img La destrucción de un molino  /  Clásico 4 No.4  | 80.00%
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Historia
Clásico 4 No.4
Palabras:1394    |    Actualizado en:14/11/2018

Y sin dar tiempo al médico, prosiguió con viveza y animación:

-Un día por la mañana, salí como de costumbre para tomar el aire. Al llegar delante el molino veo mucha gente á su alrededor. Me acerco para preguntar lo que ocurre.-El molino, me dicen, se ha vendido y van á derribarlo. -El municipio, en efecto, tomó la resolución de derribarlo y de vender las piedras. El señor Salvador las compró, y se presentó con albañiles y carros para procederá su destrucción y llevarse sus restos. Me pareció que era á mí á quien se destruía. Vuelvo los ojos á derecha é izquierda; unos se detenían para pasar el rato, otros hablaban ó estaban con la boca abierta; todos indiferentes. Comencé ti dar vueltas de un lado á otro; estaba á punto de estallar. ¿Sabes lo que oí de boca de éste y de aquél y del de más allá? -¡Gracias á Dios! -¡Ya era hora de quitar de en medio este mamarracho! -Ahora sería bueno que arreglasen este sitio y que levantaran una fonda. -¡Qué bien que sonaría aquí la música! Si yo pudiera, levantaría aquí un café que metería ruido, no como el café que dicen va á construir el señor Salvador; en verano baños, por la noche café chantant, en fin que sé yo! -Y estas cosas las decían hombres ilustrados, abogados, señores, mujeres, jóvenes…

¡Qué cólera me daban! Me parecía que se burlaban de mí con lo que decían. Me encendía cada vez más y mi imaginación volaba como un pájaro. Veía la isla en el momento de la destrucción, el molino cuando le rodeaban los Arbanitas, los cinco hermanos sembrando fuego y llamas, á Tassos Tassoulas…

El viejo con un violento movimiento se sentó en la cama.

-Capitán, sentáos poco á poco: lo mejor sería que no hablárais, porque esto os perjudica, se apresuró á decir el joven médico.

-Doctor, no puedo dejar de hablar; tú eres todo un hombre; no eres un cualquiera como aquéllos. Todos los que daban vueltas por aquí, que discutían ó que reían con la boca abierta, me parecían peores que aquellos Turcos que querían destruir el molino. ¿Y sabes, doctor, qué cosa me vino á la imaginación? Lo recuerdo como si fuera ayer. Hace unos veinte años fui á Atenas para negocios propios. ¿Sabes cuando? En la época en que el temporal derribó la columna del Olímpico. Un día al pasar por delante de una tienda, oí muchos gritos é imprecaciones. En la parte exterior se había reunido mucha gente. -¿Qué ocurre? pregunté. Averiguo que la causa de la disputa era una antigua estatua en manos de un droguero que tenía la tienda. Vaya, á ver que será aquella antigualla, pensé para mis adentros; empujo á derecha é izquierda y al fin consigo hallarme delante de la puerta de la tienda. Un hombre viejo, enfermo, envuelto en un paletó negro, -repito, lo recuerdo como si fuera ayer-tenía en las manos una estatua, no sé si de hombre ó mujer, porque se me ha ido de la memoria: era amarillenta, llena de tierra, y le faltaban las manos y la cabeza; sería una magnífica estatua, porque con todas estas faltas, parecía que había de moverse. Disputaban sobre ella el viejo, que era un maestro, y el droguero; el maestro estaba nombrado para la inspección y adquisición de antigüedades, trataba de arrebatar la estatua, conforme la ley ordena, del poder del droguero que la había hallado cavando unos cimientos para edificar una casa. El droguero gritaba: ¡Es mía! ¡la encontré con mi trabajo! -¡No es tuya! ¡la ley no lo permite! -Es mía, repitió volviendo á la carga el droguero, y extendiendo la mano para tomarla de manos del maestro. Pero el viejo sin perder tiempo, soltó un puñetazo á la cabeza del droguero; estrechó la estatua en sus brazos, como un padre á su hijo, y echó á correr con todas sus fuerzas.

