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Historia
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Desorbitante
Autor: Ahnira Sang
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Capítulo 1 : Memorias
Palabras:1974    |    Actualizado en:30/04/2022

En ese instante, cambió su expresión.

-Así es, tal y como nosotros enviamos naves a investigar, ellos, en otro planeta, también hacen lo suyo.

Mis ojos lo sorprendieron como dos grandes ovnis queriendo ver a través de él. La inquietud incrementó al ver que abría uno de los cajones del escritorio frente a nosotros. Sacó una pequeña caja negra que se encontraba escondida bajo un fondo falso. La tomó sin dudar. En el interior, yacía una piedra con forma irregular y, en cuanto la tocó, emitió un color que aún no puedo definir; parecía tener un campo de gravedad que solo afectaba nuestros cuerpos. Me sentí poderosamente atraído hacia el misterioso objeto.

-Espera un momento -me dijo con firmeza-. Si pones atención, los escucharás.

Fue entonces cuando me percaté del insólito sonido que emitía. Se escuchaba como una difusa melodía, como si hubiera vida dentro de ella. Eso me asustó. Mi perturbación creció aún más cuando puso la fría pieza sobre mi mano y pude ver cosas.

Lancé un grito y dejé caer la piedra. Me levanté con ganas de echarme a correr, llorar, caer, o algo que me hiciera olvidar todo lo que mi mente había visto.

-¿Qué viste? -Con fuerza, me tomó de los hombros-. Eiden, ¡¿qué es lo que has visto?!

Era una locura, no podía decir nada. El pánico me empujó al filo del colapso.

-¡Estás loco! Esto es... (tres puntos) -Mis palabras se ahogaron.

-Hace tiempo que no he visto nada cuando lo toco, Eiden. Entiende y dime, por favor, ¿qué viste?

-No tengo idea de qué pretendes. Bon, ¿en qué te has metido?

Sin fuerza, me dejé caer sobre la fría silla de metal que había soportado mi peso durante esa nostálgica plática.

Jamás imaginé que toda la afición de Bon hubiera llegado tan lejos, tuviera un desenlace tan excéntrico o provocara esa extraña situación en mi vida.

El cielo es blanco, imperturbable.

Yace en mi mano esta brújula que funciona como un maldito demonio, dictando el rumbo que deben seguir mis pasos. En el pasado, me lo hubiera pensado dos veces, ahora entiendo que debo seguir adelante.

Quiero que lo sepas; suelo rememorar mi vida, como un ejercicio para no perder la cordura. Cada día que pasa, busco la mejor forma de explicártelo todo, desde el principio. O, al menos, desde el principio que yo conozco.

Un frío invierno de 1993, mi padre y yo llegamos a Gales, su hogar natal. A mis escasos cuatro años, conocí Casnewydd, sitio que mi padre no pisaba hacía ocho inviernos. Tal ciudad, famosa por su puerto, también es conocida como Newport. Para mi fortuna, solo hubo que acostumbrarme al nombre en galés y su variación en inglés. Mi abuela, en cambio, creció en Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, pueblo ubicado en la isla de Anglesey. Un nombre bastante largo para un pueblo pequeño, lo sé. Para efectos prácticos, llamado tan solo Llanfairpwllgwyngyll.

No recuerdo casi nada de aquel invierno, solo a través de memorias ajenas, sé que mi abuela casi sufre un ataque cardíaco cuando volvió a ver a Garth Ainsworth, su hijo mayor. Aquel que imaginó que había perdido para siempre regresó a Casnewydd una fría y lluviosa madrugada de enero. Tocó a su puerta. Bajo el resguardo de un oscuro paraguas, se encontraban él y un pequeño niño aferrándose a su mano. Ese niño, llamado Eiden, era yo.

Según las anécdotas de mi abuela Aderyn, mi padre no aceptó quedarse ahí, puesto que la casa donde vivía ella había pertenecido a Giles Ainsworth, el inflexible padre que lo había impulsado a marcharse lejos. Pese a que hacía varios años del fallecimiento de mi abuelo, el semblante de mi padre se ensombrecía cada vez que se le mencionaba. Por ello, crecí bajo la instrucción y la presencia de mi padre, en compañía de su hermano menor, Alan Ainsworth. Apenas supo de nuestra llegada a Casnewydd, nos aceptó en su hogar.

