Libros y Cuentos de Russell Oommen
La Venganza de una Esposa Olvidada
La notificación de expropiación llegó sin avisar, revelando el plan para reemplazar la vieja casona de mis abuelos con departamentos nuevos. Mi hermano menor, Mateo, sostenía el papel como un trofeo de oro. "El último que se lo quede el perro", se burló Mateo, riendo a carcajadas, ante la atenta mirada de mi madre, que me fulminaba con desprecio. Mi propia madre, en lugar de defenderme, la atacó, recordándome que soy una inútil y que ni el perro me daría nada, porque la prosperidad es solo para hombres como Mateo, no para mí. Sentí una furia que amenazaba con consumirme, pero entonces, mi celular vibró con un mensaje de mi hija Ana. "Mamá, no les digas nada", decía. "Que crean que es la casa del primo. Tú hazte la tonta y vuélvete rica. ¡Ya nos tocaba!" Una sonrisa lenta y secreta se formó en mis labio. Otro mensaje de mi esposo, Carlos, confirmaba: "¡De ahora en adelante, dependeré de mi querida esposa para que me mantenga!". Respiré hondo, conteniendo una risa que burbujeaba en mi pecho. El juego acababa de empezar, y yo tenía todas las cartas ganadoras.
Todo Para Isabela
Me desperté junto al pajar, con el olor a estiércol y a tierra mojada golpeándome la nariz. El sol de la tarde andaluza caía a plomo, pero a mí me calaba un frío que venía de la tumba. Porque yo recordaba. Recordaba la tierra fría llenando mi boca, la oscuridad, y la voz de mi padre, Ricardo, diciendo que era por el bien de Isabela. Recordaba el fuego, el grito de mi hermano Javier, el cuerpo roto de mi madre Carmen. ¡Había regresado! Intenté advertirles: "¡Mamá! ¡Javier! ¡Vienen a matarnos!". Pero mis súplicas fueron recibidas con risas y miradas incrédulas. Mi madre me secó las lágrimas mientras mi padre, por teléfono, susurró una amenaza helada: "Dile a esa hija tuya que esta vez nadie encontrará su tumba". Él también recordaba. Minutos después, los asaltantes irrumpieron. Me creyeron, sí, pero ya era demasiado tarde. La desesperación me ahogaba. ¡Eran los mismos rostros, las mismas palabras incrédulas de mi primera vida! ¿Cómo era posible que nadie me creyera? ¿Que mi propio padre hubiera envenenado el pozo antes de mi llegada? ¿Por qué esta cruel condena? Pero esta vez, no estaba indefensa. Un empujón desesperado de mi madre hacia la bodega me dio el primer as bajo la manga: la medalla de oro de la abuela. Luego, entre los escombros, lo vi: un dedo humano seccionado. En él, el anillo de mi hermano Javier. Esa prueba macabra, irrefutable, finalmente abriría los ojos de mi tío Mateo. Y mi otro as… las cámaras de seguridad ocultas que instalé en cuanto renací, listas para exponer la verdad de mi malvada hermanastra. Esta vez, la historia sería diferente.
