na incipiente, reflejando las luces rojas y blancas de los semáforos y los flashes esporádicos de los paparazzi que aún acechaban la entrada. Su respi
er esperando estoicamente bajo un paraguas. Junto a la puerta abierta, Alexander sostenía a Valeria por la cintura. Ella se
pedir un taxi y desaparecer en la noche, pero Alexander levantó la vista
ertar a los fotógrafos-. No hagamos una escena en la calle. L
la mujer que había acaparado el corazón de su esposo. Sin embargo, Clara estaba demasiado exhausta para pelear. Ya no le quedaban fuerzas p
a y emocional infranqueable entre él y su esposa. La puerta se cerró con un ruido sordo, aislando el habitáculo del rui
enía de la lluvia que ahora golpeaba con furia contra los cristales tintados
n con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Podía oler el perfume dulce y empalagoso de Valeria mezclándose con la colonia amaderada de Alexander. P
xander era una aguja clavándose en el alma de Clara. E
s ojos. Tres años. Tres años intentando ser suficien
iaparabrisas luchaban por mantener la visibilidad. El chófer condujo con precaución al tomar la
e, todo s
n enorme camión de carga, que había perdido el control sobre el asfalto mojado al sa
s cegadores inundando el interior del
del suelo por la fuerza brutal de la colisión, girando sobre sí mismo antes de estrellarse violentamente contra las barreras de contención del puente.cesó, el silencio que siguió fue
y el borde del precipicio que daba al río embravecido. La oscuridad dentro del vehículo era
ero un dolor agudo y punzante le atravesó el costado izquierdo. Miró hacia abajo, en medio del caos de sombras y escombros. La puerta de su
rdó un segundo en identificar el olor áspero y químico que
iendo el estupor del momento. Era Valeria-.
jarse. Estaba desorientado, con un corte superficial en la frente que sangraba profusamente sobre
menzaba a filtrarse por las rendijas del motor. Su instinto de supervivencia, y
ngo miedo! -sollozaba Valeria, aferrándos
a insoportable, pero el pánico de morir cal
n susurro quebrado. Tosió, escupiendo sangr
léctricas, sus ojos se encontraron. Clara vio el pánico en la mirada de su esposo, vio cómo evalu
extendiendo una mano temblorosa ha
ículo como si fuera de día. El fuego avanzaba rápido. El tiempo se agotaba. Solo había un
ón requeriría tiempo y fuerza. Luego miró a Valeria, que no estaba atrapada, sino. No hubo un grito de agonía de su parte, no hubo una lucha desesperada por intentar salvar a las d
, pateando con todas sus fuerzas lo que quedaba de
ro el humo se coló en sus pulmones, ahogan
rabrisas destrozado. Salió del coche arrastrándose sobre el capó caliente, t
su esposo, el hombre al que había amado en silencio durante años, d
lo miró fijamente. La temperatura dentro del coche era ya
ncia, su voz apenas audible sobre el crepitar del
se alejó corriendo con Valeria en brazo
abandonó para que
. El dolor de sus piernas aplastadas palideció ante la fuerza sísmica de aquella traición. Su matrimonio no era de
a dejó caer su cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Ya no lloraba. Ya no sentía miedo. Mientras la consciencia se le esc
e, el hombre que corría en la distancia iba a

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