aba su muñeca con una fuerza contenida, firme pero sin llegar a lastimarla. La luz del teléfono tirado en el suelo iluminaba de medio lado la ca
ntar él. Su voz no era normal; sonaba gruesa, cave
s minutos, ese sujeto era un lobo gigante del tamaño de un oso, desangrándose en el suelo. Ahora, era un hombre enorme,
esfuerzo supremo para que no le temblara tanto la voz-. Te es
músculos del cuello se le marcaron como cuerdas tensionadas. Llevó la otra mano a su propio pecho, justo donde hacía un instante tenía
n lo que lo tenía deso
punto donde la sangre de la palma de Aria tocaba su piel. El hombre abrió los ojos de golpe.
ino y tierra mojada que se le metió hasta el fondo de los pulmones, y una necesidad absurda, casi violenta, de acercarse
lgo así. No era atracción física común ni miedo; era una atracción magnétic
atrás. Se tambaleó ligeramente, apoyando una mano en la pared de ladrillos p
luego mirando a Aria como si ella fuera un fantasma o un mon
erro! -estalló Aria, aprovechando la dist
mente hacia la salida del callejón, manteniendo la luz apuntándole directamente a la cara.
ue sabía perfectamente que ese pedazo de metal no le haría ni cosquillas a un sujeto de su tamaño-. N
lavó en las tijeras y luego en la cara de ella. Una
enfermera pueden detenerme? -dijo
una mano al costado y soltó un gemido bajo. Aunque la herida por fuera estaba cicatrizada, la transformación tan repenti
entos más absurdos, le dijo que el tipo estaba al límite de sus fuerzas. La energía
mbaba en los oídos-. Tu cuerpo gastó demasiado en... en lo que sea que acabas
hablaba así. Nadie lo miraba con esa mezcla de desconfianza
rme y dominante, la voz de un Alfa. Pero el mareo lo volvió a golpear. Se pasó
viejo! -protestó ella-. Tú fuiste el que empezó a brillar y a camusualmente solo respondía a la autoridad y a la violencia, estaba extrañamente tranquilo. No quería atacar a la humana; quer
la del Alfa Valerian Dra
azadores», pensó Valerian con rabia. Si la manada se enteraba de que su líder había quedado vinculado a una chica común de la ci
ipo pasaba del dolor a una frial
-ordenó él, má
dando otro paso hacia la calle iluminada-.
detenerse. No era un dolor físico real, sino esa extraña opresión del vínculo que prot
la. Sabía perfectamente lo que estaba sin
discusión-. Si te vas, tu olor va a atraer a las cosas que me estaban caza
arecía muy lejana. El silencio de la noche, que antes le pa
ó ella, apretando el t
ando toda su estatura y la presencia in
on esa mirada de plata que parecía leerle los pensamiento

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