Ante su respuesta, una risa baja y sin gracia se escapó de los labios de Connor.
"¿De verdad no lo entiendes?". Volviendo la cabeza, la dejó mirando su duro perfil de nariz alta y líneas marcadas, mientras sus palabras resonaban sin piedad. "No necesito una esposa comprada. Lárgate de mi vista".
El rostro de Nicole se puso rojo, la vergüenza la inundó y sus ojos se empañaron, con lágrimas que se negaban a caer.
Ella ya sabía desde mucho antes de casarse con Connor que ese matrimonio concertado era una jugada imprudente, pero era la única salida que le quedaba.
El hombre al que amaba perdió la memoria en un brutal accidente automovilístico y, en ese espacio en blanco, cayó en brazos de su prima. Durante tres agotadores años, persiguió fragmentos de su pasado, desechando su orgullo e incluso su cuerpo, dejándose engordar, volverse aburrida e irreconocible, solo para ser tachada de villana que sabotaba su amor y despreciada por ello.
Su padre fue asesinado por su propio hermano, mientras que su madre se derrumbó por una enfermedad poco después. A pesar de todo, Nicole se tragó su dolor y lo soportó todo por el bien de su frágil madre.
Entonces, solo unos días atrás, su madre también murió a manos de ellos, y algo dentro de Nicole finalmente se quebró. El hijo ilegítimo de la familia Reed que tenía delante, de sangre fría y despiadado, no era más que un arma que había conseguido mediante el matrimonio.
Bajando la vista, Nicole controló el temblor de su voz, reprimió sus emociones y dijo en voz baja: "Si me echas, la familia Reed solo enviará a otra mujer a tu cama. Así que dime, ¿qué diferencia hay?".
Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Connor. "¿De verdad estás tan ansiosa por hacer de sirvienta obediente?".
Manteniendo la voz firme, Nicole respondió: "La familia Reed ya le dio dinero a mi familia. El trato está sellado, no hay vuelta atrás".
Bajo el débil resplandor de la lámpara, los ojos de Connor se entornaron casi de forma imperceptible. Esa persistencia despertó en él una repentina y ociosa curiosidad, y giró su silla de ruedas, inclinándose hacia ella.
Hasta ese momento, Nicole nunca había visto a ese hombre. Después de oír interminables rumores de que era grotesco y demoníaco, cerró los ojos por reflejo en cuanto él se volvió para mirarla. De todos modos, no importaba, él era ciego y no había forma de que se diera cuenta.
Connor estudió a la mujer que tenía delante con una concentración inquietante. Su figura era voluptuosa, su rostro suavemente redondeado, pero sus rasgos eran inesperadamente finos, y su piel suave como porcelana pulida. Desde su perspectiva, era aceptable en el mejor de los casos. Entre todas las mujeres que le habían presentado a lo largo de los años, Nicole era la única que se había decidido y se negaba obstinadamente a irse
"Si esa es tu decisión... ve a acostarte", dijo con rotundidad, señalando la cama.
El repentino cambio de tono tomó a Nicole desprevenida, dejándola clavada en el sitio. "¿No dijiste que eras... impotente?", preguntó, con los ojos aún cerrados.
"Para ti, ¿acostarse en una cama implica que vamos a tener sexo?", respondió él con voz gélida.
La brusca pregunta hizo que Nicole se sonrojara. No se atrevió a presionarlo más, temerosa de que una palabra equivocada pudiera costarle todo. Tras abrir los ojos y echar un vistazo a su alrededor, se movió con rigidez y se acostó sobre el colchón con evidente incomodidad.
Connor la observó. Hablando con franqueza, incluso un cadáver habría parecido menos rígido que ella.
Con los ojos cerrados, Nicole se concentró en el débil zumbido de la silla de ruedas que se acercaba, con todos los nervios a flor de piel.
Entonces, la voz grave y resonante del hombre rozó su oído. "Quítate la ropa".
Nicole respiró hondo. "¿No dijiste que no íbamos a...?". Las palabras "tener sexo" se le quedaron atascadas en la garganta, enviando un temblor a través de sus dedos, y después de una tensa pausa, dijo: "¿Hacer eso?".
Connor respondió con calma: "Necesito confirmar si todavía eres virgen".
Nicole abrió los ojos con furia, preparándose para golpearlo.
Sin embargo, lo que vio la dejó sin aliento. Lejos del grotesco monstruo del que se hablaba, los rasgos de Connor eran afilados y devastadoramente atractivos, y su presencia abrumadora de cerca.
La sorpresa la paralizó durante un instante antes de recuperarse. "Lo siento", dijo con voz ronca, tratando de recomponerse. "Creo que me equivoqué de habitación. ¿Eres... de verdad Connor Reed?".
Con frío desapego, él respondió: "¿Qué insinuas con eso?".
"Es que... no te pareces en nada a las historias", respondió ella con voz temblorosa. "Te pareces más a los otros jóvenes de la familia Reed".
Connor se llevó una mano a la cara. "Eso es porque llevo una máscara cosida con la piel de un niño, arrancada mientras aún estaba vivo".
El terror invadió a Nicole y se quedó sin fuerza. El arma que sostenía con la mano, oculta bajo su falda, se cayó y golpeó el colchón con un ruido sordo.
Los ojos de Connor se desviaron casi de forma imperceptible, posándose en el objeto caído, y se dio cuenta de que era una pistola.