En aquella ocasión, repito, me vino á las mientes el caso del maestro con su estatua, y lo confieso, me avergoncé de mi mismo.

¿Había de ser yo menos que el hombre de letras de Atenas? dije para mis adentros. ¡Además no todos estos son drogueros, no! no dejaré que destruyan el molino. ¿Qué he de temer? Nosotros no temimos á los Tsamides que se arrojan á la guerra como á una mar gruesa; nosotros no temimos á los Liapides que tienen tanta malicia como falta de estatura, ni á los Gekides, ni á los Toskides, ni á los Arapides, ni á nadie…

El viejo calló un momento, inclinando la cabeza en la almohada, para gozar más profundamente del encanto de sus gloriosos recuerdos. El médico, aprovechándose de su tranquilidad, se marchó hacia la puerta para llamar á la vieja criada y darle las debidas instrucciones para el cuidado del enfermo. Deseaba marcharse sin ser advertido: el viejo entretanto, inocente y última reliquia quizás de aquella gran generación, disputada ya por la muerte, pero conservando en sus últimos días toda la fuerza y la grandeza de los tiempos y de los hombres de la Revolución, se reaccionaba recibiendo su imaginación con viveza y con rapidez todas las impresiones de aquellos tiempos. El capitán Mitros se le representaba como el molino viviente, próximo á derrumbarse ante los golpes de la guadaña del tiempo. Y se acordó del encuentro con el capitán un año antes, junto á las ruinas, y de aquella hermosa mañana; de las Nereidas, de los cinco hermanos, y no se atrevió á marcharse, pues le pareció que despreciaba, obrando así, las palabras y el dolor del pobre viejo. Mas antes, el ruido de sus pasos sacó al capitán Mitros de sus meditaciones, y volvió de nuevo á sentarse.

-¡Es verdad, capitán! dijo el médico, procurando reanudar la conversación con el viejo. Á haber tenido vergüenza, no hubieran derribado el molino.

-¡Sí, le derribaron! ¡Ellos le derribaron! Corrí como si no tuviera más de setenta años, levanté mi bastón y di con él un golpe á la espalda de un albañil que había escalado el techo con una hacha. -¡ldos al diablo! ¡Nadie tiene derecho a destruir el molino! grité con fuerza. Todo el mundo corrió hacia mí y se detuvo; los trabajadores se quedaron con la boca abierta. El señor Salvador, el comprador, acudió presuroso. Creyó que reivindicaba la propiedad del molí no y díjome que acudiera á los tribunales pero que dejara que los hombres prosiguieran su trabajo. -¿Qué es lo que dices? le repliqué, el molino no es tuvo, ni mío, ni del municipio; el molino es de la nación: no puede derribarse. El molino es de la Revolución. Aquí en la época de la destrucción y de la ruina se consumó la mayor hazaña. Aquí se mostró el heroismo. Dentro de él combatió Tassos Tassoulas con sus hermanos. Nuestros bienes, nuestras casas las destruyeron los Turcos. El molino nos quedó en ruinas; se mantuvo como se aguantan todavía en sus pies, los héroes de la independencia. Rangos, Rabinos, Canaris tantos otros. ¿Mataríamos acaso hoy á Rangos, á Rabinos á Canaris? ¡No! sino que les damos galones y les honramos. Diréis que los hombres son hombres, y las piedras son piedras. Si así discurrís, también la imagen es madera, el sepulcro de vuestros padres, tierra; la bandera, un pedazo de paño, y así por el estilo. -Estas y otras muchas cosas dije. ¡Cómo he de ir á acordarme de todas! Mis palabras no cayeron en terreno estéril. Algunos se rieron, gente de letras en su mayoría, pero dos ó tres dueños de barcos que se encontraban allí, algunos marineros soldados, gente honrada toda, comenzaron apoyar mis palabras. -Tiene razón. La verdad siempre es verdad. ¡Es una vergüenza! murmuraban entre ellos. Entonces yo…

En aquel instante se oyeron frenéticos aplausos que estallaron en el café cantante de la isla, acompañados de gritos ruidosos y desaforados. La suave brisa de la tarde llevó hasta la habitación del capitán Mitros la ruidosa y extranjera canción de Marica.

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