No fue hasta que la primera luz del alba se derramó sobre las sábanas revueltas que las dos figuras guardaron silencio, rendidas por el agotamiento.
El sonido del agua corriendo en el baño interrumpió la quietud. Evelina Quinn se removió, despertando de un sueño profundo. Se aferró a la manta que la cubría mientras su mente luchaba por reconstruir los fragmentos de la noche anterior.
El día anterior había celebrado su compromiso con Cole Dawson.
Sus familias no habían escatimado en gastos, organizando una fiesta lujosa a la que asistieron importantes socios comerciales.
Al anochecer, los amigos de Cole se reunieron para beber. Evelina, incapaz de negarse, aceptó una copa tras otra hasta que todo a su alrededor se volvió borroso.
Lo último que recordaba era a su prometido guiándola con delicadeza a la suite presidencial del último piso.
El resto se perdía en una nebulosa de alcohol, salvo por destellos intermitentes: caricias ardientes, respiraciones agitadas y una noche de pasión.
Un silencio repentino se instaló en el lugar cuando el agua del baño dejó de correr. La puerta se abrió de golpe, liberando una cálida ráfaga de vapor. Un hombre salió del baño con una toalla ceñida a las caderas. Su físico era imponente e inconfundible: hombros anchos que se estrechaban hasta una cintura delgada y gotas de agua que se deslizaban por sus músculos esculpidos.
Evelina, al recordar la que creía su primera experiencia íntima con Cole, se sonrojó y apartó la mirada con el corazón desbocado, intentando no revivir los intensos momentos vividos en la oscuridad.
"Estás despierta". Andreas Wright arqueó una ceja, con la mirada fija en la mujer, que seguía acurrucada bajo las sábanas. Un leve rubor teñía sus mejillas y su piel era tan tersa que él imaginó que un solo toque podría dejarle una marca. Parecía cautivado, con un brillo de satisfacción depredadora en los ojos.
Por su parte, un escalofrío recorrió a Evelina al oírlo romper el silencio. ¡Esa no era la voz de su prometido!
Levantó la cabeza bruscamente y se encontró con una mirada oscura y tan penetrante que imponía una autoridad absoluta.
Se puso pálida. En el instante en que reconoció sus facciones, se le cortó la respiración y sus pensamientos se desvanecieron mientras el pánico le oprimía el pecho. Las lágrimas brotaron en silencio de sus ojos abiertos y mancharon las sábanas.
La verdad la golpeó con la fuerza de un rayo: ¡cada rastro de calidez y felicidad de la noche anterior había sido obra de un completo desconocido!
Todo su cuerpo temblaba, sacudido por sollozos silenciosos. El pánico y la desesperación la envolvieron, dejándola aferrada a la necesidad de respuestas. Sus manos temblorosas hacían señas sin cesar.
"¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí? ¿De verdad fuiste tú quien estuvo conmigo anoche?".
Andreas parpadeó. Un destello de sorpresa cruzó su rostro al comprender que era muda.
Ahora todo cobraba sentido: sus gemidos ahogados y su sufrimiento silencioso.
La observó, con los ojos oscuros e indescifrables, mientras la tensión en la habitación crecía con cada segundo que pasaba.
Luego inhaló profundamente y se presionó las sienes, luchando contra una jaqueca punzante y una oleada de ira. Apenas había vuelto al país cuando sus viejos amigos lo acorralaron en un bar, lo emborracharon y le entregaron la llave de una habitación de hotel como una especie de consuelo por su ruptura.
El cuarto estaba en penumbras, con el aire cargado por el exceso de copas. Aún podía recordar cómo la otra se había inclinado para darle un beso inesperado. La emoción lo arrastró y, en su embriaguez, no se molestó en comprobar quién era antes de ceder a la tentación.
Ahora, al verla con los ojos desorbitados y alterada, no podía comprender su pánico repentino, sobre todo después de que ella había dado el primer paso.
Andreas se pasó una mano por el cabello y sus labios se curvaron en una media sonrisa despectiva. "No entiendo lo que intentas decir. Vístete y vete".
Evelina se dio cuenta de que no podía permanecer escondida bajo las sábanas para siempre. Se vistió a toda prisa, lidiando con su ropa interior rota y poniéndosela como pudo.
Finalmente, se obligó a mantenerse erguida frente a él.
El hombre permanecía junto a la ventana, sorprendido por la visión que tenía ante él.
Bajo el suave resplandor de la mañana, allí estaba la joven: facciones delicadas, ojos de un brillo inquietante y labios mordidos y levemente hinchados. Su cabello oscuro caía en un desorden salvaje por la espalda, y el rímel corrido manchaba la piel bajo unos ojos aún enrojecidos por el llanto. Incluso desaliñada, poseía un atractivo inexplicable, vulnerable pero deslumbrante.
La cama detrás de ella era un caos de sábanas blancas, revueltas y manchadas con una intensa marca roja que capturó la mirada de Andreas. Sintió una opresión en el pecho al comprender la verdad: la de anoche había sido su primera vez.
Al verla allí, reacia a marcharse, creyó entender por qué. Sin decir palabra, sacó un fajo de billetes y se lo puso a la fuerza en la mano.
No se molestó en ocultar su desprecio. "¿Es suficiente con esto? ¿O quieres más...?".
Antes de que pudiera terminar, Evelina le arrojó el dinero directamente al pecho, con los ojos centelleando de furia silenciosa.
Él sonrió peligrosamente e inquirió: "¿Qué pasa? ¿No es suficiente? Mi amigo ya le pagó una fortuna al intermediario solo para organizar esto. ¿No revisaste la tarifa antes de ofrecerte? ¿O intentas sacarme más dinero? Ni lo sueñes...".
