a de café recién pasado y tensión. Esteban no se molestó en cambiarse la chaqueta de cuero ni en limpiarse las botas, q
Su secretaria, una señora madura que llevaba veinte años en la empresa, estaba parada j
la oficina presidencial-. Llegó hace media hora. No quiso esperar en la recepción. Entró, pidi
por el cuello. Empujó la puerta de madera pesada de un solo golpe, sin t
e le quedaron atora
ía una elegancia afilada que parecía fuera de lugar en esa torre vieja. Llevaba un traje de saco y pantalón en color azul marino, de un corte impecable que denotaba dinero y poder sin necesidad de lleva
, fríos, analíticos, y lo miraban por encima de una tablet ejecutiva con la misma ser
o era chillona ni prepotente; era suave, pausada, pero tenía
se al otro lado del escritorio. Apoyó las dos manos sobre la madera, inc
la voz raspada por el polvo de la planta-. Y en este edifici
uido seco y cruzó las manos encima del mueble, mirándolo de arriba abajo. Se detuvo un segundo en la mancha de gr
stone-Ríos -respondió ella, sin perder la calma-. Y el puesto que ocupa esta silla es para quien tiene la autoridad de firmar los cheques. En este momento, según los balances que acabo de revisar, s
sa amarga y corta, n
atrocientos hombres que acaban de encender los motores de los camiones porque yo fui a darles la cara. Esos hombres no trabajan para un fondo de inversión ni para una mujer que viste ropa de miles de dó
traicionó la menor emoción. Se puso de pie lentamente. No era una mujer alta, pero la forma en que mantenía
, una mezcla de madera y flores secas que chocó de frente con el olor a diésel y sudor que tra
es por el show con el sindicato. Fue muy dramático. Pero la realidad es que el dinero con el que les va a pagar la nómina a esos cuatrocientos hombres es
e esa mujer, pero le molestaba aún más darse cuenta de
solo un par de palmas-. Viene a vender la división industrial, a botar a la mitad de la gente y a l
ndo, un destello de una rabia muy bien
, esta empresa ya estaría vendida a pedazos en una subasta judicial. Y si fuera por usted, se hundiría peleando contra los bancos abrazado a un camión viejo. Yo no soy su enemiga, seño
se sintiera pesado, casi sofocante. No era solo la pelea por el control del imperio; era una fri
o. Se dio cuenta de que Camila Ríos no era una marioneta del directorio ni una niña rica jugando a los negocios. Era
eban, esbozando una sonrisa oscura que no tenía nada
o y regresó a su lugar detrás del escritorio, tomando la
omo si él ya no estuviera ahí-. Le sugiero que se lave las manos y revise el informe de recortes que le
tras de sí, dejó escapar un suspiro pesado que tenía atorado en los pulmones. La fiera ya es

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