Libros y Cuentos de Clara Reed
Venganza Florece Cenizas
El aire viciado de mi diminuta habitación apestaba a desesperación, un olor que se me había pegado al alma durante el último año de miseria y enfermedad. Afuera, la televisión anunciaba a mi prima Isabella celebrando bajo los reflectores, su vestido rojo, un torbellino de pasión, era el mismo diseño que ella me había robado, el que me costó mi beca, mi futuro en la Academia Sol y Sombra, y mi honor. Ella, la mentirosa, se había construido sobre mis ruinas, acusándome de agresión con la complicidad de su padre, mi propio tío Ricardo, dejándome sin nada, desterrada, enferma y al borde de la muerte. Morí con su nombre en los labios, un susurro cargado de odio, preguntándome por qué una injusticia tan vil había destruido mi mundo por completo. Pero entonces, un rayo de sol me golpeó los párpados, y abrí los ojos en mi antigua habitación, un año antes, el día exacto en que mi vida se fue al infierno, y esta vez, no seré la víctima ingenua; esta vez, la venganza sería mía.
Regreso en Nombre de Reina
Morir y luego renacer a los quince años suena a fantasía, pero para mí, Ximena, fue el inicio de una cruel pesadilla repetida. El día de mi veinte cumpleaños pasado, mi prometido, Alejandro, me había organizado una gran fiesta. Pero la noticia de la muerte de Sofía, la mujer que él siempre amó en secreto, lo cambió todo. Sin decirme una palabra, se lanzó al lago, sus últimas palabras un susurro dedicado a ella. En ese instante, entendí que todo había sido una farsa, que su corazón jamás me perteneció. Cuando reabrí mis ojos a los quince años, el día en que Alejandro debía pedir mi mano, tomé una decisión: no intervendría. Solo observé cómo su familia iba directamente a casa de Sofía. Los vi celebrar una boda magnífica, y después, empacé mis cosas y me fui, lejos de todo lo que conocía. Diez años después, el destino, con su ironía, nos reunió en Costa Rica, en un banquete diplomático. Allí estaba Alejandro, exitoso, arrogante, y con Sofía del brazo. Nos encontramos, y sus palabras, llenas de burla, y las de Sofía, me hirieron, sugiriendo que yo era solo una mesera o una obsesionada. "¿Diez años y aún no me superas? ¿Me seguiste hasta aquí?" , me espetó. La humillación pública, orquestada por Sofía, se hizo insoportable. Pero mientras ellos disfrutaban de mi supuesto sufrimiento, mis ojos solo buscaban a la pequeña figura que se escondía del mundo. Cuando mi hijo Daniel apareció, su presencia cambió su sonrisa arrogante en un rostro pálido y aturdido. "¿Cómo... ¿cómo pudiste casarte? ¡Dijiste que me esperarías toda la vida!" , me gritó Alejandro, sus ojos llenos de una incredulidad dolorosa. En ese momento, solo me preguntaba: ¿Cómo podía él, el hombre que me había abandonado por completo, atreverse a cuestionar mis elecciones?
