LEN
El aroma a madera y especias que emanaba de su piel invadió mis sentidos, nublándome el juicio. Su mirada descendió por mi cuello
ue la deuda se saldará con creces. Tranquila, mejores mujer
a dócil -advertí, sosteniéndole el pulso
ón de mi cabello tras mi oreja. Sus nudillos rozaron mi mejilla y una descarga eléctrica me recorrió la columna-.
na determinación que me aterra". ¿
una propiedad que parecía sacada de una pesadilla arquitectónica de elegancia y frialdad. La mansión Caval
a despejar la bruma de mi mente. Damián me tomó del brazo, no co
a de mi oído mientras subíamos la escalinata. Es u
pejos negros. Un mayordomo de rostro impasible nos recibió, pero Damián lo despachó con u
pal -ordenó mi ahora esposo-. Yo ten
-. Supuse que tendría mi propia habitación. Ah, ya
or encima del hombro. Una so
otro lado del pasillo? Eres mi esposa ante el mundo, y e
ba... Acepto la suite de i
do un paso hacia mí hasta que mi espalda chocó contra una columna de már
llas con violencia. La tensión entre nosotros era una cuerda t
al -le recordé con la voz apenas en un susu
olvía, contradiciendo la frialdad de sus palabras-. Pero todo buen comerciante se a
na grosería, dejándome sola en medio de la opulencia
me temo que él tiene todas las armas".
o primero que vi fue una cama de dimensiones colosales, vestida con sábanas de seda gris. En el vestidor anexo, hi
ra. Busqué la etiqueta y me quedé sin aliento al ver el preci
a usted -dijo el mayordomo antes de retirarse. Sonreí por cortesí
na extraña. Una versión más pálida, más asustada de Elena Valli. Me desabroché el v
iota, el hecho de que me compró no significa que voy a hacer lo que dice. ¡Dios, apesto! Es que t
en el umbral, con la corbata deshecha y los ojos fijos en mi figura a med
sonó como una sentencia-. En esta habitación no existen los secretos. Aunque tu c
cruzar los brazos sobre mi pecho, tratando de ocultar mi piel de su escrutinio,

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