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Historia
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La destrucción de un molino
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Clásico 1 No.1
Palabras:1407    |    Actualizado en:14/11/2018

Capítulo 1

Muy cerca de la ciudad y unida á ella por una corta escollera de piedra del muelle, se extendía árida y desnuda una isleta, cuya superficie apenas abrazaba unas quinientas áreas sobre el poco profundo mar que lamía los piés de dicha ciudad. Ninguna defensa la guardaba de las embestidas de las olas, ni ninguna sombra de los rayos solares. Sobre su pegajoso suelo en el cual brillaban, como láminas de plata, granos de compacta sal y en el que la verba era tan escasa como abundantes las espinas, los pescadores cantando alegremente arreglaban sus barquichuelos y los niños jugaban con algazara ruidosa. En medio de la isleta se alzaba un antiguo molino de viento destrozado. Las hendiduras y ruinas cubrían su redonda periferie; las piedras se derrumbaban de su cima, formando alrededor de su base improvisados asientos y escalones. Donde antes estuvieron la puerta y las ventanas, abríanse anchurosos boquerones irregulares, y en vez de las aspas que el soplo del viento movía con rapidez se adelantaba horizontalmente un largo madero, como informe hueso de un esqueleto. El molino á trechos amarillento, á trechos negro, llevaba encima las huellas de los ataques de dos enemigos invencibles, el tiempo y el fuego.

Una mañana, hará cosa de unos quince años, se encontraron junto á él cl viejo capitán Mitros, el joven Sr. Timoteo, doctor en medicina. El Sr. Timoteo, apenas de veinticuatro años, había regresado hacía poco de Trieste, donde estuvo durante un año, en compañía de un tío suyo rico comerciante. Desde algún tiempo había tomado la resolución de dejar á Esculapio y de colocarse entre los discípulos de Mercurio. Pero una incurable nostalgia le sobrecogió en grado indecible y le hizo apresurar bien luego el regreso á su patria, prefiriendo á la dudosa riqueza en suelo extranjero, la pobreza en el patrio, y la segura adquisición de los recursos de la vida con el ejercicio de su profesión de médico. Era de natural sensible y susceptible y en él el médico tropezaba de continuo con el soñador: los amigos le tenían por muy sentimental y las mujeres decían de él que era muy enamoradizo. En el primer año de su carrera perdió el sentido dos ó tres veces seguidas en la clase de anatomía. El capitán Mitros, con todo el peso de sus setenta años, se mantenía fuerte todavía, perteneciendo raza de aquellos seres privilegiados y vigorosos, que hombres ó encinas, se rompen, pero no se inclinan. Vestía una rica fustanela de anchos pliegues, que competía con la blancura de su abundante bigote; y en su memoria conservaba las historias de gloriosos combates en los cuales había tomado parte, y un tesoro de curiosos y heróicos episodios de la guerra de la Independencia. Gustaba de comer mucho y de hablar más. Como padecía de insomnio dejaba mu y de mañana el lecho y alguna vez, aburrido, la casa, exponiéndose sin aprensión á la influencia del rocío matinal en la isla, sin alejarse por eso mucho de su casa vecina á la playa. El señor Timoteo había ido allá con el objeto de bañarse en ella,-era el mes de Julio,-de respirar el aire fresco y de gozar del espectáculo de la salida del sol.

Cambiados los primeros saludos, pues eran conocidos antiguos y además vecinos, el joven se sentó en un montón de piedras enfrente al molino, al lado del viejo. El capitán Mitros abrió al momento su boca difícil de cerrar, y el Sr. Timoteo, no teniendo á aquella hora otro cuidado más importante, aceptó de buena gana la compañía del viejo. Juzgó la ocasión aquella muy á propósito para la solución de ciertas dificultades, que la presencia del capitán Mitros despertaba en su mente. Por lo que tocando con la mano el molino, en el cual apoyaban ambos sus espaldas, como si tratara de averiguar su historia, preguntó:

-¿No me diríais, capitán Mitros, por qué razón se encuentra este molino solitario en medio de nuestras aguas, como un buque arrojado á la tierra por la tempestad? Desde mis primeros años le recuerdo hecho una ruina.

