Libros y Cuentos de Li Xiamu
Sofía: El Plan Oculto
Mi casa se había convertido en una tumba. Mi hijo, Ricardo, deambulaba como un fantasma. Descubrió que su esposa, Isabella, le había sido infiel, y que Leo, el niño que crió, no era su hijo. Quería el divorcio, pero yo, su madre Sofía, me negué rotundamente. "Piensa en la reputación familiar", le decía, mientras seguía tratando a Isabella y a Leo con una amabilidad que lo desesperaba, como si nada hubiera cambiado. Para Ricardo, cada uno de mis gestos hacia ellos era una puñalada. Me veía como una traidora, y su agonía se intensificó. Isabella, por su parte, se victimizaba, disculpándose, pero a escondidas mantenía contacto con su amante. La noche que le serví langosta a Leo, el detonante fue inevitable. Ricardo volcó la mesa, destruyendo todo a su paso. Con los ojos inyectados en sangre, me gritó: "¡Hoy te pregunto! ¿Me eliges a mí, tu propio hijo, o a esta pareja de desgraciados?" Me interpuse para proteger a Isabella y Leo, y mi propio hijo me empujó, lastimándome. "¿Por qué los defiendes a ellos y no a mí? ¿Es que ya no te importo?", me preguntó. "No te odio, Ricardo. Te amo más que a mi propia vida", le respondí con lágrimas, mientras lo abrazaba. "Tienes que confiar en mí. Te juro que todo se va a arreglar". Lo consolé, sin que él supiera que era el inicio de un plan oscuro y complejo.
Ojos Robados, Corazón Roto
Corrí por los pasillos estériles del hospital, con el corazón desbocado. Después de semanas de oscuridad, Ricardo, el amor de mi vida, por fin había despertado. Al llegar a su puerta, grité su nombre, las lágrimas de felicidad nublando mi vista. Pero en la habitación, junto a mi prometido, estaba Isabel, la hija de una de las familias más ricas de la ciudad, con una sonrisa de triunfo. «¿Quién eres tú?», me soltó Ricardo, con una voz helada que no reconocí. Luego de 15 años juntos, me miraba con mis propios ojos, los ojos que le doné para que pudiera volver a ver. «Mi prometida está aquí, aléjate», añadió, y mi mundo se vino abajo. Isabel, con falsa compasión, me dijo: «Sé que siempre te ha gustado Ricardo, pero eres solo una sirvienta de nuestra casa. Por favor, no lo molestes». «¿Sirvienta?», susurré, confundida. Su madre, con una risa cruel, sentenció: «Mi hijo jamás se comprometería con alguien como tú. Isabel es su prometida, ella le donó las córneas». La hermana de Ricardo añadió: «Eres una trepadora. Pensaste que con el accidente podrías aprovecharte. La gente como tú siempre tiene su lugar. Y el tuyo no es aquí». La humillación me quemaba. Me habían robado a mi hombre, mi sacrificio, mi identidad. «¡No! ¡Eso es mentira! ¡Yo le doné mis ojos! ¡Ricardo, tienes que recordarme!», grité. Pero su madre ordenó a seguridad que me sacaran al grito de: «¡Vuelve a la mansión ahora mismo! ¡Tienes que preparar la cena! ¡Es lo único para lo que sirves!». Él solo me miró con indiferencia mientras me arrastraban fuera, rompiéndome el corazón. Atrapada en esa mansión, me obligaron a cocinar para los que me habían destruido. Un día, Isabel derramó té caliente sobre mí y Laura, su hermana, me empujó contra la estufa. Yo, con la piel ardiendo, susurré: «Por favor, necesito algo para la quemadura». Laura se rio: «Deberías estar agradecida de tener un techo. Limpia ese desastre. Ricardo tiene hambre». «Por favor, solo déjame hablar con él. Él me escuchará», supliqué. Entonces, Laura me empujó de nuevo, y mi mano chocó con la olla caliente. «¡Ya basta!», gritó una voz, era