n le habían enseñado sobre el respeto a los límites. Pero Arán, desde la infancia, jamás había sabido retroceder ante
con el pretexto de una cacería qu
piedra plana al borde del manantial, las manos juntas sobre las rodillas. No pareció so
e la vuelta. Pensé que el miedo t
o lejos de nada, respondió Arán
a vez, tan cegado había estado por lo que creía adivinar de ella: un cansancio antiguo, agazap
dijo ella. Ciertos conocimientos pesan
pondió Arán. Que sepa a qué me arriesgo
simple palabra le costara m
a, dijo
lla se lo impidiera. Hablaron poco, aquel día - del bosque, de las estaciones, de cosas sin consecuenci
ncedido sin que se supiera por quién ni por qué. Arán fue aprendiendo poco a poco a conocer a Ysendra sin desentrañar jamás del todo el misterio de quién
e ruido demasiado repentino venido del bosque - como si temiera que vinieran a buscarla. La manera en que llevaba a veces, bajo el cabello suelto a propósi
, ella desvió la conversación con una brusquedad q
s, cazador, dijo, la voz de pronto cortante. Conténtate
a la que creía diosa, la hacía sufrir mucho más de lo que quería dejar ver. Y por primera vez desde la muerte de Kaerón, Arán sintió renacer en él un deseo que nada tenía que ver con

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