Sus ojos se llenaron de amor mientras una leve sonrisa se dibujaba en sus labios, al ver a su esposo rodeado de empresarios e inversionistas, como su esposa no podía evitar sentirse orgullosa. Años atrás, él lo había perdido todo. Sin embargo, contra toda expectativa, logró reconstruir su imperio desde las ruinas y llevar la empresa nuevamente a la cima del mercado.
-Felicidades, Julián. Por fin lo lograste.
-Deberíamos colaborar pronto.
-No solo triunfas en los negocios, también tienes una familia envidiable. Mi esposa siempre dice que cuando un hombre tiene una buena esposa a su lado, lo tiene todo. Te envidio.
Julián asintió con calma. Sabía que su esposa merecía todo el mérito. En sus peores momentos, ella no se había ido. Como esposa y como madre, había asumido ese papel con una entrega absoluta.
-Gracias, he tenido suerte de tenerla a mi lado. Nada de esto habría sido posible sin el esfuerzo de todos estos años. -dijo Julián, alzando ligeramente la copa de vino en un gesto discreto-. Cuando quieran, podemos hablar de negocios.
-Con todo respeto, Sr. Navarro -intervino un hombre con una sonrisa-, su esposa Isabella, es el tipo de mujer que cualquiera admiraría.
-Joven, elegante e hermosa -añadió otro- y con un carácter envidiable. No cualquiera aceptaría criar a dos niños como si fueran suyos, y menos sin una sola queja.
En ese momento, un bullicio en la entrada hizo que todos volvieran la mirada. Una mujer apareció en el umbral, el cansancio marcado en el rostro y la ropa vieja y arrugada. Sin detenerse, echó a correr hacia el salón, pero pronto fue detenida por dos guardias de seguridad.
-¿¡Priscila!? -Julián exclamó, sin poder ocultar su sorpresa.
El nombre cayó como un golpe seco.
Priscila.
El corazón de Isabella dio un vuelco. Antes de poder reaccionar, el pañuelo con el que limpiaba las migajas de la boca de los niños resbaló de sus manos y cayó al suelo. Giró apenas la cabeza y lo vio.
Su esposo ya caminaba con prisa hacia Priscila, con una mezcla de nervios y anhelo demasiado evidente, que la dejó sin aliento.
Isabella apretó los dedos con suavidad, obligándose a mantener la compostura.
Un guardia de seguridad habló con firmeza: -Señor Navarro, esta mujer ha entrado a la fuerza, no tiene invitación.
-¡Suéltala! -La voz de Julián fue inmediata.
Los murmullos comenzaron a crecer, todos sabían quién era Priscila, su amor de juventud, su exesposa ... y la madre biológica de los niños que Isabella había criado como propios.
-¿Priscila ... de verdad eres tú? -Julián la sujetó del brazo, incrédulo, su mirada vaciló un segundo, la Priscila que recordaba era luminosa, segura, llena de vida y la mujer que tenía frente a él parecía apenas una sombra de aquello.
A la distancia, Isabella observaba en silencio, cada emoción que él no se molestaba en ocultar, y aquello la incómodo.
-Julián... yo... -la voz de Priscila temblaba-. Extrañaba mucho a los niños. Solo quería verlos, no vine a causar problemas. Perdóname. -Sus ojos enrojecidos miraba a los niños con una mezcla de anhelo y dolor que resultaba imposible ignorar.
Julián sintió un golpe en el pecho.
Los murmullos comenzaron a extenderse entre los invitados.
-¿No es ella...?
-La exesposa de Julián, antes su familia tenía tanto dinero como los Navarro.
-Se casaron jóvenes, pero desapareció después de divorciarse y tener a los gemelos.
-Entonces, ¿es la madre verdadera?
-Pobre Isabella.
Las miradas se clavaron en Isabella que permanecía de pie, sosteniendo a los niños, mientras su esposo se desvivía por otra mujer frente a todos, sin importarle su dignidad.
-Yo no quise dejarlos, después del parto...mi salud era mala. -dijo Priscila con voz quebrada-. Mi familia se fue a la quiebra, no quería ser una carga para ti. Sé que desaparecer estuvo mal, pero los niños no tienen la culpa, asi qué por favor, cuídalos. -Sus palabras dejaron una sombra incómoda en el ambiente.
Julián frunció el ceño. ¿Había estado enferma todo este tiempo? ¿Se había ido para no arruinarle la vida?
-Debo irme... -murmuró Priscila-. Suéltame...
-No. Espera -dijo Sebastián negándose a soltarla.
Los invitados intercambiaron miradas, incómodos, pero nadie dijo nada. ¿Quién podía intervenir? Al final ella era la madre.
En ese momento, Laura la melliza menor alzó la cabeza. -Mamá, ¿quién es esa señora que papá está abrazando?
Santiago frunció el ceño. -¿Por qué papá la abraza?
Todos escucharon claramente las preguntas de los niños.
Julián se quedó inmóvil por un instante, como si acabara de recordar algo importante.
-Disculpen la gala debe terminar aquí. Les agradezco su presencia. -Los invitados no tardaron en marcharse.
Una vez solos, Julián limpió las lágrimas del rostro de Priscila. -No llores. Eres su madre puedes quedarte con ellos esta noche.
Priscila levantó la mirada, sorprendida. -¿De verdad? -pregunto y enseguida miró a Isabella-. Señora Navarro... por favor, solo quiero estar con mis hijos. ¿Puedo quedarme?
-Está bien -respondió en voz baja. Igual no es que se pudiera negar.
Al escuchar su respuesta el alivio cruzó el rostro de Julián.
-Preparen la habitación de invitados -ordenó al personal-. Y que quede impecable; ya saben lo exigente que es Priscila con la limpieza.
A Priscila se le iluminaron los ojos, el recordaba ese detalle y eso solo le decía que el no la había olvidado.
Isabella, en cambio, no dijo nada, solo bajó la mirada.
Priscila se acercó a los niños y se agachó para acariciarlos, pero ellos retrocedieron de inmediato, su expresión se quebró.
-Julián... ¿me odian?
-Laura, Santiago -intervino él con firmeza-. Ella es su única madre quien los cargo por nueve meses y les dio la vida. Díganle, mamá.
Isabella lo miró, atónita. ¿Y ella qué era, entonces? Todo lo que había hecho, ¿acaso no significaba nada?
-¡No! -gritó Santiago-. ¡Ella no es nuestra mamá! ¡Nuestra mamá está aquí! -Se aferró a Isabella, escondiéndose detrás de ella.
Laura apretó los labios. -No me importa eso. Mi mamá es quien me cuida, y esa es Isabella.