Ricardo, con el ceño fruncido. Isabel y Laura mintieron, diciendo que me había quemado sola y que estaba obsesionada. Él se acercó y, sin dudarlo, me soltó: «No sé quién eres, pero ya me cansé de tus mentiras y tu escándalo. Isabel es la mujer que amo. Tú no eres nadie». Me agarró el brazo herido. «No vuelvas a molestar a mi familia». Me soltó con un empujón. El hombre que me prometió amor eterno, me trataba como basura. Ese día, mientras limpiaba, vi cómo desenterraban los cactus, el símbolo de nuestro amor. «¡No! ¡Deténganse! ¡Son míos!», grité, defendiéndolos. Isabel se burló: «Nada en esta casa es tuyo. Eres una empleada. Quítate o te despido». Ricardo apareció y, con rabia, empezó a arrancar los cactus con sus propias manos. Me lanzó uno, las espinas se incrustaron en mi brazo. «¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa!», me gritó. «Lárgate. Estás despedida», sentenció Isabel. Me arrojaron mis cosas a la calle. Me quedé allí, en la acera, arrodillada, mi vida reducida a cenizas y espinas. ¿Cómo pude perderlo todo por la amnesia de él y la malicia de ellos? Debería haber muerto en ese terremoto. Un día mi esposo me amó, me adoró, y al día siguiente me golpeó y me echó a la calle. Me encontró Eduardo, el primo de Ricardo. Me miró con compasión, curó mis heridas. «Cásate conmigo», me dijo. «Te protegeré. Nadie volverá a lastimarte». Asentí, sin entender aún por qué. Pero esa noche, Ricardo encontró algo que podría cambiarlo todo: un viejo álbum lleno de fotos nuestras.
El Precio de Su Farsa
Mi cocina era mi santuario, mi escape del mundo, mi conexión con ella. José Luis, el chef aclamado, lo sacrificó todo por el amor de Sofía, construyendo un imperio para ella mientras aceptaba la dolorosa "verdad" de su infertilidad. Una visita de emergencia al hospital reveló una mentira devastadora: Sofía no solo estaba embarazada de ocho semanas, sino que no parecía sorprendida en absoluto. Sentí un nudo de confusión y un miedo terrible, un presentimiento oscuro. La laptop de Sofía, abierta, me mostró la verdad: una vida secreta con otro hombre, Rodrigo, y dos hijos que me había hecho creer que eran "sobrinos" postizos. Cientos de fotos: Sofía en la playa, en cenas románticas, besándose con Rodrigo, celebrando cumpleaños y Navidades con "Nuestra Familia" . El golpe fue brutal: su tercer hijo estaba en camino, y mi amor, mi sacrificio, mi vida de diez años, todo había sido una elaborada y cruel mentira. Me derrumbé, dándome cuenta de que había sido el tonto que financió su doble vida. La mujer que amaba era una extraña, una manipuladora desalmada que creía que su traición era una "necesidad estratégica". "Rodrigo no es mi amante, José Luis. Es una necesidad estratégica." Y, en el colmo de la crueldad, me echó, proclamando que todo estaba a su nombre, dejándome sin nada. "¿Tu casa? Revisa las escrituras. La casa está a mi nombre. El negocio está a mi nombre. Todo está a mi nombre. Tú no tienes nada." Con la dignidad como única posesión, me fui, dejándola con su victoria vacía. Pero entonces, en el umbral de lo que fue mi hogar, vi la escena que lo cambió todo: Rodrigo en mi bata, mis tazas, mis hijos corriendo, la familia secreta instalada. "¡Esta es mi casa ahora! ¡Mi papi dice que tú eres un perdedor!" La humillación total, la confirmación de que me habían despojado de todo, me dejó sin aliento, pero algo dentro de mí se encendió. Decidí que era hora de recuperar mi vida y mi restaurante "Fénix" se levantaría de las cenizas.
