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nsor subía con una rapidez de
n blancos. Le faltaba el aire. La combinación del aire acondicionado helado y el sudor frío de su esp
firmado, la clínica privada cancelaría el
sa era la cifra de su deuda. La vida de su hijo de cuatro años tenía un p
i
lista: suelos de mármol negro, ventanales que abarcaban de techo a suelo con una vista imponente de toda la metrópoli y un silencio casi
tuvo el corazón. C
emente vestida, mirándola de arriba abajo con una ligera mueca
ara la fase final -articuló Valeria, for
puntualidad. Tiene tres mi
pasos vacilantes hacia la enorme
profunda y carente de cualquier t
a
ió la espina dorsal. Valeria abrió la puerta, dio dos pasos hacia el inter
de plata de un traje de tres piezas perfectamente cortado, estaba él. El hombre
tian
d. El hombre que la prensa tachab
scuras del Hotel Grand Imperial, la había sostenido contra las
las venas. Sus piernas amagaron con ceder. No
de emoción que daba escalofríos, se posaron en ella. No había en su rostro
ora-. Ha tardado doce segundos más de lo previsto. Si va a ser mi asistente pe
traña punzada en el pecho. Recordó las noticias de hace tres años: el terrible accidente automovilístico del que S
recordaba esa noche. Y, sobre to
la orilla de la silla de cuero, manteniendo la vista baja para e
aleria sobre el escritorio. Recorr
ón de crisis... De las cien personas que aplicaron, usted es la única que respo
señor. Y sé traba
dió él con indiferencia-. No tolero errores, no tolero excusas y no tolero la vida personal interferir con
l sueldo del que hablaba pagaría los medicamentos d
rostro de Valeria. Una pequeña arruga se formó entre sus cejas. Se quedó en silencio duran
la articulaba las palabras, algo en el timbre suave pero firme de su voz que resonó en el fondo de
. Empieza ahora mismo -sentenció
lir el aire que
señor Cross. Le
acercó a ella. Era absurdamente alto. La sombra de su cuerpo la envolvió
edujo la distancia entre los dos hasta quedar a escasos centímetros. El aroma a cedro y ámbar inu
s en los ojos bien abiertos de ella. Su rostro reflejaba una co
s baja, tan cerca que su aliento cálido le roz
sus venas como veneno. Si él investigaba, si recordaba, si
más peligroso de la ciudad con la poca vale
. Nunca en mi vi

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