img La destrucción de un molino  /  Clásico 3 No.3  | 60.00%
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Historia
Clásico 3 No.3
Palabras:1469    |    Actualizado en:14/11/2018

-¡Cómo salió radiante de su ocaso la Nación al sonar la hora de la independencia! prorrumpió el joven completando las palabras del viejo con una imagen lírica.

Muchas veces había oído contar hazañas de la independencia y más admirables quizás; pero ningún relato se grabó en mi corazón tan profundamente como el del capitán Mitros. Tras de algunos minutos el sol de aquella mañana salió también detrás del promontorio de enfrente, que se alzaba bruscamente en medio de un horizonte despejado y alegre, embelleciendo la cumbre de tres picos, del monte, con una larga serie de sonrosados arabescos, y bailando la playa con sus rayos, como si materialmente el inmortal cochero hubiera vaciado en ella todos los dardos de su dorada aljaba. Con la luz solar se derramó en la naturaleza alegría y regocijo. Se oían gorjeos de pájaros, un voluptuoso temblor movía las aguas hasta entonces tranquilas, las olas se deshacían en espumas en las playas de la isla, y al oir su murmullo nadie hubiera distinguido si era rumor de olas ó rumor de besos. Blancas gaviotas atravesaban el aire con ruidosos chillidos y bajaban hasta las aguas para cazar peces, y desde las lanchas se oían, mil veces repercutidos, los disparos de fusil de los cazadores contra los ánades y gallinetas. Una hermosa fiesta se celebraba en el aire. Y bajo la impresión de la historia de Tassos Tassoulas todo aquel encanto de la naturaleza penetraba en el alma de Timoteo y se transformaba en un deseo indecible, en una sed de heroismo.

-¡Esto es morir! exclamó: morir así, lo comprendo.

-Todo lo que te he dicho, hijo mío, me lo contó un hombre que lo vió con sus propios ojos. ¡Dios le haya perdonado! el señor Apostolis lo vió oculto detrás de una barca antigua agujereada, con el agua hasta el cuello. También le persiguieron los Arbanitas, y se escapó escondiéndose á pocos pasos de distancia del molino. Lo oyó y lo vió con sus propios oídos y sus propios ojos. Te lo he contado bé por cé, tal como el me lo contó. Dios le protegió y los Turcos no supieron nada. Al tercer día pasó un buque de Cetafonia y lo recogió. Si quieres saber de mí, yo estaba entonces con Karaiskakis.

Cuando tras de algunos instantes se separaron uno y otro, el joven y el viejo, el sol brillaba sobre el molino, como la sonrisa de un centenario.

Capítulo 2

Pasó un año: un año que bastó para señalar grandes cambios en los personajes y en la escena de nuestra pequeña historia. El capitán Mitros no salía hacía ya algún tiempo á dar sus paseos matutinos, atormentado en su casa por una terrible gota: el señor Timoteo, había regresado de nuevo á Atenas con licencia, hecho todo un médico, y sin cuidarse de otra cosa que de procurarse una buena clientela. En la isleta ya no quedaba ni un vestigio del histórico molino. En su lugar se levantaba un elegante pabellón de madera, en el que se había instalado un diligente y emprendedor cafetero, el cual atraía los domingos la mejor sociedad de la ciudad, alrededor de las mesas, para gozar de los sones de una música militar, y en las noches de verano, de la brisa marítima y de la luz de la luna, que se reflejaba mágicamente en las muelles aguas, como en un mármol azulado.

