Libros y Cuentos de Derk Blaylock
El engaño de su falso amor
En medio de un infierno que devoraba el exclusivo hotel de montaña, mi prometido, Éric, extendió su mano. Pero no fue hacia mí, sino hacia Soraya, su primer amor. Me abandonó para salvarla, repitiendo la traición que en mi vida pasada me costó a mi hijo y me llevó a la tumba. Cuando logré salvarme por mi cuenta y llegué al puerto, me encontré no solo con él, sino con mis padres. No les importaba mi vida, solo el acuerdo millonario que nuestro matrimonio representaba. Soraya, con lágrimas en los ojos, me culpó por su sufrimiento. "¡Casi muero por tu culpa!", me gritó. ¿Mi culpa? ¿La culpable era yo por haber sido abandonada? En ese momento, la farsa de mi vida, el compromiso arreglado y la mentira de su amor se hicieron añicos. Rompí el compromiso frente a todos y me fui con el hombre que realmente me salvó, Lázaro Vélez, mi benefactor secreto de toda la vida. Ahora, con su apoyo, no solo fundaré mi propio despacho de arquitectura, sino que competiré contra Éric y mi familia en el proyecto más grande de la ciudad. Esta vez, yo gano.
Corazón Quebrado, Alma Incendiada
El olor a carnitas y el humo de cigarros llenaban el patio. Era mi fiesta de despedida. Mi mamá y mi papá, orgullosos, presumían mi carta de aceptación a la universidad. "Nuestra Luz se nos va a la capital", decía mi padre con la voz quebrada. "Va a ser alguien grande." El "Tío" José y mi abuelo Don Pedro me miraban con admiración. "Siempre fuiste la más lista", me palmoteaba el Tío José. Mi abuelo me entregó un sobre abultado de dinero. "Para que no te falte nada, mi niña." Todos aplaudían, me llamaban "Luz María", la promesa del barrio. Pero en mi boca, la palabra "gracias" se sintió como ceniza. Mientras todos caían borrachos, entre ronquidos y el zumbido de mosquitos, supe que era el momento. Llené dos cubetas con gasolina. El fuego corrió como una serpiente hambrienta. Las llamas naranjas y rojas devoraban todo. Vi las siluetas arder, escuché los gritos. Contaba a los muertos en mi cabeza. "Uno. Dos. Tres. Catorce." En la sala de interrogatorios, el oficial Sánchez me gritaba. "¡Catorce personas, Luz! ¡Incluyendo a tu propio abuelo! ¿No sientes nada? ¿Eres un monstruo?" Él no entendía. El Comandante Ramírez, con sus ojos cansados, me preguntó. "¿Por qué una chica como tú quemaría a todo su barrio? ¿Qué puede hacer que una luz brille tanto hasta quemarlo todo?" Lo miré, la sonrisa seguía en mi cara. "No soy una luz, Comandante", le dije, mi voz sonando extraña. "Soy el incendio." Pedí ver a mis padres. Ellos entraron, mi madre con el rostro hinchado, mi padre envejecido. "¡Dime que no es verdad, mi vida!", gritó mi mamá. "¡Ellos te dieron todo!" "Yo prendí el fuego", dije en voz baja. "Yo los maté a todos." Mi madre tembló. Mi padre palideció. "¿Por qué?", susurró mi padre. "Porque se lo merecían", respondí, con una sonrisa torcida. Sus ojos se llenaron de terror.
Ya Estoy Casado, Princesa.
Mi vida iba a comenzar. Era el cadete con las mejores calificaciones de la Academia Imperial, un futuro brillante esperaba por mí, y lo más importante, iba a casarme con Sofía, la princesa que amé desde la infancia, mi prometida. Pero justo en el día de mi graduación, mientras el Emperador me elogiaba, el mundo se derrumbó: Sofía me abofeteó públicamente, me llamó "campesino" y anunció su compromiso con su arrogante primo Diego. Esa misma semana, mi padre falleció... y mientras yo arreglaba su humilde funeral, Sofía celebraba su compromiso en el palacio. Me humillaron de nuevo, me escupieron que yo no era "nadie", un granjero que se atrevió a soñar, para luego exhibir un anillo y decir que amaba a otro. ¿Cómo era posible tanto desprecio? ¿Cómo el amor de mi vida pudo volverse tan cruel? ¿Qué la hizo cambiar de manera tan radical y humillarme así? Con el corazón destrozado, me exilié a la frontera más peligrosa, esperando morir en el intento, pero en medio de la desolación, una mujer me salvó, y con ella, un nuevo mundo se abrió ante mí, uno donde la felicidad no era un título, sino un hogar con mi esposa Elena y mi hija Luna. Cinco años después, el Emperador me llama de vuelta, y ahora, con una familia que proteger, estoy listo para enfrentar los fantasmas del pasado y cerrar ese capítulo de una vez por todas.
