Libros y Cuentos de Yellow Rose
Amor y Sangre: Venganza Inevitable
El aroma a tamales y canela lo era todo para Sofía, un cálido abrazo de hogar en medio del bullicio del mercado, mientras su hermanita Isabella reía como campanitas. Era el cumpleaños de Isabella, un día para celebrar, un día que se convirtió en una pesadilla congelada. Un chillido desgarrador de llantas, un sonido sordo y brutal, y el mundo de Sofía se hizo añicos. El culpable, Ricardo Morales, hijo del cacique intocable del pueblo, olía a alcohol y desprecio, mientras Isabella yacía inmóvil en el asfalto. La policía local, cómplice, ignoró su ebriedad; la justicia era una burla y la impotencia un sabor amargo en su boca. Como si el dolor no fuera suficiente, los Morales intentaron comprar su silencio con fajos de billetes y, al negarse, le arrebataron la beca universitaria que representaba su futuro. "¡Ustedes no están en posición de exigir nada. Son unas pobres diablas" , rugió el cacique, mientras las amenazas se cernían sobre ellas. La esperanza se desvanecía, siendo silenciada y difamada en redes sociales, su hogar destruido y su perrito herido, el sistema las aplastaba sin piedad. La voz de su padre resonó en su mente: "el último recurso" . Con la medalla al valor de su padre en la mano, Sofía tomó una decisión desesperada: si la justicia no venía a su pueblo, ella la llevaría hasta la capital. Y así fue, una joven desesperada, arrodillada ante la imponente sede de la Policía Federal, suplicando por el honor de su padre y la vida de su hermana. "Comandante, le ruego, por la memoria de mi padre, que me ayude" , susurró Sofía. En ese instante, la hija de un héroe se negó a ser silenciada, encendiendo una chispa que desataría una tormenta.
El Autor de La Muerte De Mi Hijo
El teléfono sonó, rompiendo el silencio ensordecedor de la sala de espera del hospital, trayendo la noticia más desgarradora: mi pequeño Juanito estaba en el quirófano, luchando por su vida. Mi esposa, Sofía, la madre de nuestro hijo, no estaba a mi lado; en cambio, su voz helada y acusadora me golpeó con una crueldad inimaginable por teléfono, culpándome del accidente. Luego, la vi llegar al hospital con su antiguo amor, Ricardo, y susurró una acusación escalofriante a la policía: que yo había golpeado a nuestro hijo hasta casi matarlo, despojándome de todo y dejándome solo ante el abismo. La incredulidad me ahogaba, ¿cómo podía la madre de mi hijo urdir una mentira tan monstruosa, viéndolo como un "obstáculo" en sus ambiciones? Pero en la oscuridad de esa noche, una grabación de seguridad me reveló la verdad: sus voces, frías y calculadoras, planeando mi destrucción y, peor aún, viendo a Juanito como un mero inconveniente en su retorcido juego.
Me regala Un bebé ilegítimo
Hoy celebramos nuestro primer aniversario de bodas, o al menos, así debería ser. Preparé su cena favorita, encendí las velas, pero solo encontré el eco de mi propia soledad en esta inmensa casa. La paciencia se me agotaba con cada tic-tac del reloj, hasta que un mensaje inesperado, de un número desconocido, hizo trizas cualquier esperanza. En la pantalla, Ricardo, mi Ricardo, estaba en un bar ruidoso, acunando a Camila, su ex amor universitario, que sonreía con una mueca triunfal. Y debajo, un texto que me heló la sangre: "Elena, Ricardo está conmigo. Dice que estar contigo es sofocante". El dolor me desgarró el pecho, pero la conmoción me endureció: ¡Divorcio! Esta farsa tenía que terminar. Intenté confrontarlo, su voz fría me dijo: "¿Qué quieres, Elena? Estoy ocupado", y luego escuché su cruel indicación: "Camila no se siente bien. La estoy cuidando. No me esperes despierta." Colgó, dejándome varada. Apenas unas horas después, en nuestra propia casa, lo vi llevarla en brazos escalera arriba, como si yo fuera invisible. "¿No se siente