También dirigía un gimnasio de boxeo en la zona céntrica y tenía un ingreso bastante bueno.
En el pueblo, todos lo conocían como el entrenador Lloyd.
En ese instante, el supuesto hombre ideal estaba sentado frente a ella, imponente por su alta estatura.
Iba vestido completamente de negro, lo que le daba un encanto rudo y de chico malo. Tenía facciones bien marcadas y un corte rapado impecable, el tipo de apariencia que a las generaciones mayores les parecía sumamente atractiva.
Sin embargo, su rostro no reflejaba emoción alguna y emanaba un aura tan fría que lo hacía parecer distante e inaccesible.
Aunque era un hombre innegablemente atractivo, su semblante cortante dejaba en claro que no era fácil entablar conversación con él.
Verena le dirigió una sonrisa de cortesía: "Soy Verena Stewart. Tengo veintiocho años y trabajo como traductora".
Asher la observó en silencio. La joven tenía una piel impecable y un aire elegante y etéreo; aunque sonreía con cortesía, su mirada transmitía cierta distancia.
Mientras la contemplaba, notó el pequeño lunar cerca del rabillo de su ojo. Por un instante, su expresión fría se suavizó.
Tras las breves presentaciones, un silencio incómodo se instaló entre ellos.
Era la primera cita a ciegas de Verena, y nunca había sido buena para romper el hielo en situaciones raras. Además, el comportamiento gélido de Asher hacía que tuviera aún menos interés en iniciar una conversación casual.
Así que tomó su vaso y le dio un sorbo de agua para disimular la tensión.
Al bajar el vaso, se dio cuenta de que él seguía ahí sentado, mirándola en silencio con la misma expresión indescifrable.
Un leve escalofrío recorrió el cuerpo de Verena, pero mantuvo la compostura y preguntó: "Escuché que eres todo un partidazo. ¿Por qué alguien como tú necesita citas a ciegas?".
"Soy exigente", respondió él simplemente.
Verena intentó bromear: "Pensé que tu familia te había obligado a venir".
"Así fue", confirmó él con su voz profunda y firme. "Mi abuela me dijo que se pondría muy triste si me perdía la cita de hoy".
Justo cuando Verena pensaba en lo directo que era ese hombre, Asher añadió con despreocupación: "Tampoco hay por qué tomarse esto tan en serio. Si sale algo, bien. Si no, considéralo solo una experiencia agradable. En el peor de los casos, ganarás experiencia".
¡Qué tontería!
Verena forzó una sonrisa y dijo: "Parece que tienes mucha experiencia con las citas a ciegas".
"Así es", confirmó él, encogiéndose de hombros con despreocupación. "Fácil he tenido como cien".
En ese instante, la joven se dio cuenta de que estaba ante un tipo irresponsable y poco confiable.
"No creo que seamos compatibles". Midió sus palabras con prudencia, consciente de que compartían pueblo y que acabarían topándose tarde o temprano. "Prefiero a los hombres maduros y fiables. Para ser sincera, hace poco perdí mi trabajo, me estafaron mis ahorros y ahora estoy endeudada. Por eso volví al pueblo y ahora vivo de mi familia. No estoy a tu nivel. Espero sinceramente que encuentre pronto a alguien adecuado".
Asher entrecerró los ojos; era imposible descifrar qué pasaba por su mente.
Tras un breve silencio, se limitó a responder: "De acuerdo".
Verena lo vio agarrar su abrigo y alejarse a paso firme. Al mirar su figura en retirada, no pudo evitar sentirse un poco sorprendida.
Era un hombre alto y fornido, de espalda ancha y cintura firme; todo en su anatomía proyectaba fuerza e imponencia.
Con su aspecto y su físico, destacaría incluso en una gran ciudad, y mucho más en un pueblo pequeño como este.
Qué lástima que tuviera un carácter tan desagradable.
Al final, Verena le dijo a la casamentera que no le gustaban los hombres frívolos. Así terminó su fallida cita a ciegas.
El viento de diciembre era gélido. Luces de colores adornaban los árboles a lo largo de las calles, llenando el pueblo de un aire festivo.
Sin embargo, la escena le resultaba a Verena tan familiar como ajena.
Si lo pensaba bien, no había vuelto en ocho años, desde que se marchó a la universidad y empezó su carrera.
Su último año había sido una pesadilla.
