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escender lentamente, llevándose consigo no solo sus restos, sino también la última pizca de piedad que le quedaba a mi familia. No
z carente de emoción, mientras me apretaba el brazo con una fuerz
emí que mis dientes se quebraran-. Me han vendido como si fuera ganado, tío
as. Mi padre, Santiago Valdés, había muerto dejando un imperio en ruinas y una deuda de
e hacia una camioneta negra blindada. Mis maletas ya estaban en el maletero; mi vida entera había sid
es de traje oscuro que no conocía. No eran segurid
iendo la película de una ejecución ajena. Al llegar a la terminal privada, el aire acondicionado me golpeó como una bofetad
deteniéndome frente a l
colta, señalándome que subiera-. Allí esperará las instr
ás: cuero fino, maderas exóticas y champán helado. Sin embargo, para mí, aquello no era más que una jaula de oro con alas. Me desp
to matrimonial que no firmé, a una familia árabe que no
ba que fuera una esposa sumisa. Pero mientras el avión se elevaba sobre las nubes, una chispa de rebelión se encendió en mi pecho. Si esta iba a ser mi
n el alma antes de que el desierto reclamara mi cuerpo. Solo sabía que, a partir de hoy, Am

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