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La Profundidad De Su Mirada
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Capítulo 1 UNO
1668    |    10/10/2021

Emma:

Recuerdo que durante mi adolescencia siempre se me dificultó escoger alguna carrera que me llamara la atención. De hecho, cuando terminé el colegio hace un año, todavía seguía sin decidirme por lo que haría por el resto de mi futuro. Era muy frustrante, pero es algo que comúnmente les pasa a los adolescentes, e incluso a los adultos que quieren tener un título universitario colgado en la pared de su casa. Mi tiempo para decidirme se había pasado volando, se había esfumado entre mis dedos y, cuando me di cuenta, ya estaba graduándome del instituto.

Debo aclarar que tampoco me sentía con los ánimos suficientes como para querer centrarme en más estudios después de los tiempos difíciles que tuve que atravesar. Hubo una ruptura en mi vida, una que terminó por dejarme tirada en el suelo y necesité ayuda psicológica. Sí, él me causó mucho daño. Que se fuera sin más, que se fuera sin despedirse, que quisiera dejarme como si yo hubiera sido cualquier persona en su vida me dolió tanto que mamá y papá decidieron buscar a alguien que lograra brindarme la ayuda necesaria para poder avanzar y dejar el pasado en el pasado.

Costó bastante, al principio ni siquiera deseaba contarle al psicólogo lo que me pasaba, quería mantener mi dolor dentro de mí, pero el doctor Hastings me ayudó a comprender que debía empezar a decir todo lo que me afectaba, o que sino me hundiría en una depresión más grande de la que me costaría más salir. Entonces, empecé a decir todo lo que guardaba para mi almohada en las noches, le conté la importancia de la persona que me dejó, y lloré con las luces prendidas, y no con las apagadas como solía hacer cuando mamá y papá se iban a descansar.

Tres veces por semana se redujeron a dos, y de dos, pasaron a ser una sola, hasta que me mudé a Los Ángeles a estudiar. El doctor Hastings me recomendó a un colega suyo muy bueno, porque a pesar de estar mejor, era recomendable que siguiera asistiendo a mis sesiones una vez por semana.

Las mejorías empezaron a notarse en mí cuando me fui de viaje con Kendall, Chad y James durante las vacaciones. Fue un viaje de pura distracción, de puras risas, de nada de llantos, de sol, de recorridos, y de gente querida. Ahí me di cuenta que era eso lo que me hacía bien, estar con la gente que amaba y salir más a divertirme. Las películas y series en casa era un buen plan, pero salir a bailar con mis amigos se me hacía mucho más divertido.

Después de sentirme lista y de pasar tanto tiempo en la empresa junto a mi madre, mis abuelos y tíos, tomé la decisión de seguir con ese legado familiar. También hice un curso de teatro para ver si sentía el gusto por la actuación como mi padre, pero no me convenció en lo absoluto. Además yo era muy buena con los números, por lo que me entretendría durante la carrera de administración. Iba a estudiar en la misma universidad en la que mi madre se formó.

Papá no quería que viviera en el campus de la universidad, por lo que planeó conseguirme un departamento cerca. James se tomó un tiempo sabático, así que empezaba sus estudios conmigo, claramente en una carrera distinta, pero al mismo tiempo, así que planeamos vivir juntos. A mi padre no le gustó nada la idea, pero mi madre defendió mi idea y terminó convenciéndolo. Además, yo ya tenía diecinueve años, podía tomar decisiones como estas. No tenía nada malo, y no me iba a acostar con James como seguramente papá pensaba.

Terminé de cambiarme y subí al auto de James. Decidimos ir a cenar a alguna parte.

Los Ángeles era hermoso. Mis padres se pusieron de novios y me engendraron en esta ciudad, según mi tía Stef me contó. Papá y mamá se reencontraron después de nueve años en un boliche y allí todo comenzó entre ellos, pero pasó un tiempo largo antes de que se pusieran de novios porque mi madre salía con otro chico. Creo que se llamaba Luke o Liam.

—¿No dijiste que ibas a cambiarte de ropa?

—Me arrepentí —me encogí de hombros.

—Emma, esa campera está sucia —sonrió.

—Nadie se dará cuenta —repliqué.

Encendió el motor.

—¿A dónde me llevarás a cenar? —Quise saber.

—A Wells. Antes era una cafetería, pero me he enterado que hace unos meses la han convertido en una pizzería y que el lugar ha sido remodelado por completo.

—Wells... Sí, sé que mi madre y mi tía Stefanía a veces desayunaban allí cuando estudiaban aquí. Decían que el café de allí era el mejor de todos, así que espero que la pizza sea igual de deliciosa.

Recibí un mensaje de mi nuevo psicólogo. Me daba un turno el martes por la tarde.

Esperaba que él fuera tan bueno como el doctor Hastings, que supiese aconsejarme bien y que me entendiera.

—¿Has hablado con Kend? —me preguntó, mirándome un segundo y luego regresando la mirada al frente.

