img El Contrato del CEO y la Deuda de Amor  /  Capítulo 3 La Letra Pequeña | 23.08%
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Historia

Capítulo 3 La Letra Pequeña

Palabras:2046    |    Actualizado en: 14/04/2026

médicos internacionales cruzó las puertas del hospital. No hubo preguntas sobre seguros médicos ni miradas de lástima; solo una eficiencia militar. El Dr. Mendoza, el cardiólogo qu

e antes ni siquiera le sostenía la mirada, ofreciéndole ahora un café de máquina como si fuera

la frente pálida de su hermano antes

taba somnoliento por los sedantes preliminares, pero sus ojos oscuros bri

tada en un nudo que le impedía respirar con normalidad-

nder había advertido, el teléfono d

como la visión del sedán negro de lujo aparcado en la entrada, flanqueado por un chofer de traje impecable. No había escapatoria. El contrato preliminar

rrios modestos y conocidos de su vida cotidiana se iban transformando en avenidas flanqueadas por rascacielos de cristal y acer

inmenso vestíbulo de mármol blanco. Las miradas de los empleados se clavaron en ella de inmediato. Con su ropa gastada por la mala noche, su cabe

biométrico. El estómago de Valeria dio un vuelco cuando la cabina se di

on un suave susurro, reve

una vista panorámica y vertiginosa de la ciudad bajo sus pies, un recordatorio visual de que él estaba por encim

critorio de obsidiana que parecía tallado

a impecable con las mangas ligeramente remangadas, revelando antebrazos fuertes y un

s en los que el único sonido fue el rasgueo de la pluma estilográfica de Alexander sobre el papel

leria se aclar

urmuró, odiando cómo su

de pies a cabeza con una lentitud insultante, evaluando el daño que la noche y la angustia hab

alando una de las sillas de cue

tomó asiento. La silla era tan ergonómica y suave qu

deslizó hacia ella un pesado bloque de papeles

los codos sobre el escritorio y uniendo las yem

idad". Al pasar la primera página, se encontró con una muralla de jerga legal, pero a medida que av

exacta e irrevocable de veinticuatro (24) meses a partir de la firma del acta civil. Ninguna de las

e su hermano, más intereses y daños y perjuicios, recaerá sobre usted -aclaró Alexander con tono monocorde-.

Continuó leyendo, pasando las

de residencia. -Valeria levant

e en el ala oeste. Yo resido en el ala este. Sus pertenencias actuales

bataban hasta el derecho sobre su propia ropa. Pero fue la sigui

abras, incrédula-. Bajo ninguna circunstancia se espera, requiere o permitirá la consumación física del matrimonio

a extraña mezcla de profundo alivio y una punzada de

aquí para calentar mi cama, Valeria. Ese tipo de compañía es fácil de conseguir y no req

veneno que pudo en su voz-. Creer que me resultaría remotamente atractivo compart

ar su taza de café. Fue una vacilación imperceptible, una ligera tensión en

ta Soler. La cláusula nue

respirando hondo para calmar e

rte (Alexander Vance) en todo evento público, social o familiar. Esto incluye, pero no se limita a: tomarse de la mano, aceptar muestras de afect

papel hasta arru

sidiana-, en privado no puedo acercarme a usted a menos de dos metros, pero en públ

incapaz de amar. Mi abuelo creía lo mismo. Isabella cree que solo ella puede ablandarme. Usted debe convencerlos a todos de que

da más que el pago del hospit

gina cuare

mbro. Había una asignación mensual detallada. Era una cifra astronómica. M

ares, libres de impuestos, además de un fideicomiso educativo para su hermano -Alexander se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos sobre el escr

osto de fingir durante setecientos treinta días que amaba a un hombre que la despr

a alguna. Nu

Vance -dijo Valeria, levantando la barbill

r frunci

os no comet

iré con todo. Sonreiré, usaré su anillo, me mudaré a su museo de cristal y actuaré como la esposa perfecta ante las cámaras. Pero usted me respet

eria irradiaba un orgullo que el dinero no había podido comprar ni aplastar. Alexander había esperado a una mujer sumisa, destrozada por l

de Alexander se curvaron en lo que podrí

l en voz baja. Tomó la pl

ocando una descarga de energía estática que la hizo sobresaltarse.

l soltar la pluma, sintió que una pesada puerta de hierro se cerraba a sus es

l documento y ve

traje con un solo movimiento fluido-. Puede ir a lavarse la cara al

confundida por l

inutos?

uche de terciopelo azul de su

ra firmar el acta civil -respondió él, implacable-. Hoy es el

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