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Prisioneros del poder
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Capítulo 1 : El heredero
Palabras:2098    |    Actualizado en:30/04/2022

Nadie podía escuchar los horribles gritos bajo tierra en medio de la nada.

Solo los árboles y la luna llena eran testigos de las más de cien camionetas blindadas y los casi doscientos hombres armados que custodiaban tranquilos el lugar por fuera.

El área contaba con estrictos perímetros de seguridad distribuidos cada kilómetro desde la única carretera hecha especialmente para llegar a la finca favorita de la ahora máxima autoridad del cártel de los Villanueva.

El humo del puro que sostenía el primogénito del cartel, Fausto de Villanueva Ferrec de veintisiete años entre sus largos dedos repletos de anillos de oro nublaba sus ojos verdes como las lagunas, su piel suavemente pintada de canela estaba reluciente en su traje a la medida color negro, los cabellos largos y revueltos castaños claros peinados hacia atrás. La imponente altura y los músculos le ayudaron a mostrarse intimidante.

El hombre exhaló el humo sacando con el mismo sus frustraciones internas.

-Touche- dijo audiblemente el colombiano y treintañero Ulises Rodríguez cuando separó la pinza de metal oxidada llena de sangre del rostro del hombre que tenían amarrado a una silla de madera completamente desnudo. El pedazo de carne cayó al suelo, el cual ya estaba empapado en sangre y otros restos humanos.

Recargado contra la mesa de metal que tenía más instrumentos de tortura Fausto rodó los ojos y luego le dio un trago al Whisky en las rocas.

-Ulises no tenemos tiempo para jugar- hablo Fausto con una grave y ronca voz dejando ver cómo su manzana de Adán se movía.

Los azulejos blancos forraban completamente la aislada cámara de tortura del resto del gran terreno. Aun con las prevenciones, Fausto no pudo evitar arrugar la nariz en signo de molestia.

Apestaba a sangre, orina y muerte.

-Pues es que este ya corrió todo lo que tenía que correr- hablo de nuevo Ulises levantando la mirada para dejar ver sus enormes ojos azules brillosos y deseosos de acción, su cabello negro como la noche le cayó sobre la frente intentando cubrir sus pupilas dilatadas de la adrenalina del momento.

-Ya no es útil entonces- respondió Fausto de Villanueva tomando la pistola 9MM de la mesa. El hombre regordete atado a la silla intento gritar, pero Fausto le metió un balazo en la frente en un solo movimiento.

Ulises volteó indignado hacia su amigo mexicano.

- ¡Fausto hijo de puta es una Valentino de colección! - reclamó ofendido el colombiano quitándose el saco verde militar ahora manchado de carmesí, Ulises también lanzo su camiseta blanca de manga larga al suelo dejando ver su pecho lleno de músculos morenos claros.

Al igual que Fausto, ambos se conservaban en perfecto estado físico.

-No se te vaya a acabar el dinero por comprar otro traje- respondió burlón el hombre de ojos verdes.

Luego Fausto dejó en la mesa su bebida para poder acercarse hacia uno de sus hombres completamente vestido de negro y armado hasta los dientes, el cual no había dejado de apuntarle a la otra garrapata humana que aún quedaba viva y la cual estaba con las manos sobre la cabeza.

-Voy a cambiarme marica, más vale que no tardes ahora tu. Tenemos una fiesta que celebrar- el colombiano hablo con una enorme sonrisa cuando abrió la puerta metálica.

-Estoy seguro de que no van a empezar mi cumpleaños sin mi-respondió Fausto rodando de nuevo los ojos al desviar la vista de su indeseado inquilino.

-No deberías de tentar a Victoria- finalizo Ulises aporreando la puerta de metal al salir.

Fausto de Villanueva gruño. Como odiaba que aporrearan las cosas.

Después Fausto le tendió una falsa sonrisa al único sobreviviente; el hombre de ojos verdes dejo caer el resto de su puro al suelo para poder aplastar las hojas de tabaco. Estas parecieron deshacerse debajo de las suelas de Fausto.

Así era como quería que desaparecieran sus enemigos. Aplastados sin poder volver a levantarse contra él.

-Nombre- hablo claro Fausto, pero sin gritar, tal y como le gustaba para intimidar a la gente. -Raúl...-murmuró temeroso el moreno desnudo e hincado ante el imponente Villanueva.

