allo cantó en los corrales principales de La Herradura. El frío de la montaña
o azabache. En su rostro se dibujaba una sonrisa autosuficiente; estaba convencido de que la dama de la capital seguiría durmiendo e
nazos de bota sobre las piedras del corr
o en color pardo, una camisa blanca de manga larga abotonada hasta el cuello, un chaleco de piel rígida y un sombrero cordobés oscuro que enmar
s de carga se quedaron inmóviles,
dra, caminando directamente hacia el establo sin mostr
mente ocultó su asombro tras una mueca de superioridad y señaló hacia un corral contiguo, donde un p
hacienda. Si de verdad piensa acompañarme a revisar el ganado en la sierra del norte, necesita un caballo qu
o la cabeza con violencia. Era evidente que Gabriel había seleccionado deliberadamente a
ia el corral. Le quitó las riendas de las man
Alessandra en un susurro firme pero su
se aprende tras años de crianza en el campo. La Sultana resopló dos veces, cesando de patear la tierra. Acto seguido, Alessandra apoyó e
s contra el lomo del animal y sujetó las riendas con pulso de hie
apretó los dientes, sintiendo una punzada de rabia al v
r -dijo Alessandra desde la altura de su montura, mirándolo de
de la sierra era escarpado, rodeado de desfiladeros y matorrales llenos de espinas. Gabriel cabalgaba al frent
omento, soportando el polvo denso que levantaban los
e cabezas de ganado pastaban bajo la custodia de una docena de arrieros. Sin embargo, al apr
púa yacían cortados en el suelo. Un grupo de unos diez hombres armados con carabinas y machetes arre
mano a la funda de su revólver-. Los hombres de Macario
-preguntó Alessandra, colocándose
intentando apoderarse del agua del río que cruza La Herradura. Como su padre no le vendió las tierra
Alessandra, picando espuelas a La Sultana
mados! -gritó Gabriel, salien
res de Ponce de León, al ver llegar a una mujer a caballo seguida por el capataz,
capataz de El Paraíso, un hombre obeso, tuerto y d
la ciudad vino a pasear por el monte. Qué lástima que este ganado ya cruzó la línea, señorita. Ahora estas vacas pert
que heló la risa en el rostro del hombre-. Están robando en mi propiedad. Suelten
risotada grotesca
pital? Aquí don Macario es la única ley. Y usted no es más que un
, desenfundando su arma y co
ngo una bala entre los ojos -amen
carabinas apuntando directamente al pecho de Gabriel y Alessandra-. Son dos contra diez. Si abren la b
pateaban el suelo nerviosos. Gabriel apretó el gatillo de su
n pudiera disparar, Ales
pequeña pistola de bolsillo con empuñadura de nácar que su padre le había regalado a los diecioch
ue la bestia se encabritara de forma salvaje. Toribio perdió el equilibrio y cayó de espald
, dudaron un segundo. Ese segundo fue todo lo que Gabriel necesitó: avanzó con su caballo, tiró de la fusta y
la cabeza de Toribio, quien intentaba ponerse de pie ensangrentado y lleno de espinas-. ¡Y díganle a Macario Ponce de León que
de rabia pura en los ojos oscuros de
vámonos! -gritó el hombre, sub
salieron huyendo al galope hacia sus terrenos, d
cio, respirando con dificultad. Miró a los peones enemigos
n la funda de la montura con una mano que no le temblaba en lo más mínimo.
Villaseñor -ordenó con voz serena, como si nada hubiera pasado-. Y man
urla o prepotencia. Por primera vez en su vida, el indomable capataz de La
voz grave en la que, por primera vez, se
sintiendo un nudo extraño en el estómago. Sabía que esa mujer no era como las demás; no era una víctima que venía a llor
terror y fascinación que el único peligro más grande que Macario Ponce de León en ese vall
de las familias involucradas. Sin embargo, en un lujoso hotel de la ciudad fronteriza del norte,
da negra. Se acercó a él por la espalda y le rodeó la ci
Deberías estar celebrando. Los compradores de los terrenos del sur
de whisky, pero sus ojos g
Alessandra -dijo él
él como si la hubiera picado una víbora, con
rabia-. ¡Estamos aquí, a punto de cruzar la frontera
o-. Me llegó una carta del abogado de la capital esta mañana. Alessandra no se quedó l
s? -inquirió Valeria
a los cobradores del banco que intentaron embargar el ganado y to
y arrojó la copa de cristal que estaba sobr
abello con desesperación-. ¡Esa tierra debió ser mía! ¡Ella debió quedar dest
iene la misma sangre de perro de su padre. Y mientras La Herradura siga produciendo, Alessandra tiene los recurso
os ojos inyectados en sangre y una s
urro envenenado-. Si Alessandra quiere jugar a ser la patrona de
preguntó Rodrigo a
icioso que odiaba a mi tío Roberto y que haría cualquier cosa por quedarse con La Herradura. Si le vendemos a él las escrituras falsi
de la mujer lo dejó helado por un instante, pero la codicia y
ner compasión de el
nó en la habitación-. Porque yo no voy a descansar en paz hasta ver
ra, el amor, la venganza y el poder estaban a punto de colisio

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