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sillos de su abrigo raído, sintiendo cómo los dedos le temblaban sin control. Hacía menos de tres horas que su padre había cerrado la puerta
de la ciudad, los uniformados respondían a las mismas familias que manejaban los préstamos clandestinos, y Julián, en su desesperación por lavar dinero rápido, había usado el nombre y la dirección de ella en sus comp
jado, solo le quedaba u
y los gritos de apuestas ahogaban el tráfico de la calle. En el centro del aro iluminado por una sola bombilla a
nrisas fáciles y excusas rápidas, Gael era denso, alto, de mandíbu
el cuadrilátero, tomó una toalla sucia para limpiarse el sudor del cuello y caminó hacia el pasillo
con la voz ahog
todo. Olía a cuero viejo, sudor y hierro. Tenía los nudi
un tono rasposo y distante-. Lo trasladan mañana al p
casa. Los hombres a los que tu hermano le quedó a deber tres mil dólares fueron a mi puerta. Dijeron que s
sta la palidez de su rostro. Siempre había mantenido una distancia estricta con ella mientras fue la nov
alda contra la pared de ladrillos vistos-. Yo no tengo tres mil
un papel arrugado con el membrete de un laboratorio local-. Necesito que me prestes algo
tante de una tubería rota. Su mirada bajó instintivamente hacia la mano de
o grito ni sorpresa en su voz, solo u
ojos-. No tengo trabajo, no tengo casa y los perros de Don Héctor me están cazan
tiró la mano y la tomó del antebrazo con firmeza, sacándola
ubas al autobús -dijo él, mirándola fijamente a los ojos-. Y si entras a una
a! -estalló ella en u
ro que denotaba la decisión que acababa de tomar
mi departamento -sentenció, con una voz dura que no admitía réplica-. E
la escalera metálica. Dos hombres altos, vestidos con chaquetas oscuras y con las manos metidas en las

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