El Banquete de Mi Despertar
El aire del salón de banquetes se sentía pesado, cargado de promesas y el perfume que usaba Ricardo, mi esposo, el chef estrella. Todo estaba a punto de desmoronarse, igual que en mi vida pasada. Él había desviado toda la comida, todo el personal, meses de esfuerzo, para un platillo especial para su "alma gemela", Valeria Ríos. "Está enferma, Sofía, no lo entiendes. Necesita esto", me había dicho antes de que todo explotara. En esa otra vida, corrí como una loca, humillándome, vendiendo mis joyas, sacrificando todo para salvar su reputación, solo para ser desechada como una cáscara vacía. Morí sola, miserable, mientras ellos celebraban sus triunfos. Pero esta vez, cuando Ricardo entró gritando: "¡Sofía! ¿Dónde diablos estabas? ¡Tienes que arreglarlo!", algo había cambiado en mí. Me agarró del brazo, como siempre, pero el miedo ya no me paralizaba. La mujer que murió en la miseria ya no existía. Lo miré y dije con una calma helada: "¿Arreglarlo yo?" "¡Claro que tú! ¡Siempre lo arreglas todo!", espetó, justificándose con la "emergencia" de Valeria. "Lo siento, Ricardo", mentí, adoptando mi vieja máscara de fragilidad. "Pero… no me siento bien. Estoy mareada". Me soltó, llamándome "¡Inútil!". Los murmullos de los invitados alrededor, que antes me mortificaban, ahora sonaban a música. En ese momento, Don Armando Vargas, el crítico gastronómico, se desplomó. Y supe exactamente lo que tenía que hacer. Mi abuela siempre dijo: "Cada planta tiene su propósito". Esta vez, no iba a mover un solo dedo por él. Iba a construir mi propio camino sobre sus ruinas.
Resiliencia: El Vino de Sofía
Soy Sofía Reyes, la enóloga detrás de cada premiada botella de la bodega de mi esposo Mateo. Mientras él, carismático y elocuente, acaparaba los aplausos como el rostro público, yo era el alma secreta, la genio detrás de cada sorbo. Esta noche, en el lanzamiento de nuestro "Gran Reserva", sostenía una copa de cinco años de mi vida. Pero cuando Mateo anunció el vino como "Legado de Mateo", no "Nuestro Legado", mi corazón se detuvo. Luego, levantó su copa hacia Isabel, nuestra joven directora de marketing, atribuyéndole la visión innovadora. La mirada entre ellos, esa complicidad de futuros compartidos, me golpeó como un rayo. Era la misma traición fría y calculadora que había aprendido a leer en los ojos de mi padre antes de la violencia. Mi don, mi maldición, nunca me fallaba. En ese instante, el mundo se desmoronó. Dejé la copa y salí sin que nadie notara mi ausencia. La misma noche, cancelé nuestro tratamiento de fertilidad y pedí a mi abogado iniciar los trámites de divorcio. Mateo me recibió con furia, acusándome de arruinar su noche, y luego me ofreció un cava barato, un insulto a mi arte. "No era una simple mirada", le dije, mi voz helada. "Fue una confirmación". ¿Cómo pudo Mateo despojarme así de mi identidad y mi futuro? ¿Creía que podía pisotear mi alma sin consecuencias? Con los papeles de divorcio en mano, y el sabor amargo de su traición, hice la llamada que lo cambiaría todo. "Javier, ¿tu oferta sigue en pie?" Ahora, le mostraría lo que realmente significaba "El Legado de Sofía".
A algunas personas les gusta el drama
Mi alma flotaba inerte sobre mi propio cuerpo. Abajo, mi hijo Leo, de apenas siete años, sacudía a su madre, Isabela, pidiéndole auxilio para mí. Ella, indiferente, se arreglaba para una gala con Ricardo, su amante. Con horror, comprendí que Isabela, cegada por él, me había negado la medicación y retrasado la ayuda médica. Morí por su negligencia. Pero mi tormento no acabó. Como fantasma, vi a Isabela despreciar a Leo, quien, cojeando, buscaba ayuda. Fui testigo de cómo Ricardo, con saña, golpeaba a mi hijo, luego desmembró mi cuerpo y arrojó a Leo al río. La impotencia de ver a mi propio hijo sufrir tal crueldad, abandonado por su madre, era indescriptible. ¿Cómo pudo la mujer que amé caer tan bajo, tan ciega a la verdad que se negaba a sí misma? Aunque Leo fue rescatado, no resistió. Mi alma y la suya ahora están juntas, liberadas. Pero el juicio de Isabela, la cómplice de nuestra tragedia, apenas ha comenzado en el laberinto de su propia locura.