Mi tío Alan vivía a unas cuantas calles de la casa de mi abuela. Un hombre admirable y trabajador, aunque demasiado trabajador para mi gusto de entonces. Imaginé que su amplia casa la construyó bajo la premisa de algún día formar una familia. Mas nunca vi forma en cómo haría eso realidad, pues trabajaba hasta el punto de colapsar, pero «sabía divertirse y salir de la rutina en el momento justo». Sin embargo, se pasaba la mayor parte del año elaborando piezas de madera para los clientes más exigentes que podían acudir a él y su meticulosidad.

Mi padre, diferente a él, tenía la firme convicción de respetar el entusiasmo de su hermano, marchándose todas las mañanas a una nueva empresa donde prestaba sus servicios de contador. Aunque trabajaba menos tiempo que mi tío, todas las tardes volvía con semblante derrotado y triste.

Saboreé una insípida infancia. Como en Casnewydd, todo me apetecía nublado casi todo el tiempo. Sentía que nada me iluminaba; ni mis días de colegio, ni mi tiempo libre, ni siquiera mi dinámica familiar. Pero no existía mayor dilema o carencia que la que se originaba únicamente en mi interior. Había algo particular que nunca me dejó sentirme convencido de mi existencia. A pesar de que alrededor todo se encontraba en orden, dentro de mí los fantasmas del por qué siempre aguardaban el momento preciso en que veía a una familia feliz en el parque, en la calle o en cualquier otro lugar.

«Nadie sabe, mejor que nosotros, lo que vivimos para llegar a este punto, Eiden», me repetía mi padre cada vez que llegaba del colegio, empapado de lágrimas y burlas, porque algún niño me gritaba: «¡Fenómeno, hijo de hombres!».

-Pero ¿es cierto eso? -preguntaba mi padre mientras limpiaba mis lágrimas con su pañuelo-. Entonces, no hay de qué preocuparse.

-¿Por qué no tengo mamá?, ¿por qué no somos una familia normal? -preguntaba cada vez.

Y cada vez mi padre respondía con un grave silencio.

Mi padre vivió unos años en algún lugar lejos de Gales, con infinidad de cosas, personas y vidas diferentes. Justamente, en ese lugar desconocido para mí conoció a mi madre, una mujer poco mencionada llamada Shelly. Ella y mi padre se enamoraron y se unieron al poco tiempo de conocerse. Fruto de ese amor nací yo, un niño al que jamás imaginaron marcarían con el filo de sus decisiones.

-¿Por qué mamá no vino con nosotros? -interrumpía, con frecuencia, en alguna conversación.

Solo intentaba comprender cómo sucedieron las cosas. Sin embargo, mi padre siempre me decía que mi madre no podía alejarse fácilmente de sus padres. Tras las duras circunstancias de la vida, ella aceptó que él partiera junto conmigo y prometió reencontrarse con nosotros en el futuro. Sin embargo, pasados un par de años, mi padre se enteró de que ella encontró a alguien más y se casó al poco tiempo. Fin de la historia. Siempre lograba cambiar la conversación rápidamente y recordarme, en vano, que no todo es malo en la vida.

Jamás vi ninguna foto de ella. Mi mente inventó la imagen de una madre: una mancha difusa y falsa de una mujer que vi en alguna vieja revista. Siempre dándome la espalda, desconocía su rostro feliz, enfadado o triste. Siempre traté de comprender: ¿qué es una madre? Aquella que te consuela, te cuida, te consiente y está ahí para regañarte. Todo eso lo habían sido mi abuela, mi padre y mi tío Alan, nada me faltaba; cariño o protección. Entonces, ¿por qué estaba llorando otra vez? Ahí, en la soledad de mi habitación, una noche antes de mi cumpleaños 16. Ahí, en la oscuridad, me abordaban esos amargos sentimientos que me anclaban a una insatisfecha niñez.

Desde que recuerdo, me escapaba constantemente a casa de la abuela Aderyn, una mujer mayor, quien parecía tener la fuerza necesaria para vivir, incluso más que yo. Especialmente, en mis cumpleaños me refugiaba con ella para fingir que era un día común y corriente, justo como realmente era. Ella me agradaba, pues jamás recordaba las fechas «especiales», al contrario que mi tío y mi padre.