-No me tengas miedo Raúl solo necesito respuestas y si las das bien vivirás- dijo Fausto aún con la oscura sonrisa en el rostro.

-Juro estar a su servicio y serle leal señor- el tono de voz de Raúl salió desesperado.

Si tan solo el moreno supiera lo mucho que le asqueaba a Fausto tratar ese tipo de gente. Con los mediocres, traicioneros, llorones y ratas dejaría de estarle suplicando.

- ¿Para quién trabajas? -pregunto Fausto directamente.

El resto de sus hombres había entrado al cuarto para deshacerse de los demás cadáveres.

Todos sus hombres estaban uniformados y portaban tecnológicos audífonos en sus oídos.

Tal y como a Fausto le gustaba ver en la gente que trabajaba para él; que se notara el poder, la autoridad, pero sobre todo la clase y el control de los Villanueva.

El líder del cartel más importante del mundo odiaba a los salvajes, los cuales parecían reproducirse más cada día para su total descontento.

-Estaba en el cartel del infierno, fui narcomenudista y halcón- Fausto pateo un pedazo de carne humana que Ulises le había quitado a algún pobre imbécil hacia el drenaje.

- ¿Quién era tu jefe? -pregunto Fausto de nuevo acomodándose las mangas de su traje.

Las puertas detrás de él se cerraron de nuevo dejando solamente a los dos vivos dentro.

Las regaderas en el techo a presión eran manualmente activadas para mantener la sala de tortura en perfecto estado y presentación siempre. Así que Fausto no tenía que preocuparse por dejar el lugar hecho un asco. Todo desaparecería. Todo lo que le molestaba siempre se desvanecía para preservar su imperio.

-Dante Salazar, trabajaba para el ahijado de Don Fernando, él fue quien nos puso en la misión; nos pidió que secuestráramos a la esposa de "Zeus" cuando llegara a México a la celebración del "Emperador"- Fausto alzó las cejas escuchando con atención al tonto iluso que le temblaba la voz y el cual pensaba que se iba a salvar.

Porque si había algo que Fausto odiaba más que a sus enemigos, era a los traidores. Aquellos que hacían lo necesario para mantenerse vivos sin ningún principio de por medio. Esos seres no tenían dignidad ni al morir.

Nada bueno tenía aliarse con alguien que te traicionaría en un parpadeo.

-Esa escoria...será mejor que descanses Raúl- dijo Fausto logrando mantener el odio dentro de sí.

Dante Salazar...ese hijo de puta debió haber muerto hace tantos años, pero al igual que las cucarachas sobrevivía en cualquier basurero. Fausto de Villanueva se guardó sus pensamientos para sí mismo.

El gordo comenzó a alabar al capo del cartel de los Villanueva por su piedad.

Fausto saco rápidamente la misma pistola plateada de la parte trasera de su pantalón para después dispararle dos veces en el rostro al hombre sin siquiera parpadear. El escándalo fue ahogado por las paredes aprueba de ruido.

-Bonne nuit Raul- Fausto hablo en perfecto francés y luego le sonrió al cadáver.

El hombre con ojos del color del bosque salió fresco del cuarto asintiéndole a dos de sus hombres para que terminaran el trabajo.

El día laboral había finalizado ahora si oficialmente.

Fausto subió los escalones de metal para poder salir de la casa de torturas que tenía a unos kilómetros de su privada mansión. El frío aire fue un regalo de cumpleaños para Fausto, porque como odiaba el calor que había dentro de la casa de la muerte.

El capo había aprendido a deshumanizarse para poder matar gente a la corta edad de seis años, Fausto sabía cómo funcionaba el mundo en el que creció a la perfección. Para muchos era genuinamente malo y para otros era fríamente inteligente.

Nadie vivía después de un atentado hacia Fausto y sus cercanos. La traición se pagaba con muerte y el emperador iba a hacérselos saber.

Fausto tenía enemigos por doquier, pero también se estaba haciendo con los más poderosos aliados que existiesen para eliminar a cualquiera que se metiera en su camino.

Después de todo él era un Villanueva. El mayor orgullo de su padre. Su primogénito y nunca olvidaría el papel que tenía que cumplir.

