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en Moscú a las t
egro que olía a puro cubano. Me abrió la puerta del SUV blindado sin decir una palabra y condujo dura
y que yo había aprendido a llamar casa porque no tenía otra. Ahora regresaba a la mansión Volkov por primera vez desde los trece, y
scura, sin adornos. Imponente en la forma en que son imponentes las cosas que no neces
d en secciones: primero las luces del pórtico, luego la fachada blanca con sus colu
ó con el equip
ré
inir, pero que yo asociaba con peligro sin que nadie me lo hubiera enseñado. Era el olor de una casa donde las decisiones
che
g
recta que tenía siempre, el cabello gris recogido, una bata
ida a ca
calidez, sino porque «casa» era una palabra que yo ha
á mi padre
ice que mañana podrá reci
tan g
a contarme algo, pero no se atrevió a decir
kov le explic
rma de no responder, que en est
escas, sábanas limpias, la ventana que daba al jardín entornada para dejar entrar el aire de la n
rde de la cama y
, como si esta habitación hubiera estado esperándome
aqué solo lo necesa
do escuché los pa
de quien camina por un lugar que l
s segundos, luego continuaron. Se al
el corazón haciendo algo que no debería ha
mi herm
él aunque hubieran pasado ocho años. Mi cuerpo siem
. Tardé e
ón Volkov respi
lo que vendría en los meses siguie

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