ra viejo, de paredes delgadas y luces amarillas que nunca terminaban de iluminar bi
iempre, aunque sabía que su hermana apenas podría probarl
adre estaba sentada en el sillón de la sala, como todas las noches, con la espal
dijo sin reproche,
-respondió Cassandra en
r negó d
El médico llamó en la tarde, dice
los ojos un segun
Dur
madre-. Le costó mucho conci
a forzó u
pre pr
-contestó la mujer, mirándola fijamente-
tación de su hermana con pasos lentos. Abrió
los labios secos, y el cabello recogido en una trenza floja que Cassandra le había h
surró-. Maña
tó los zapatos, dejó la mochila en el suelo y se sentó en la c
miró la pantalla era el Dr. Arrieta. S
spo
ijo, sin salu
ra -respondió él-Te
incorporó
fuera del hospital -explicó-Y cu
ieta-Cualquiera p
vantó y caminó h
ame -
dados privados -comenzó el médico-Y pidió esp
erró lo
seguida-No estoy disponible y ta
-Pero necesito que escuc
esc
e confianza, veinticuatro horas -continuó-
dinero -dijo Cassandra-M
na brev
ondió el doctor-Porque él puede hacer
a se qued
sabe u
con franqueza-Y porque Angelo
de Cassa
emia, no es algo que se
Pero sí se sostiene con
ó la mano contr
ijo-. No voy a aceptar nada
spondió Arrieta-. Pero hay
ué c
oral -dijo-. Sabe quién eres. Y
io se volv
nvitación -murmuró Cassandr
a -corrigió Arrieta-.
ra cerró
erlo -dijo
n la hora -resp
amada
e la otra habitación llegó la respiración irregular
bre que había perdido las piernas acab
aten
de que la llamada terminó. El teléfono seguía en su man
lo de
en medio de la sangre. La forma en que no había pedido compasión. La maner
ó los
berle nada a
quería enterra
silencio frágil, sostenido apenas por la respiración de la niña al fondo del p
ó la
lma. Cada día estaba más delgada. Cada día respiraba con más esfuerzo. Cada día parecí
rcó a la cama y s
el cabello
, aunque sabía que no podí
ni hermana debería escuchar. Recordó cómo al principio había esperanza, planes, pro
a batalla que se
ía se a
etó la sábana
irme -murmuró-. Pero también t
emaron los ojos, no
a. Pensó en las cuentas acumulándose, en las llamadas que ya no co
o pensó
que aun así controlaba habitaciones enteras. En u
í? -susurró-. ¿Cui
o si sintiera la presencia. Cass
ue no voy a poder dejar. Miedo de que ese hombre n
besó la fren
o más miedo
tras la noche avanzaba sin piedad. Sabía que, pasara
ida en los que no se elige ent
lo que duele...y

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