de
asar borrosa, un marcado contraste con la sensación familiar, casi provinciana, del distr
ozar las nubes. Una única y minimalista palabra platead
tera de mi traje azul oscuro y empu
ruto y un techo tan alto que parecía un cielo abierto. No había oro, ni caoba, nada del lujo opulento, casi ostentoso, que definía l
ije a la recepcionista, una mujer con
a fracción de segundo mientras lo escaneaba. Su comportamiento profesional
ra. Silva. Por a
panel elegante y sin marcas que se abrió al acercarse ella. Dentro, no habí
, dijo, su voz un murmullo respetuoso. "E
e presión se acumuló en mis oídos. Me agarré a la barandilla, con los nudillos blancos, y el corazón martilleán
área de recepción, sino a un pasillo largo y ancho. Al fondo, un
suelo de madera oscura. Llegué a las puertas y du
verde brilló en un panel junto al marco. Con un siseo casi inaud
a una vista impresionante, casi divina, de Manhattan. Un hombre estaba de espaldas a m
ida que le quedaba como una segunda piel. No se giró de inmediato
rtas se cerrar
de mis pas
étrica. Una ola de poder puro y sin diluir me inundó, una fuerza tan inmensa que e
a mirada, que inclinara la cabeza, que mostrara
la barbilla y le
n una quietud depredadora que me provocó un escalofrío por la espalda. No solo me estaba mirando; me estaba diseccionand
rpresa?, ¿respeto?- pasó
ante que vibraba en el aire. No contenía calidez, solo u
un escritorio macizo de líneas limpias. Avancé, con la esp
orio, el trono de su poder. En su lugar, cami
Algo más
stá bie
hielo. Sirvió el agua a temperatura ambiente en el vaso y m
, la tensión en mis hombros. Una Omega en apuros, especialmente una que acababa de romper un vínculo de
Era un depredador que s
acomodó en su gran silla. Juntó las yemas de sus l
crear una corporación fantasma para comprar su deuda de forma anónima, forzándolos a la mesa de negocia
egunta. Era u
e una manada rival, Sr. Jarvis?", pregunté, con voz f
cho. "No estoy interesado en su linaje, Sra. Silva. O
a pulida superficie del escritorio.
imos tres años", dijo. "Todo ello ligado a iniciativas que llevan el sello de su estilo estratégico: a
e lobo. No me importa si es una renegada. Me importa que tenga una mente capaz de
en el Medio Oeste. Blackwood es el principal obstáculo. Necesito una Estratega Jefe que con
bajo. Era una declaración de guerr
ería gritar que sí. Pero la estratega en mí, la
idado. "Hay sensibilidades legales y de la ley de la manada. Una cláusula de no competencia.
formidable. Se encargarán de todos y cada uno de los obstáculos externos. Considere su cláusula de no
solo me ofrecía un trabajo,
que nunca, ni una sola vez,
sp
ni como una pareja o una posesió
ansición, para cortar por completo mis lazos. Y cuando asuma el cargo, e
u escritorio, un pesado Montblanc negro. Sacó un contrato preimpreso de un cajón, destapó
el bolígrafo sobre el
a Vertex,
indicado en el correo electrónico. El salario era astronómico. La auto
izca de dud
ecía casi delicada. Pero mientras firmaba mi nombre, sentí cómo se desvanecía toda u
ra Estratégica Princ
ritorio. Era una mano grande, de dedos largos y elegantes, con l
mano en
hizo jadear, una ola de calor inundando todo mi cuerpo. Parecía que chispas danzaban sobre mi piel. Mi corazón martilleab
an. Él también lo sintió. Su agarre se tensó por una f
u reacción, su expresión volviéndose impasible de nuev
la salida", dijo, con la voz
el contrato, con los dedos aún hormigueando,
ielos de su oficina, apreté el contrato contra mi pecho. No sabía q
iosas calles de Manhattan,
rza de la naturaleza. Y mi antigua vi
GOOGLE PLAY