A principios de año, alguien con contactos ocupó el puesto de subdirectora general que prácticamente le habían prometido. Más adelante, un compañero de trabajo la culpó por un error ajeno y terminó despedida.
Para colmo, poco antes de cerrar el año cayó en una estafa por una llamada telefónica y le robaron hasta el último centavo de sus ahorros.
Tras años de luchar en la ciudad, se quedó sin nada.
Por esa razón no le quedó de otra que regresar a casa.
Por un lado, ya ni siquiera podía pagar la renta; por el otro, el hombre del que llevaba años enamorada había anunciado su compromiso apenas la semana anterior.
Al día siguiente de su regreso, su tía Lisette Barnes le organizó a toda prisa esa cita a ciegas, derivando en el incómodo momento que acababa de pasar.
Nada más entrar en casa, oyó a su tía Lisette y a su tío Gerardo Barnes, discutiendo en el pasillo.
No levantaban mucho la voz, pero, como el edificio era viejo y tenía paredes delgadas, cada palabra se filtraba nítidamente.
"¿Le organizaste una cita a ciegas a Vera en cuanto volvió? Claro, las condiciones de Asher son buenas, ¡pero un hombre de treinta y tantos que sigue soltero debe tener algún problema!".
"¿Y qué querías que hiciera? Renunció a su empleo de la noche a la mañana y regresó. ¿Y ahora dice que no se irá pronto? ¿Espera quedarse aquí y vivir de nosotros gratis? ¡No pienso mantener a ninguna parásita!".
"¡Vera no nos ha pedido ni un centavo desde que entró a la universidad! Incluso nos trajo ropa y regalos cuando volvió a casa esta vez. ¿No puedes mostrar un poco de amabilidad?".
"Gerardo, ¿no fui ya bastante generosa al recibirla cuando la sacamos del orfanato hace años? Vive bajo nuestro techo desde que era un bebé. ¡Nos lo debe todo! Además, tiene casi treinta años, no está casada y ni siquiera tiene trabajo. ¿Cómo se atreve a volver? ¿Qué van a decir los vecinos? ¡Qué vergüenza salir a la calle! Encima solo tenemos dos cuartos. Rosanna viene pronto de visita con su esposo. O Verena encuentra un lugar propio, o se casa y se muda con su marido. ¡Aquí ya no cabe!".
Del otro lado de la puerta, a Verena se le doblaron las piernas.
Tras tantos años fuera, seguía siendo una desconocida que no pertenecía a ese lugar.
Cuando por fin logró juntar fuerzas y entró, su tía mantenía la cara larga. Apenas la vio, empezó a sermonearla de nuevo: "La casamentera me dijo que rechazaste a Asher. Mírate al espejo, ¿de dónde sacas tanta exigencia? Cuando una mujer llega a los veintiocho años, ya ha pasado sus mejores años. ¡A esa edad ya nadie te voltea a ver! ¿Piensas que por haber trabajado un par de años en la ciudad eres superior? Ahora sigues pareciendo joven, así que date prisa y cásate. Lo hago por tu propio bien. Le pediré a la casamentera que te consiga unos cuantos hombres más, ¡y mañana tendrás otra cita a ciegas!".
"¡Lisette, ya basta! Vera es una chica buena y se merece...".
"Tío Gerardo". Sin ganas de verlos pelear por su culpa, la joven lo interrumpió con una sonrisa forzada. "No me importa ir a citas a ciegas. Si conozco a alguien con quien conecte, sería estupendo".
Ya en su cuarto, cerró la puerta y dejó la sonrisa forzada. Su rostro se contrajo en un gesto de dolor.
Sintió una fuerte punzada en el pecho mientras gotas de sudor frío le cubrían la frente.
Se arrastró hasta la cama, metió la mano bajo la almohada y sacó el frasco de medicina que guardaba ahí. Tras tragarse las pastillas, se dejó caer sobre el colchón, exhausta.
Al cabo de un rato, su respiración se estabilizó. Tomó el celular y abrió WhatsApp, solo para encontrarse con una solicitud de amistad.
La foto de perfil del usuario mostraba una espiral de humo negro que transmitía un aura inquietante y extraña.
Verena aceptó la solicitud y le escribió: "¿Quién eres?".
A los pocos segundos, llegó la respuesta: "El entrenador frívolo".