Una fuerte bofetada resonó en la habitación y Andreas se detuvo en seco. Se tambaleó, se limpió la sangre del labio y le lanzó una mirada fulminante. Por un instante, pareció que iba a abalanzarse sobre ella. Su voz se convirtió en un susurro áspero, cargado de ira. "No me importa cómo entraste aquí, pero fuiste tú quien se me insinuó anoche, así que déjate de teatros...".
Evelina no pudo soportar ni una palabra más. Conteniendo las lágrimas, salió corriendo de la habitación, y el crujido de sus zapatos sobre el dinero esparcido por el suelo resonó en su huida.
En la acera, hizo una seña a un taxi con manos temblorosas. Volvió a encender el celular, que de inmediato se inundó de llamadas perdidas y mensajes frenéticos.
Escribió su destino en la aplicación de notas y se la mostró al conductor.
Las luces de la ciudad pasaban borrosas por la ventana, pero ella apenas las notaba. Su mente daba vueltas; las duras palabras de aquel hombre se repetían sin cesar en su cabeza. Nada tenía sentido. Se había despertado junto a un extraño... ¿Cómo se había desmoronado su vida por completo de la noche a la mañana?
El taxi finalmente se detuvo frente a una imponente mansión. Evelina pagó y se apresuró a entrar, desesperada por refugiarse en su habitación y borrar cada rastro de la noche bajo una ducha.
Pero sus esperanzas se hicieron añicos en el momento en que cruzó el umbral. La sala de estar estaba repleta de invitados.
Todos los ojos se clavaron en ella: el cabello enredado, el rímel corrido por las mejillas, los ojos hinchados, el vestido arrugado y torcido, y unas marcas rojas esparcidas por su cuello, una confesión silenciosa que nadie podía ignorar.
Un silencio glacial se apoderó del lugar. Entonces, con un suspiro teatral, su hermana adoptiva, Tessa Quinn, rompió la tensión, con los labios curvados en una sonrisa de suficiencia. "Evelina, ¿dónde te habías metido? Estábamos preocupadísimos. Cole casi llama a la policía para buscarte".
La expresión del aludido se ensombreció al fijarse en los chupetones del cuello de su prometida, y sus ojos se volvieron gélidos. "¿Dónde estuviste anoche? ¿Qué hiciste?", exigió saber, con voz baja y amenazante.
Todas las miradas se volvieron hacia Evelina, incluidas las de la familia Quinn. La observaban como si fuera un despojo traído de la calle, con un desprecio evidente mientras examinaban cada detalle vergonzoso.
Una tormenta de humillación, desconcierto y temor se abatió sobre ella. Sus manos temblaban mientras hacía señas con la misma pregunta una y otra vez, desesperada por una explicación de Cole. "¿Por qué me abandonaste en el hotel?".
Él entendía perfectamente lo que intentaba decir, pero fingió ignorancia y retorció el significado de sus gestos para culparla, sabiendo que era muda y estaba acorralada.
"Estamos comprometidos, Evelina. Y desapareces toda una noche, solo para volver cubierta de las marcas de otro hombre. ¿Acaso pensaste en cómo me sentiría?". Sus acusaciones, de una precisión propia de un maestro manipulador, la golpearon con fuerza. Las venas se marcaban en su frente, la imagen perfecta de un amante herido.
Todos sintieron lástima por Cole.
"Miren lo que le ha hecho. ¿Cómo pudo traicionarlo, después de todo el amor que él le ha dado?".
"¿Cómo la educaron? No tiene vergüenza ni decencia. Está comprometida con Cole, pero pasa la noche con otro hombre. Jamás será una buena esposa".
La sala era un hervidero de susurros crueles y desprecio apenas contenido, con acusaciones que rebotaban entre la multitud, algunas cargadas de insinuaciones mordaces.
Atónita y perdida, Evelina permaneció inmóvil en medio de la avalancha de insultos. Los recuerdos de la noche anterior eran una nebulosa de alcohol y confusión, pero recordaba con absoluta claridad que Cole la había acompañado personalmente a la suite presidencial.
Muda e indefensa, gesticulaba frenéticamente, pero solo encontraba una fría indiferencia.
Con gestos desesperados, intentaba explicar: "No es así en absoluto. ¡Déjenme que lo aclare!".
Cole aprovechó el momento e impuso su voz sobre el ruido, más ansioso por herir que por escuchar. "Acabamos de comprometernos y desapareciste para pasar la noche con otro hombre. Nunca pensé que pudieras ser tan descarada".
El movimiento de las manos de Evelina vaciló, y sus brazos cayeron inertes a sus costados mientras las lágrimas brillaban en sus ojos grandes y heridos.
Con un tono helado, Cole continuó. "No me casaré con alguien que me traiciona. Este compromiso se acabó. Terminemos".
Con el pánico creciendo, los gestos de Evelina se volvieron frenéticos y acusadores. "Yo no te traicioné. ¿Fuiste tú quien me tendió una trampa?".
Lo agarró por la camisa, intentando obligarlo a mirarla, solo para notar una marca de un beso reciente en su cuello. Apenas tuvo tiempo de asimilarlo antes de que una bofetada brutal le cruzara la cara.
Su padre, Albin Quinn, estaba de pie frente a ella, con la mano aún temblorosa por la bofetada y la ira ardiendo en cada una de sus palabras. "¡Maldita desvergonzada! ¿Has perdido toda decencia? ¡¿Dónde está tu honor?!".