-Á decirte verdad, hijo mío, bien exactamente, tampoco lo sé. Lo recuerdo aquí desde hace sesenta y cinco años, cuando era yo un chiquillo de unos seis escasos todavía. Pero entonces no estaba en ruinas como ahora. Le contemplaba frente á frente desde mi casa que estaba donde luego construyó la suya, mi compadre Apostolis; me parece que le veo; recuerdo que el primer objeto en que se lijaban mis ojos, era el molino, desnudo y redondo con su remate cónico, su ventanilla y sus grandes aspas. Cuando el sol se ponía, herían sus rayos el cristal de la ventanilla y le encendían de brillante color rojizo, y yo aun desde lejos tenía miedo y no me atrevía á mirarla, porque me parecía el ojo de una gran Lamia. Cuando lloraba, mi madre me asustaba diciéndome que me llevaría á la Lamia del molino para que m e comiera, y yo callaba al momento. Y cuando sus aspas daban vueltas aprisa, aprisa, movidas por el viento, asustado siempre por las palabras de mi madre, creía que la Lamia trabajaba y movía su devanadera. Nunca pude, por el temor que me tenía sobrecogido, volver los ojos hacia este lado. Después, cuando fuí creciendo, ya no tuve más estos temores. Entonces, grandes y pequeños, no teníamos miedo; sólo teníamos odio á la esclavitud. Entonces la isla no estaba unida ó la tierra firme como ahora, en que el mar se ha retirado. Los pescadores venían aquí con sus barcos y se metían en el agua para sacarlos á tierra, llegándoles el mar hasta las rodillas. Una tarde yo con algunos muchachos nos echamos á nado para pasar á la isleta. Queríamos ver al molino que tenía abierta su portezuela y que volteaba sus aspas. Nos hallábamos á mitad del camino, cuando nos alcanzaron mi padre y los de otros dos chicos, y nos obligaron á volver atrás: nos pegaron y nos atemorizaron, diciéndonos que estábamos perdidos si otra vez repetíamos tal viaje. Después oí decir á mi padre que el molino lo tenía un Agá turco. Se presentó una mañana, mató al molinero y se apoderó de su mujer y del molino. Molía sus propios trigos y los de los demás, pero sin devolverlos. Si le importunaba algún vecino lo llamaba para que se presentase en el molino y el pobre ya no volvía. ¡Ay de los niños que se separaban un poco de aquí! ¡Mala peste á los turcos! Por esto nunca me atreví á poner mis piés en el molino, hasta la Revolución. Entonces…

-Cuando era muchacho, interrumpió el joven impaciente, atraído del encanto de los recuerdos infantiles, muchas veces me llevó hasta aquí mi familia. Todavía no se había construido el muelle que une la isla con la ciudad, pero el molino de viento estaba como ahora, arruinado. Entonces llenábamos la barca de algún pescado, y cuando con el viento norte las aguas bajaban, volvíamos á casa por nuestros propios piés. Jugábamos á caballos, al escondite, cazábamos, saltábamos; las piedras destrozaban nuestros vestidos y las ortigas se clavaban en nuestras manos. Cogíamos conchitas ó sacábamos del agua las algas con las cañas. En la primavera nadábamos. Cuando nos escapábamos de la escuela veníamos aquí, donde no cesábamos de gritar y de correr á nuestras anchas. Nos reuníamos todos juntos como gatos escaldados en un rincón del molino, y nos contábamos cuentos é historias. Hablábamos de cómo San Jorge había matado al dragón, de Juanito que se había ido al extremo del mundo para hallar al Miedo, y del hijo del rey que robó á la Pentamorfe. Pero el cuento más bonito, capitán Mitros, el que me hacía estar con la boca abierta, era la historia de Tajir y de Zagré. ¡Con qué animación lo contaba Pablo!

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