Sollozos ahogados escapaban de su garganta, y el miedo hacía que su voz temblara mientras le castañeteaban los dientes.
"¿Ya terminaste?", Ezra respondió con clara molestia al otro lado de la línea.
Por un segundo, Scarlett no pudo respirar. Una presión sorda le oprimió el pecho mientras luchaba por hablar. "Te estoy diciendo la verdad. Tienen armas, y yo...".
"Es suficiente", la interrumpió él sin dudarlo, con un tono frío y cortante. "¿De verdad crees que voy a caer en tu juego? ¿Mentirías sobre un secuestro solo para obligarme a volver? El corazón de Roselyn se detuvo. Todavía están intentando reanimarla. ¿No puedes comportarte como una adulta por una vez?".
"No bromearía sobre esto. Yo...".
"Nos ocuparemos de eso cuando vuelva a casa. No me vuelvas a llamar".
La llamada se cortó antes de que Scarlett pudiera responder.
Se quedó mirando la pantalla oscura en su mano, y las lágrimas nublaron lentamente su visión.
La desesperanza la envolvió como una pesada sombra, y cualquier rastro de fuerza en su expresión se desvaneció.
Solo unas horas antes, los dos habían estado paseando de vacaciones en un país extranjero.
Todo cambió cuando Roselyn Lloyd llamó, llorando por un fuerte dolor en el pecho. En el momento en que Ezra la escuchó sollozar, dejó a Scarlett parada sola en una calle desconocida y corrió directo al aeropuerto sin mirar atrás.
Nunca se le pasó por la cabeza que ella pudiera estar en peligro en un lugar desconocido.
Todo lo que le importaba era la mujer a la que siempre había puesto en un pedestal, Roselyn.
Después de que él se fue, alguien le cubrió la cabeza con un saco a Scarlett y la arrastró hacia una camioneta.
Desde allí, la arrojaron a este almacén abandonado y se turnaron para golpearla, propinándole puñetazos y patadas sin piedad. Las bofetadas llovieron sobre su rostro una y otra vez hasta que le ardió la piel.
Al final, se aburrieron de lastimarla. Una vez que salieron a almorzar, ella por fin encontró una pequeña oportunidad para pedir ayuda.
Su teléfono vibró en su mano con un nuevo mensaje. Roselyn le había enviado una foto por WhatsApp.
En la imagen, la camisa de Ezra se le pegaba al cuerpo por el sudor mientras acunaba a Roselyn como a algo frágil que podría romperse. La sostenía con cuidado, protegiéndola como si fuera invaluable.
El miedo y la desesperación reflejados en su rostro eran emociones que Scarlett nunca había visto en él ni una sola vez en tres años de matrimonio.
Un dolor agudo le desgarró el pecho, tan feroz que casi la dejó sin aliento.
Una risa hueca escapó de sus labios, y pronto le siguieron las lágrimas.
Mientras ella se debatía entre la vida y la muerte, su esposo estaba junto a otra mujer, volcando toda su preocupación en ella.
No quedaba nada en este matrimonio que valiera la pena salvar.
Se secó las lágrimas de las mejillas, y cualquier rastro de calidez que alguna vez habitó en sus ojos desapareció.
Si sobrevivía a esto, lo primero que haría sería poner fin a su matrimonio para siempre.
Antes de que pudiera pensar más, el roce de unas cadenas de metal resonó al otro lado de la puerta. Los hombres habían regresado.
Sin dudarlo, Scarlett se metió el teléfono en el bolsillo y alzó la vista hacia el estrecho conducto de ventilación cerca del techo.
Nadie vendría por ella. Si quería vivir, tendría que salir por sí misma.
Ignorando el ardor en sus rodillas raspadas, se subió a la pila de cajas de madera y se abrió paso a la fuerza por la mugrienta abertura. Un alambre oxidado y dentado le desgarró el brazo, y la sangre resbaló junto con el agua de lluvia que entraba a raudales. Apretó los dientes y siguió moviéndose.
Cayó en un callejón asqueroso detrás del almacén.
La lluvia caía con fuerza, empapándolo todo y convirtiendo el suelo en una trampa resbaladiza. En el instante en que sus pies tocaron el pavimento, su tobillo se torció con un chasquido repugnante, y el dolor le recorrió la pierna.
Apretó los labios para evitar gritar y arrastró su pierna herida hacia adelante, adentrándose más en las sombras.
Justo cuando salió tambaleándose a la carretera principal, unos faros atravesaron la tormenta mientras un auto de alta gama aceleraba hacia ella.
"¡Mierda! ¡Esa perra escapó!".
"¡Muévanse! ¡No dejen que llegue lejos!".
Los gritos furiosos de los secuestradores resonaron detrás de ella.
Scarlett apretó la mandíbula y se obligó a mantenerse erguida mientras salía a la carretera y agitaba ambos brazos hacia el auto que se acercaba.
Un chillido penetrante de los frenos rompió el sonido del aguacero.
La ventana del conductor bajó, y él se asomó con clara irritación. "¿Acaso quieres morir?".
En lugar de responderle, Scarlett levantó los ojos hacia el asiento trasero.
Adentro estaba sentado un hombre con un traje negro a la medida. Sus facciones afiladas destacaban incluso en la luz tenue, y la tranquila autoridad de su postura lo hacía parecer distante e intocable.
El agua de lluvia corría por su rostro junto con sus lágrimas. Se pasó una mano por las mejillas y lo miró directamente. "Señor, me secuestraron. Logré escapar, pero vienen justo detrás de mí. Por favor, ayúdeme".
El ruido de afuera captó la atención del hombre, y giró lentamente la cabeza.
Sus ojos se posaron en su figura manchada de barro. Incluso empapada y temblorosa, se mantenía erguida. Algo indescifrable cruzó su mirada.
Detrás de ella, pasos apresurados chapoteaban en el pavimento mojado, mezclados con gritos furiosos mientras los hombres se acercaban.