El sol se ocultaba sumergiéndose en el mar y los colores del ocaso mezclados en perfecta armonía y con brillante explendor, por el docto pincel de la naturaleza, se debilitaban y borraban lentamente en los confines del horizonte. Un solo color, el de púrpura, pujante y oscuro, el más expléndido y regio de los colores, se derramaba con energía en ligeras y obscuras líneas, hasta los más lejanos y apenas perceptibles montes, y caía sobre el mar en toda la extensión del Occidente, y su reflejo magnífico sobre las olas tranquilas, hacía el efecto de un misterioso y coralíneo país de espíritus y nereidas en el momento de su emersión del abismo del mar, para admiración de nuestros mortales ojos. En aquella hora el señor Timoteo, apoyado en la ventana de su casa, fijaba más su atención en el movimiento extraordinario de la isleta, que en la magnífica pero en aquel horizonte ya acostumbrada decoración de la puesta del sol. El dueño del café había traído de Atenas una compañía cantante de bohemias, las cuales aquella noche debían cantar en un estrado levantado á propósito. A causa de esto, no sólo las mesas del café, sino que también casi todo el circuito de la isleta fueron ocupados por una multitud de curiosos y amantes de novedades. El señor Timoteo tomando su sombrero se disponía también á dirigirse allí, cuando se le presentó la vieja sirvienta del capitán Mitros.

-Señor doctor, hace algún rato que al capitán le han sobrevenido agudos dolores; tiene fiebre. Os suplico que tengáis la bondad de llegaros hasta allí. Cabalmente ahora falta nuestro médico. Os lo pide por favor el mismo capitán. Desde aquella mañana en que un año antes el médico y el viejo soldado se habían dejado llevar del atractivo de sus dulces y grandes recuerdos, delante del molino, el señor Timoteo no le había visto. Le volvió á reconocer ahora en su casa, tan vieja como él, dentro de su ancho cuarto de invierno, con una gran chimenea cuya cónica bóveda salía bruscamente de la pared, con los rincones cubiertos de telarañas, con el pavimento gastado y crujiendo ruidosamente bajo los pies, con su techo sostenido por amenazadoras vigas, con sus paredes ennegrecidas y sin revoque alguno, con su ancho sofá, con su trofeo suspendido encima de él, de antiguos sables y enmohecidos fusiles, y por último, con el acostumbrado altarcito o iconostasion delante del cual ardía una lámpara medio apagada. Encima del sofá estaba tendido el capitán Mitros. En el espacio de un año había envejecido mucho. Las concavidades de las mejillas se habían hecho más profundas, y el semblante llenado de arrugas.

-Ah, doctor! Caronte ha dado orden de prenderme y me tiene tan cogido como puede. ¡No creo que esta vez pueda escaparme! exclamó con débil voz y sonrisa melancólica.

El médico animándole, dictó algunas recetas y se dispuso á retirarse; pero el capitán Mitros, ni sano ni enfermo, soltaba fácilmente á los que con él se encontraban. Comenzó, pues, á preguntar con interés al joven respecto de sus asuntos.

-¿Y desde cuando ejerces de médico, hijo mío?

- Hace pocos días que llegué, mi capitán.

-¿Y en dónde estabas?

-Estaba en Atenas con licencia, y ya véis me vine aquí. Dos días después de aquél que nos encontramos en el molino, me marché de aquí, y no había vuelto. ¡Ha pasado un año cabal! ¿Lo recordáis, capitán?

-¡En el molino! exclamó el viejo con violencia. ¿Pues qué? ¿no lo quitaron de en medio? Estos cafeteros hacen lo que quieren. Cada día van peor las cosas.

El señor Timoteo sólo se acordó entonces que desde que había vuelto, con sus muchos cuidados, no había tenido curiosidad de preguntar por la vieja ruina, que en otro tiempo fué causa para él, de extraña conmoción, y que al volver no encontró va en su sitio; únicamente había oído decir que había sido derribado por el municipio. Y entregándose inconscientemente al sentimiento de la curiosidad, preguntó:

-Pero ¿cómo fué esto, capitán?

-¡Cómo fué! ¿y es posible que no lo sepas? y se sentó con pena encima del lecho.

-No sé nada, capitán. Ya os lo dije: llegué anteayer. Pero no es conveniente que ahora habléis, añadió observando que excitaba involuntariamente al viejo á una larga conversación. Volveré mañana y entonces hablaremos. Ahora tenéis necesidad de silencio de reposo.

-No tengo necesidad de nada de eso, contestó el viejo olvidando sus males y su debilidad ante el deseo imperioso de desahogar su pena. Conviene que lo sepas para que veas á que estado hemos llegado. Han pasado de entonces cinco ó seis meses, pero no lo olvidaré nunca.

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