bien? ¿O bebió demasiado celebrando nuestro aniversario?" , le espeté. "Estás cansado de mí, ¿verdad?" , le susurré, sintiendo cómo mi corazón se rompía en mil pedazos. "Yo también. Estoy cansada de esperar, de tener esperanzas, de ser la segunda opción". "¿Qué esperabas, Elena?", dijo, clavándome en el corazón mi propia ingenuidad: "Ambos sabíamos lo que era este matrimonio. Teníamos un acuerdo." Saqué el sobre, ya tenía mi firma. "Aquí está el acuerdo de divorcio. Solo falta la tuya." Su burla resonó: "¿Divorcio? ¿Por esto? ¿Por una noche?". "No, Ricardo, es por cada noche que he pasado sola. Es por la humillación de traerla a nuestra casa en nuestro aniversario." Mientras empacaba, mi mano tocó mi vientre, forjando una nueva determinación. "Me voy", le dije. "Y tú te equivocas. No estoy sola. Tengo a mi hijo, y me tengo a mí." No volví la vista atrás, aunque escuché sus gritos. Mi camino se alejaba de él y del amor no correspondido, abriendo una puerta a la libertad. Pero la vida me tenía preparada una última y cruel trampa. Cuando regresé por mis cosas, Camila estaba allí. Me mostró un video de ella y Ricardo en nuestro sofá, íntimos. Luego, con una sonrisa maliciosa, me clavó la daga final: "Ricardo canceló tu tarjeta de crédito. Dice que, como ya no eres su responsabilidad, no ve por qué debería seguir pagando tus gastos." Me sentí como una idiota, pero una ira fría se apoderó de mí. No derramé una lágrima, solo un vacío punzante y una terrible rabia. Y una revelación: la presencia cálida en mi vientre era mi única esperanza. "Somos tú y yo, pequeño. No necesitamos a nadie más" , susurré. Fingiendo mi firma en el acuerdo de divorcio, le dejé una nota: "No me busques más". Estaba a punto de cerrar la puerta del departamento de Lupe, mi única aliada, cuando Ricardo irrumpió, furioso, agitando los papeles del divorcio. "¿Se puede saber qué significa esto?" , espetó. "Significa exactamente lo que lees", respondí con la voz más gélida que pude lograr. "Quiero el divorcio." "Sabía que estaba enojado, Ricardo, pero no tan ciego. ¡No puedes irte a la cama con ella y luego venir a verme!" Lo dejé atónito, pero la llamada de "Mi Cami" lo hizo correr de nuevo hacia ella. "Ella me necesita" , gruñó. "Ella siempre te necesitará, Ricardo. Y tú siempre la elegirás a ella. Gracias por dejarlo tan claro, una vez más." Cuando intentamos firmar los papeles, el teléfono de Ricardo volvió a sonar. Camila afirmó haber sido atacada por alguien en el centro comercial. "¡No tienes corazón, Elena!" , me acusó, y se fue corriendo, una vez más, para salvar a Camila. En ese momento, sentí que algo andaba mal, una horrible premonición me invadió. En cuestión de minutos, dos hombres vestidos de traje me llevaron a la fuerza a la casa segura de Ricardo. Allí, Camila yacía teatralmente en un sofá con un supuesto vendaje en la frente, mientras Ricardo la alimentaba como a una niña. Sofía, una conocida, estaba a su lado, la miré a los ojos, y supe que había sido sobornada para mentir. "¿Qué está pasando aquí?" , pregunté, pero Ricardo ya había dictado sentencia: "Vi a la señora Elena discutir con la señora Camila. Y luego... la empujó." "¡Mentira! ¡Esto es absurdo!, grité, pero nadie me escuchó. "¡Usted, Don Emilio!, ¿por qué hace esto?" , pregunté, mis ojos fijos en el padre de Sofía. "Siempre menospreciando a los demás, ¿verdad, Elena?", aseveró Ricardo con frialdad. "No puedes aceptar que alguien más sea la víctima. Tienes que ser siempre tú." Me sentí atrapada. Ricardo me encerró en una habitación. Mi única opción era jugar su juego. Toqué mi vientre: "Tranquilo, mi amor… mami nos va a sacar de aquí." Grité el nombre de Camila hasta que vino a la puerta. "¿Qué quieres, Elena?" , preguntó con voz aburrida. "Estoy embarazada, Camila. Estoy esperando un hijo de Ricardo."