En la acera de la carretera le esperaba su medio hermano menor Cesar de Villanueva Nava de veintiún años, sobre el recién cortado pasto chino.

Con los ojos negros, piel completamente blanca con muchas pecas en el rostro cuadrado y los cabellos oscuros casi rapados, Cesar era una viva copia de la segunda esposa del capo más famoso del mundo. Y no precisamente la persona favorita de Fausto.

César tan sigiloso que le habían apodado "Puma". No tan musculoso ni alto como el ahora capo del cartel de los Villanueva Fausto mejor conocido como "El emperador" dentro de su mundo.

Fausto no dijo nada cuando Cesar le tendió una diminuta caja blanca con un moño dorado.

-Las grabaciones de Juárez y Sinaloa están en la red; Vladimir ya se encargó de la situación- La calmada voz de Cesar hizo que Fausto asintiera con la cabeza.

Ambos subieron a una camioneta BMW gris con Cesar como piloto.

-Asegúrate que tengan todo listo para volar mañana temprano- Fausto hablo y luego lanzo la caja de regalo a los asientos traseros. Cesar le asintió sin ninguna palabra de por medio mientras manejaba por el bosque privado en medio de la noche.

Su pequeño y aburrido hermano siempre estaba ahí cuando se necesitaba.

"Eran sangre después de todo y tenían que protegerse espalda con espalda en este juego de poderío y peligro." Eso había dicho su padre cientos de veces, pero Fausto no estaba muy seguro de querer compartir toda la herencia con sus dos medios hermanos.

Fausto más que querer. Necesitaba el poder; el dinero y el respetado apellido de su padre le habían dado todo lo que quería desde que tenía memoria.

Fausto había estudiado economía y administración durante su estadía en una de las mejores universidades de Estados Unidos, sabía francés, inglés, italiano, ruso y español al pie de la letra. Él amaba hacer negocios de cualquier tipo y viajar por todo el mundo, le encantaba la buena vida, salir de fiesta y tener a las mejores mujeres a su disposición siempre.

Fausto de Villanueva sabía que había heredado el elegante físico de su madre, pero la inteligencia y el carácter de su temido padre.

Su único fallo según su difunta madre era su carácter frío a la hora de usar a los humanos como piezas de ajedrez en su vida. Su personalidad egoísta y su ambición desmesurada.

Algo a lo que nunca le había tomado importancia el emperador hasta el día de la muerte de Yvonne Ferrec. Después de haber visto su cuerpo sin vida contrastando con la oscura madera del ataúd; Fausto se volvió peor.

Nadie le iba a quitar el sueño de ser completamente dueño de todos los negocios ilícitos dentro de México, de cumplir su fantasía de poder codearse con los más importantes del mundo.

De ser respetado y, sobre todo, temido.

Él heredero amaba estar en casa, no tenía que fingir ninguna máscara aquí, al contrario de como vivía ante el resto del mundo.

Fausto no pudo evitar sonreír cuando Cesar se desvió hacia otra carretera iluminada por enormes faros amarillos y rojos que los guiaban a la gran entrada de su mansión de la cual provenía la ruidosa y pegajosa música.

Cómo amaba su vida, tenía todo lo que quería por ahora.

Porque incluso el diablo sabía que cuando Fausto quería algo lo obtenía a toda costa, como si se tratase de un tiburón hambriento persiguiendo a su sangrante presa.

El emperador contaba con unos excelentes y leales amigos que le abrían más puertas a sus negocios, Fausto podía hacer lo que quisiera con todos sus recursos y lo mejor de todo es que se pasaba la ley por los huevos.

La gente del gobierno se peleaba los millones que les depositaba el cartel mensualmente para que los dejaran operar libremente; para que el mismo Fausto pudiera liderar sus peleas con cárteles rivales sin que nadie se metiera de por medio.

Los políticos de este país seguían el dinero como ratas al queso.

La corrupción le traía sin cuidado al hombre, después de todo ese no era problema de Fausto.

La dinastía Villanueva iba a hacer historia con el verdadero emperador en el trono de las drogas. Ser el heredero de la mafia más poderosa del mundo era el destino del joven Fausto de Villanueva Ferrec y él estaba orgulloso de representar a su familia en todo su esplendor.

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