iosa-. Antes de ayer, apenas si cruzábamos palabra sobre los informes té
observándola con una fijeza que parecía atravesar su armadura profesiona
grave y casi seductor -tan diferente al tono de mando que usaba en el Consejo-, la hacía suspirar. «¿Qué mujer no caería
ijos y he trabajado para la corona desde los dieciocho. Nunca me he casado; mi vida ha sido, por ele
us ojos brillaron con una mezcla
perdonable... los hombres de este continente deben estar ciegos o han perdido el sentido de la belleza.
ompió la pesada tensión acumulada del día. El vino había
za -bromeó ella con una valentía repentina, logrando que Dianco rier
o, con un gesto decidido, abrió la segunda. Bajo el efecto del alcohol y la necesidad desesperada de Dianco de silenciar el ruido de su alma atormentada, la distancia profesional desapar
a sí, sintiendo la suavidad de su piel como un bálsamo contra su propia dureza. Ambos se entregaron a la pasión con una desesperación silenciosa, desp
icadeza nueva, casi reverente. Sus manos recorrieron cada centímetro de Safari, desde la curva de su cuello hasta la suavidad de sus caderas, como si estuviera descifrando un mapa prohibido que le de
bía dejado en su pecho. Cada gemido de Safari era un bálsamo para su ego herido; cada caricia de ella le recordaba que seguía vivo, que seguía siendo un hombre deseado. Se ama
do el aliento. Estaba asombrada; la potencia y la vulnerabilidad que Dianco mostraba en la intimidad
sus facciones por un segundo, él bloqueó la conexión con un muro de acero infranqueable, negándose a permitir que esa sombra arruinara el refugio que acababa de
aún descansaba entre los cojines con el cabello revuelto y la mirada brillante por la satisfacció
zura que le vibró en el pecho, guiándola
ar su mente con una punzada de nostalgia amarga. Recordó los momentos que una vez creyó sagrados, pero al ver salir a Safari del baño, luciendo una ba
besar, esta vez con una lentitud deliberada que buscaba prolongar la noche hasta que el sol se viera obligado a salir. Con manos expertas y cargadas de una
d de sus curvas bajo sus dedos. Permitieron que la pasión los envolviera una vez más en un baile de piel y deseo, buscando en ella no solo placer, sino el olvido total de un mundo que afuera se
ilencio volvió a reinar, Dianco le dio un beso final en la
un día largo y el Consejo no p
un rato más procesando lo ocurrido en la penumbra del despacho, sintiendo todavía el calor del Alfa en su

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