La Décima Vez Separación
Era la décima vez que Máximo y yo rompíamos. Estaba comprando un cochecito de bebé carísimo para su amante en una tienda de lujo. Él me llamó para ordenarme que me mudara a un apartamento de servicio y me preparara para cuidar a su futuro hijo con ella. Escuché su desprecio, su risa, su afirmación de que yo era tan patética que aceptaría cualquier cosa. Luego, Sabrina, su amante, exigió la pulsera de mi abuela. Máximo me la arrancó de la muñeca, hiriéndome, y se la dio como un trofeo. Ella la tiró al suelo, llamándome "niñera" antes de atropellarme con su coche. Desperté en un hospital, la enfermera me dijo que había perdido a mi bebé. Máximo entró, sin preguntar por mí, solo por Sabrina. ¡Me obligó, aún convaleciente y habiendo perdido a mi hijo, a donarle sangre a la mujer que me había arrollado! ¿Cómo podía alguien ser tan cruel, tan vacío de alma, tan cegado por el egoísmo? Mientras mi sangre fluía, el hombre destinado a cambiar mi vida apareció, y con él, un plan para mi venganza.
La Venganza de Una Idiota
En medio de la alegría forzada, mi padre anunció mi compromiso con Santiago. El salón resonaba con aplausos forzados, y yo, Isabela, la ingenua heredera, debía sonreír dulcemente. Pero la Isabela que murió no era la que había despertado. Un trago de aguardiente barato, la risa cruel de los sirvientes y el frío del suelo de piedra fueron el preludio de mi "muerte". Morí sola, abandonada, mientras Santiago bailaba y reía en la feria con Camila. La imagen de su traición, su indiferencia en mis últimos momentos, se grabó a fuego. Desde mi asiento, vi el desdén apenas oculto en los ojos de Santiago, la sonrisa victoriosa de Camila. Lo que antes fue un misterio, ahora era una verdad brutal. La inocente que fui no lo habría entendido, pero la mujer que soy ahora siente la profunda injusticia de cada mirada. Diez años de confusión se disolvieron. Esta vez, con la mente clara y el espíritu de revancha, no sería la marioneta. Cuando anunciaron el compromiso, no acepté mi destino: me puse de pie.
La Farsa de un Amor Perfecto
Isabella "Isa" Montes, una talentosa cocinera de origen humilde en Medellín, creyó haber encontrado el amor perfecto junto a Mateo Velarde, el apuesto heredero de una de las familias más influyentes de Bogotá. Tras un noviazgo intenso que superó barreras sociales, se casaron y se sumergieron en una vida de ensueño y comodidades, donde cada detalle parecía confirmar un amor idílico. Pero la burbuja se reventó brutalmente: Isa descubrió que Mateo mantenía una doble vida con su exnovia, Carolina Sáenz, con quien tenía dos hijos gemelos. Peor aún, él financiaba secretamente a esta otra familia, transformando su supuesta historia de amor en una farsa calculada. La devastadora revelación no solo le causó un aborto espontáneo sino que desató una campaña de humillación sin fin por parte de Carolina, quien la acosaba con videos íntimos de Mateo, mostrando impúdicamente su doblez. Cada regalo, cada promesa de amor, cada lugar especial compartido con Mateo, era profanado, replicado cínicamente con su "otra" familia. Las frías miradas de la alta sociedad y el silencio cómplice de la familia Velarde solo acrecentaban el tormento, mientras Mateo seguía actuando como si nada ocurriera. ¿Cómo podía alguien, a quien amó tan profundamente, ser capaz de una traición tan vil y sistemática? La mezcla de dolor, asco y una desesperación helada se instaló en su pecho, ahogando su respiración. Un vacío insuperable la consumía, dejando solo la cruda certeza de una mentira insostenible. En el abismo de esta traición, y con la inminente llegada de un hijo que la ataría aún más a la mentira, Isa vislumbró su única salida: fingir su muerte. Un trágico accidente aéreo en el Caribe sería su billete de escape, la única forma de recuperar su vida y romper para siempre con la asfixiante obsesión de Mateo. "El plan sigue en pie, necesito salir de aquí", sentenció con voz firme.
