. A medida que avanzaban, las casas se volvían más grandes, más distantes unas de otras, ocultas tras muros de piedra y barreras de segurid
r cámaras de seguridad que siguieron su movimiento con un zumbido mecánico. Las puertas se abrieron
l y jardines llenos de rosas, algo sacado de una película de época. Lo que s
pulido negro, acero inoxidable y vastos paneles de cristal que reflejaban el cielo plomizo de la tarde. No había curvas suaves, ni colores cálido
a alguien que estaba vivo pero no quería
ta. Al bajar, el silencio del lugar casi la golpeó. No se escuchaba el t
la casa, había una mujer. Vestía un traje de chaqueta gris oscuro perfectamente planchado, l
sintiendo el peso de la mir
intentando esbozar una sonrisa
quier inflexión emocional-. Soy la señora Hudson, el ama de llaves principa
e a Valeria se le revolviera el estómago, pe
uede llamar
pestañear-. Mi deber es asegurar que la residencia funcione con la precisión que el señor Va
amente y siguió a la m
cta que parecía un estallido de cristales afilados. El suelo de mármol negro estaba tan pulido que Valeria podía ver su propio reflejo desaliñado en él. No había alfombras,
striales, las cuales son de uso exclusivo del personal -explicaba la señora Hudson mientras caminaban, el eco de sus tacones r
o un comedor inmenso con una mesa de cris
a transcurre en la Torre Vance o en vuelos inter
Alexander no vivía allí; simplemente existía en ese espacio en
opuestas-. A la derecha se encuentra el Ala Este. Esa zona es de dominio exclusivo del señor Vance. Su despacho privado, su dormitorio
oscuro de la derecha. Parecía
o tengo el menor interé
esidencial -La señora Hudson giró y la guio por el pasillo izquierd
con vistas a un bosque privado, una cama de tamaño emperador cubierta con sábanas de seda plateada y una sala de estar privada con sof
a -indicó Hudson-. Como se le notificó, no era necesar
adas por color y temporada, llenaban el inmenso espacio. Vestidos de gala, trajes de día, zapatos de firmas exclusivas, bols
prueba tangible de que Alexander la había borrado. Había eliminado a la camare
necesarios -dijo la señora Hudson desde la puerta-. El peluquero y el maquillador están programados
o? -Valeria se
ón formal -La señora Hudson sacó un pequeño dispositivo plateado de su bolsillo y se lo tendió-. Este es el teléfono seguro de la casa
fono. Pesaba en su m
a asomando en su voz-. Necesito llamar al h
ión del ama de llaves pareció sua
rotundo. Está en cuidados intensivos pediátricos, estable y descansando. Se l
ostro con las manos mientras un sollozo ahogado escapaba de su garganta. El alivio fue una ola tan masiva que casi l
l ama de llaves se resquebrajaba. Lloró con fuerza, lágrimas de agotamiento, de terro
servó en silencio dura
Vance. Le sugiero que descanse. Estaré en mi o
ó con un clic sua
acumulado. Cuando finalmente se levantó, el sol ya se estaba poniendo, tiñendo
ña. Se quitó su viejo y desgastado suéter de lana, doblándolo con un cuidado reverencial, y lo guardó en el fo
ontró en el vestidor, de un cachemir tan suave que pa
ntería, intentó ver la televisión de pantalla plana que ocupaba media pared, pero no podía concentrarse. Su mente viajaba al hospital
ligó a salir de la cama. El agua embotellada de s
los estaban sumidos en penumbras, iluminados solo por tenues luces de cortesía cerca de
principal de la gra
la planta baja y la cocina. A su derech
encio, pero entonces, un ligero resplandor dorado llamó su atención. Provení
había comprado había regresado a
cos y de privacidad es absoluto". Sin embargo, un sonido rompió el silencio de la mansión. No fue un ruido fuerte, sino el crujido r
ncajaba con el frío y calculador CEO que ella había conocido. A
Ala Este. La primera regla del señor Van
Alexander: vacía, cara y defensiva. Pero ese ruido al final

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