e Isa
or, necesito que ha
zón. Había dicho el
uó Adrian, con la voz quebrada-. Po
da nervio de mi cuerpo e
nte como el vidrio. -Adrian, ¿te escuchas? La humillaste
e sepa que toda
-replicó ella-. Hablaré con ella. Per
eza inclinada y el teléfono muerto colgando de su mano. No esperé a qu
espiración abría una herida más profunda en mi pecho. Era como seguir una luz en la oscuridad, un
a puerta, ella la abrió de gol
sab
rfume, casi asfixiante, pero reconfortante, como u
ta después de la boda, no
plicarlo -dijo, a
onces
iliar. In
ct
aún quemando mi piel, el momento en que bajé la guardia. Sus ojo
unció mi madre, radiant
presa y se acercó con esa extra
endí la mano. -Encantada de c
adre sirvió vino, hablando animadamente sobre los preparativos de la
e repente, con los ojos brill
or subió por mi cuello. Logr
s. -Tu madre es una mujer extraordinaria, y tengo suerte de estar
el tenedor. -Segur
la merece lo mejor -insisti
e, tocando suavemente su mano-.
con rigidez-
de aquella noche aparecían: sus manos, su voz áspera contra mi piel. La vergüenza me rev
e, quizá demasiado bru
acilidad, demasiado ensayado, mientras su
adre con orgullo-. Y además
ien -dije, con
ecos lejanos. Cada vez que levantaba la copa, mi mano temblaba. Sus ojos parecían atra
ntrelazando sus dedos. Lo miró con ternura. -No
rozaron. El amante de
ojos se cruzaron con los míos, la culpa sile
do se desmoronaba. El aire se volvió pesado, sofocante. Quería gritar o h
r por sus notas de boda,
ua habitación y cerré la puerta. En cuanto caí
ó un torbelli
ado: entre todos los hombres.

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