Libros y Cuentos de Fei Se Xiao Yu
La Sombra de Mi Hermana, la Sombra de Mi Infierno
Mi matrimonio con Mateo Vargas era mi cuento de hadas personal, un refugio de la sombra de mi carismática hermana, Isabela. Pero la muerte de su gemelo, Lucas, llevó a la matriarca del clan a forzar a Mateo a un pacto retorcido para perpetuar su linaje con Isabela, y esa noche, descubrí a mi héroe en la cama con mi propia hermana. Su pública "lealtad" resultó ser una farsa, mientras yo me marchitaba, invisible en mi propio hogar, y mi madre me abofeteaba culpándome por una supuesta caída de Isabela, con Mateo abandonándome para priorizar a mi hermana. En el hospital, lo escuché susurrarle a Isabela que su bebé era "nuestro hijo", y sentí mi corazón romperse en mil pedazos. No era "el hijo de Lucas", ni "mi sobrino"; fue nuestro hijo, una palabra que me atravesó dejándome un vacío helado y la certeza de una traición absoluta. ¿Cómo pude ser tan ingenua ante su manipulación y la crueldad de mi propia familia, a quienes les importaba más el linaje que mi propia felicidad? Mi amor por él murió en ese instante, transformándose en una determinación inquebrantable de venganza. Él había firmado, sin saberlo, mi libertad, y me dirigí a Sevilla, no para huir, sino para preparar la dosis amarga de su propia medicina.
Mi Escape de la Casa Asfixiante
El cursor parpadeaba en la pantalla, ofreciéndome la oportunidad de escapar a Edimburgo, un mundo lejos de esta casa asfixiante y de Sofía. Meses llevaba ignorando los comentarios que defendían ciegamente a Sofía, mientras ella me exigía sacrificar mis sueños por una promesa vacía de ir a Madrid, solo para que pudiera atender a Leo, ese parásito que siempre ponía antes que a mí. Desde la guitarra de mi padre hecha pedazos por sus manos, mi habitación despojada de nuestro mural infantil, hasta la herida en mi sien que arruinó mis exámenes, todo fue por él, y Sofía siempre lo justificaba. Pero el límite se quebró cuando lo encontré saliendo del baño, e Isabel, mi pequeña y dulce hermana, lloraba aterrorizada, acusándolo de haber intentado besarla a la fuerza. La rabia me cegó, y aunque lo golpeé hasta que Sofía me detuvo, ella no vio a Isabel, solo a su preciado Leo. Con el puño ensangrentado, la vi, arrodillada, consolando al mismo monstruo que acababa de asaltar a su hermana, mientras me miraba con reproche. Y entonces, el mundo entero se volvió en mi contra cuando, al día siguiente, Sofía publicó un comunicado oficial, invirtiendo la historia, declarándome a mí el agresor y a Leo la víctima, para proteger su reputación. ¿Cómo pudo la persona que una vez amé, y que pintó un mural de nuestra familia entrelazada, destruirme tan completamente y mentir así? Con el corazón hecho añicos por la traición, cogí a Isabel de la mano, y juntos, dejamos esa casa y el veneno de Sofía para siempre, buscando nuestra propia paz y un nuevo comienzo lejos de las mentiras.
La diosa de venganza
En la fastuosa fiesta de la hacienda Montenegro, mi hermano Javier, mesero, trabajaba diligentemente para financiar mis estudios. Lo observaba desde una esquina, sintiéndome un poco fuera de lugar entre tanta opulencia. De repente, un grito agudo rompió la noche. Sofía Montenegro, la hija consentida, empapada en mezcal, vociferó, culpando a Javier por su vestido arruinado. Sus ojos crueles hicieron una seña a dos hombres corpulentos. Se llevaron a Javier, y mi corazón se encogió. Corrí tras ellos, pero me detuvieron en una puerta, escuchando los golpes y los gritos ahogados. Luego, el silencio. Cuando me dejaron pasar, Javier yacía en el suelo, sin vida. Sangre. Mucha sangre. "No...", fue mi susurro ahogado. El mundo se detuvo. Sofía lo había matado. Por un estúpido vestido. Un dolor desgarrador me atravesó. ¿Cómo podía la vida de mi hermano, mi único apoyo, valer tan poco ante tanta crueldad desmedida? Lloré sobre su cuerpo frío hasta que no me quedaron lágrimas. En ese momento, juré venganza. Sofía Montenegro pagaría. Destruiría todo lo que ella amaba, comenzando por Mateo Rivas, su prometido. Conseguí el puesto de su asistente personal. La venganza había comenzado a servirse.