Ese 27 de octubre del año 2004 llamé a su puerta. Pronto, se asomó una vieja mujer, de corte elegante, largo cabello blanco trenzado, reluciente sonrisa y piel clara, rugosa, pero de aspecto suave.

-¡Qué alegría que aún te acuerdes de esta anciana! -mencionó ella en el momento en que me invitó a pasar-. Viniste solo, otra vez. Parece que los dos granujas que parí no se acuerdan ni un momento de su madre. Solo trabajo, trabajo y trabajo. Par de imbéciles, que su madre se les apaga aquí abandonada.

Al verme de nuevo, su expresión de molestia se atenuó. Mostrándose agradecida, alborotó mi oscuro cabello y aludió a que cada día me parecía más a mi padre. Este último comentario me incomodó, un poco más que la insistencia de hacer «especial» ese día. Como de costumbre, tras invitarme a pasar se fue directo a la cocina.

En eso, me paseé por su enorme sala alfombrada, con la confianza de quien ha pasado buena parte de su vida en el lugar. Observé, por milésima vez, sus diferentes artilugios. Siempre encontraba nuevos detalles en ellos. Después de la muerte de mi abuelo, ella se dedicó a viajar por el globo terráqueo y gastar todo lo que el «viejo tacaño» no usó en vida. Toda la fortuna fue a parar en sus manos, ni una moneda llegó a ninguno de sus dos hijos: Garth y Alan Ainsworth. Quienes no figuraron en el testamento, a causa de las arraigadas ideas de mi abuelo.

A pesar de todos los defectos relatados acerca del inflexible Giles Ainsworth, mi abuela abandonó su pueblo de impronunciable nombre debido al profundo amor que tuvo por él; hombre de fuerte temperamento y enraizados ideales. Ese al cual odió y amó con todo su espíritu, según sus palabras.

Caminé un poco más, un espejo reveló mi imagen: un joven de cabello negro y ojos color avellana, un joven que aún albergaba alma de niño. Tras recordar las palabras de mi abuela, me sentí incómodo. Desvié la mirada hasta encontrarme con aquella foto de su juventud, tendría unos veinte años y una belleza que jamás vería en revistas. Me hechizaba aquella mujer de finas facciones y larguísimo cabello castaño; tenía una belleza particular. Sin duda, no era propia de este mundo.

-Esa mujer se ha marchado lejos, a un desconocido lugar, Eiden. -Llegó con aquel delicioso pan moteado que tanto me gustaba-. Anda, siéntate para acompañar a la abuela que te quiere tanto.

Me senté sobre aquel histórico sofá. De pronto, mis pensamientos fueron interrumpidos por una humeante taza de té amargo. Se abrió paso a una extensa charla sobre triviales acontecimientos. Aunque agotadas las convencionalidades, las palabras de mi abuela me transportarían a otro lugar.

-Hace muchísimos años, existían enormes bestias de fuerzas impresionantes, entre ellas, dos poderosas aves: una de sombra y otra de luz. Enemigas eran, según lo que cuentan -se levantó a caminar por la estancia, como siempre al sacar a flote su imaginación-, cuando luchaban entre ellas, ocasionaban grandes estragos a las poblaciones cercanas: muertes de hombres, mujeres y niños inocentes. Era una época difícil para todos los habitantes de aquellas tierras. El rey de entonces deseaba una tregua, algo que les brindara paz. Sin embargo, las poderosas aves eran indomables. A pesar de eso, exhortó a los hombres más poderosos a capturar una de las dos aves y de una vez por todas interrumpir esa infernal batalla.

El reloj en la pared repiqueteó ante el silencio de sus labios.

-Muchos años después, bajo órdenes de otro rey, se exigió darles muerte a ambas aves. Las recompensas: el ave de sombras, riquezas; el ave de luz, la mano de su hija. -Su sonrisa se amplió-. O eso cuentan nuestros antepasados.

-¿Y qué pasó?, ¿alguien lo logró? Me llevé un pedazo de pan a la boca.

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