigo, no lo sé, follarse a Isabella Montenegro, la
aquel encuentro incómodo en el ascensor, de la discusión tensa en el hospital, Damian Villalobos no tenía ninguna razón para hacerme algo así. No éramos enemigos. No éramos amantes. No éramos nada. Entonces ¿por qué? ¿Por
forma en mi cabeza como
nga
o eso suficiente para herir su ego? ¿Para que decidiera humillarme de la forma más cruel posible? La heredera malcriada tratando mal al hombre equivocado. El hombre que result
treparme por el
sentido
ndiendo por mi cuerpo no era estrategia sino impulso. Fui tan ingenua. Tan estúpidamente ingenua. Un hombre como Damian Villalobos no mira a una mujer como yo de esa manera sin una razón d
go dentro de
se mezcló con el olor ácido del vómito reciente. Respiré fuerte. No fue suficiente. Agarré la caja de maquillaje y la barrí con el brazo, cayó al suelo desparramando sombras
o miré el nombre en la pantalla. El pulgar se quedó suspendido sobre la pantalla unos segundos eternos.
ono dejó
después vol
nsist
deci
ientes y des

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