—He hablado con ella esta mañana, llegará junto a Chad la semana que viene. ¿Por qué?

—Preguntaba.

James estacionó el auto a una cuadra del lugar, había muchos autos.

—Cuando dijiste que era una pizzería pensé que sería un lugar menos...

—¿Lujoso? —alzó las cejas.

—Sí. Esto es un restaurante, no una simple pizzería.

—¿Y?

—¿Tienes dinero para pagar algo de aquí? Tiene pinta de salir caro.

—No te guíes por las apariencias —negó—. Estoy seguro de que no será tan caro.

Lo miré desconfiada, pero no dije nada más.

Entramos y un chico joven nos atendió a unos pasos de la entrada.

—¿Reservación?

—¿Reservación? No tenemos —dijo James.

—No pueden cenar aquí sin reservación.

—¿Y si te pago veinte dólares para que nos des una mesa estaría bien? —James intentó sobornarlo.

—¿Tengo cara de tener cinco años? No te daré una mesa por veinte dólares. Por cincuenta, quizá sí.

Solté una risa. James me miró mal.

—Me dio risa —me excusé.

James le entregó cincuenta dólares de mala gana al muchacho. Esto era algo inapropiado, pero James fue quien desde un principio quiso sobornarlo. El sobornador terminó sobornado.

—Mesa siete. ¿Necesitan que los acompañe?

—No, gracias, nosotros podemos —James parecía algo molesto.

—Tú fuiste quien tuvo la culpa. El chico solo se aprovechó —dije cuando empezamos a caminar.

—Cállate.

Mi amigo tomó el menú y comenzó a leerlo.

—Puta madre.

—¿Qué? —elevé las cejas.

—Tal vez sí hay que dejarse llevar por las apariencias en algunas ocasiones. El lugar es caro.

—¡Ja! Te dije. Bueno, podemos irnos a otro lado, no tengo problema.

Negó.

—No, nos quedaremos en Wells. Veremos si la comida vale lo que sale.

Aiden:

—¡Papá, me voy! —alcé la voz para que me oyera, y salí de la casa y me metí en el auto.

Miré la hora. Llegaba tarde a la cita.

Encendí el motor y me dirigí a la casa de Maika.

Maika era una chica hermosa, soñadora, emprendedora, y estaba completamente enamorado de ella. La conocí hace año y medio en un bar, cuando salí con unos amigos a tomar: ahí estaba ella, bailando, riendo, y yo me había quedado embobado con solo verla. Era la primera chica que me atraía después de lo de Emma. No me animé a hablarle esa noche, pero me la encontré en otra oportunidad en el mismo bar, así que me animé y le hablé.

Los primeros meses ella no se veía interesada en mí, estaba de novia con alguien más, pero cuando terminaron, algo nació entre nosotros dos. Hoy se cumplía un año de relación, por lo que decidí llevarla a cenar a un restaurante.

Desde que mi abuela apareció en mi vida y se decidió a hablar y a contarme la verdad, todo cambió para mí y mis hermanos. La mujer que siempre lloraba cada vez que me veía, era mi abuela. Me contó que tenía un padre que no sabía de mi existencia, y que la vida de Nick, Cassie y la mía podían mejorar, pero que tenía que dejar que me explicara las cosas y que permitiera que me ayudaran.

Mi padre se crio en una buena familia, en una unida y con buena situación económica. Conoció a mi madre en el instituto, eran compañeros, y ella siempre tuvo la fachada de ser desinteresada y algo malvada. Mi padre y ella se enamoraron, tuvieron sexo un par de veces, y mi madre quedó embarazada. Papá quería hacerse cargo de mí, pero mamá le mintió diciéndole que había sufrido un aborto. La relación entre ambos acabó, ella dejó la escuela, él la terminó, y no volvieron a verse nunca más en la vida. Papá se mudó a Los Ángeles y mamá quedó en Nueva York.

Mi abuela se enteró de mi existencia porque, cuando regresó a NY de visita, me vio y notó el parecido a mi padre de joven. Allí empezó a investigar en silencio, por cuenta propia, y ató cabos sueltos. Lo que no se sabe es por qué mi madre le dijo eso a mi papá. Mi niñez y adolescencia pudo haber sido muy distinta si él hubiera estado presente. Todo ese dolor no hubiera estado. Pero sé que él no tuvo en nada la culpa. Es un gran hombre. Claro que para él también fue una gran sorpresa enterarse de mi existencia, pero papá, su mujer y mi medio hermano me recibieron con los brazos abiertos, les conté mi historia, les conté hasta lo más oscuro, y me ayudaron con Cassie y Nick. Ahora somos una familia de seis. Todo lo que siempre quise tener.

Era feliz.

Estacioné el auto frente a la casa de Maika y toqué bocina para que saliera.

—Estás hermosa —le dije cuando se adentró al auto.

Me sonrió.

—Feliz aniversario, Mai.

—Feliz aniversario, mi amor —respondió y se inclinó para darme un beso—. ¿A qué restaurante me llevarás?

—Iremos a Wells.

            
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