Tú La Ladrona de Mentes
Me anuncié como la leyenda caída, la Capitana Elena Rojas, y la ciudad entera celebró mi retiro anticipado. En el Salón Dorado, todos sonreían con una mezcla de alivio y desprecio mientras mi "hermanita" detective, Sofía Vidal, la nueva estrella, se apoderaba del escenario con su falsa humildad. La vi recibir los aplausos que antes eran míos, mientras me elogiaba, manipulando a la multitud con veneno y lágrimas de cocodrilo, reescribiendo la historia y pintándome como una incompetente. Solo yo conocía la verdad: que en mi vida pasada, esta misma mujer, la supuesta "Detective Psíquica", me había destruido al robar mis pistas y mis pensamientos, empujándome al abismo de la humillación pública y, finalmente, a una emboscada fatal. Pero entonces, abrí los ojos de nuevo, de vuelta al día que lo cambió todo, y un escalofrío me recorrió: esto no era un sueño. Tuve una oportunidad, una segunda oportunidad para reescribir mi destino. Pero la humillación se repitió, y mi mentor, el Maestro, me traicionó públicamente, acusándome de arrogancia y ceguera. La vergüenza me abrumó, y en un acto de desesperación, arrojé mi placa, huyendo de una policía que me había dado la espalda. Me retiré, vaciando mi mente, para que mi "hermanita" se desmoronara sin mi "ayuda". No sabía cómo, pero ella leía mis pensamientos, mis errores, mis procesos. Sin embargo, un mensaje de un número desconocido me reveló la verdad: ella no leía el futuro, ¡leía MI mente! El juego cambió; si quería pescar en mis pensamientos, ahora los encontraría vacíos. Pero una crisis de asesinatos me devolvió al ruedo, y con Sofía en el hospital, inconsciente, las reglas eran mías. Decidí tenderle una red. Le di un cebo, una pista falsa sobre el crimen que sabía que la cazaría. Y ella, en su arrogancia, lo tomó. El FBI la desenmascaró, exponiendo sus "visiones" como un fraude absurdo. El Maestro, consumido por su papel de "batería", confesó, revelando la pluma plateada, el objeto que nos unía a todos. Con su confesión grabada y la pluma en mi mano, estaba lista. Llamé a Sofía, atrayéndola de regreso a mi mente, al escenario donde yo sería la estrella y ella, la anciana consumida por su propio ego.
La Locura que Despertó la Venganza
Mi hermana gemela, Lucía, se casaba con el cruel Ricardo, y yo, Carmen, lo veía todo desde el sanatorio que me encerraba. Me habían calificado de "loca", recluida aquí por la fuerza con la que protegí a Lucía años atrás. Observaba la sonrisa tensa de Lucía, esa que usaba para ocultar su miedo. De repente, la transmisión de la boda se desplomó: una mujer irrumpió gritando acusaciones contra Lucía. Ricardo, sin pestañear, ordenó que arrastraran a mi hermana a su finca para "educarla", mientras su amante, Valeria, sonreía victoriosa. Apenas unos días después, mis padres, con los rostros grises y el alma rota, vinieron con la noticia más devastadora: Lucía estaba muerta. Dijeron "accidente", pero mi madre, entre lágrimas, reveló la brutal verdad: ¡torturada! Costillas rotas, dedos quebrados por todas partes. Mi padre, al buscar explicaciones, fue brutalmente golpeado, sus piernas quedaron destrozadas. Y yo, la protectora, la "loca" encerrada, no pude hacer nada. La "locura" que me había traído aquí no era más que justicia; un instinto por defender a quien amo. Ahora, el nudo de hielo en mi estómago se expandía, convirtiéndose en una rabia pura, fría, implacable. ¿Cómo podían su crueldad y su vileza quedar impunes? ¿Cómo pudieron destruir lo único bueno y puro que tenía? Mi aparente fragilidad mental era solo una máscara, una trampa cuidadosamente tejida. La bestia en mi interior, que había dormido por tanto tiempo, despertó con hambre. Esa noche, el director, pálido, firmó mi alta sobre el escritorio que acababa de partir en dos con mis propias manos. Había regresado al mundo exterior, y la justicia que ellos se negaron a dar a mi hermana, Carmen la tomaría, una por una, con mis propias manos. Esta vez, nadie me detendría.