Tu Amor me duele
Yo, Isa, una restauradora de arte luchando en Madrid, creí haber encontrado el amor cuando rescaté a Javi, un hombre amnésico. Compartiendo miserias y sueños, construimos un amor puro en un pequeño piso de Lavapiés; él incluso se tatuó "Tú eres mi norte". Pero la realidad golpeó: Javi recuperó la memoria, se reveló como Javier Mendoza, un heredero millonario, y me abandonó fríamente. Su madre, Carmen Mendoza, apareció para ofrecerme cien mil euros y exigirme que desapareciera de sus vidas. Entonces comenzó el calvario. Él se comprometió con la altiva Sofía. Fui humillada repetidamente por su familia y la propia Sofía. La peor parte: en un acto de cruel agresión, mi mano derecha, mi medio de vida, fue destrozada, arruinando mi futura carrera como restauradora. ¿Cómo el hombre que fue mi refugio, que juró cuidarme, podía ser capaz de tanta traición? El amor de Javi se había convertido en la fría indiferencia de Javier, un abismo de incredulidad y dolor me consumía. Pero de las cenizas surge la fuerza. Con el "dinero de su desprecio", me reinventé en Londres. Cinco años después, Isabela Vargas, ahora una renombrada restauradora, regresa a Madrid. No soy la paloma herida de antes; estoy lista para enfrentar a mis demonios.
Contrato de gratitud
Mi vida era una coreografía perfecta, precisa al minuto. Cada día, a las seis de la mañana, seleccionaba el traje de Armani de Mateo, preparaba su café a 85 grados exactos. Durante cinco años, fui la sombra eficiente de su existencia, viviendo en una jaula de oro que parecía mi destino. Pero esa rutina se hizo pedazos cuando un nombre, "Elena", apareció en la pantalla del móvil de Mateo. Su "luz de luna blanca", su amor perdido que él nunca superó, había regresado a Madrid. Su indiferencia, antes pasiva, se volvió un abandono total. Dejó de verme. Cuando en una cena, una sopa hirviendo cayó sobre mí, escaldándome el brazo, Mateo no dudó: cubrió a Elena con su cuerpo, dejándome sola con el dolor y la herida, mientras ellos se iban al hospital por un simple salpicón. En ese instante, con la piel quemada y el alma destrozada, lo entendí. Cinco años de mi vida, mi sueño como bailaora de flamenco, mi dignidad... todo sacrificado por un "contrato de gratitud". ¿Era esta mi única función? ¿Ser su sirvienta invisible, un adorno prescindible? La humillación me ahogaba, pero también encendía una chispa de furia y claridad. La deuda estaba saldada. Mi paciencia se agotó. Una mañana, sin drama, sin lágrimas, puse los papeles del divorcio sobre la mesa. Mateo, absorto en su móvil por Elena, lo firmó sin leer una palabra. Él no entendía, pero yo sí: era el primer paso hacia mi verdadera libertad.
Mi Venganza:No Más Ingenua
Siempre creí que mi vida con Ricardo De la Vega era un idilio. Él, mi tutor tras la muerte de mis padres, era mi protector, mi confidente, mi primer y secreto amor. Yo, una muchacha ingenua, estaba ciega de agradecimiento y devoción hacia el hombre que me había acogido en su hacienda tequilera en Jalisco. Esa dulzura se convirtió en veneno el día que me pidió lo impensable: donar un riñón para Isabela Montenegro, el amor de su vida que reaparecía en nuestras vidas gravemente enferma. Mi negativa, impulsada por el miedo y la traición ante su frialdad hacia mí, desató mi propio infierno: él me culpó de la muerte de Isabela, filtró mis diarios y cartas íntimas a la prensa, convirtiéndome en el hazmerreír de la alta sociedad. Luego, me despojó de mi herencia, me acusó falsamente de robo. Pero lo peor fue el día de mi cumpleaños, cuando me drogó, permitió que unos matones me golpearan brutalmente y abusaran de mí ante sus propios ojos, antes de herirme gravemente con un machete. "Esto es por Isabela", susurró, mientras me dejaba morir. El dolor físico no era nada comparado con la humillación y el horror de su indiferencia. ¿Cómo pudo un hombre al que amé tanto, que juró cuidarme, convertirme en su monstruo particular, en la víctima de su más cruel venganza? La pregunta me quemaba el alma. Pero el destino me dio una segunda oportunidad. Desperté, confundida, de nuevo en el hospital. ¡Había regresado! Estaba en el día exacto en que Ricardo me suplicó el riñón. Ya no era la ingenua Sofía; el trauma vivido había forjado en mí una frialdad calculada. "Acepto", le dije, mi voz inquebrantable, mientras planeaba mi escape y mi nueva vida lejos de ese infierno.
