Su media naranja
La Luna que traicionaste ya no te pertenece
"Ella es Virella, mi esposa." Tres años. Eso fue todo lo que recibí del Alfa Kaelen. Ni una bienvenida. Ni una caricia. Ni siquiera una mirada de reconocimiento. Solo apareció con otra mujer a su lado embarazada de su hijo. Mientras yo gobernaba en su ausencia, para él no fui más que alguien ocupando un lugar. Una Luna que jamás eligió. Así que dejé de luchar. Y me marché. Bastó un solo rechazo para quebrar nuestro vínculo. Cuando regresé, ya no era la Luna que él había abandonado. Ahora era intocable, respetada y temida. Y ya no tenía derecho a reclamarme. Ahora me mira como si se estuviera ahogando... Porque la mujer que despreció volvió convertida en alguien que ya no podía alcanzar. Y esta vez no regresé sola. El Alfa de Ebonmoon está a mi lado, imponente, con una mano firme en mi cintura... "Ten cuidado, Kaelen", advierte con voz baja y oscura. "Rowena ya no te pertenece." Sus labios rozan mi sien con un gesto posesivo. "Es mía. Y si intentas llevártela, te destruiré."
Capítulo 1 Uno
Punto de vista de Rowena
La puerta de mi dormitorio se abrió de golpe, con tanta fuerza que casi arrancó las bisagras.
-¡Mi Luna! -Velvet entró a trompicones, jadeando, con la voz aguda por la emoción-. ¡Ha vuelto! ¡El Alfa Kaelen ha regresado! Está en el ala este, con su abuela, lady Maelis.
La mano me dio un respingo y la punta de la pluma me cortó un dedo, pero apenas lo noté. Un único pensamiento resonaba en mi mente.
Kaelen había vuelto.
Me llevé el dedo herido a los labios para contener la gota de sangre, incapaz de reprimir la alegría que me inundaba.
Habían pasado tres años desde la última vez que vi a mi esposo, el Alfa de la Manada Moonreign.
Fue en nuestra noche de bodas.
Ni siquiera tuvimos un momento a solas antes de que lo reclamaran en la frontera de la Federación.
Desde entonces, había servido como su Luna. Había mantenido unida a la manada con una devoción inquebrantable y contado los días que faltaban para su regreso.
Velvet, mi doncella, sabía mejor que nadie lo mucho que había soportado durante aquellos años. Kaelen no había tenido tiempo de marcarme. Y Kyra, mi loba interior, llevaba tanto tiempo en silencio que casi había perdido la esperanza de volver a sentirla.
Moonreign era una manada pequeña, pero gobernarla no resultaba sencillo para una Luna cuya loba se desvanecía. Había tenido que cuidar de mi suegra enferma, soportar el escrutinio de los ancianos y atender las innumerables necesidades de la manada. Muchas noches me había preguntado si sería capaz de resistir un día más.
Pero lo había conseguido.
Y ahora Kaelen estaba en casa.
Me marcaría. Compartiríamos las responsabilidades de la manada. Tal vez incluso formaríamos nuestra propia familia.
Por fin, todo iba a ocupar el lugar que le correspondía.
Con aquellas ilusiones bullendo en mi interior, me arreglé con más esmero que en los últimos años. Me puse los pendientes de perlas de mi madre, los mismos que ella había llevado como símbolo del vínculo que la unía a mi padre. Siempre creyó que me conducirían hacia un matrimonio tan dichoso como el suyo.
Yo también lo creía.
Esa misma mañana, Kyra se había manifestado por primera vez en lo que parecía una eternidad. Rondaba inquieta en lo más profundo de mi mente, y su desasosiego me recorría bajo la piel. Entonces me había resultado perturbador.
Ahora lo comprendía.
Había percibido lo que se acercaba.
Kaelen volvía a casa.
El camino hasta el ala este no era largo y, sin embargo, cada paso parecía prolongarse eternamente. Mi compostura habitual flaqueó: mi andar, antes sereno y elegante, revelaba ahora una urgencia imposible de disimular. Pero cuando las puertas del salón aparecieron ante mí, reduje el paso sin proponérmelo.
Mi matrimonio con el Alfa Kaelen Varkos había comenzado como un torbellino.
Después de que mi padre y mi hermano cayeran en batalla, uno tras otro, la salud de mi madre se desplomó. Su último deseo era verme casada, confiada al cuidado de alguien a quien considerara digno.
El Alfa Kaelen fue el hombre que eligió.
La Manada Moonreign tenía un tamaño modesto, pero gozaba de cierto prestigio. Más importante aún, su joven Alfa era competente y dominante. Mi madre confiaba en que sería mi igual y sabría protegerme.
No éramos compañeros predestinados.
Pero aquella fugaz noche de bodas había bastado para grabarlo en mi corazón.
Con su uniforme militar, se veía tan imponente como vestido de novio. Quizá incluso más. Había adquirido un aire más duro, más peligroso. Cuando sus ojos oscuros e insondables se posaron en mí, mi joven corazón latió con una fuerza que jamás había conocido.
-Mereces algo mejor que esto -me había dicho mientras apartaba un mechón suelto de mi rostro-. Espérame, mi Luna.
Aquellas palabras me habían sostenido durante tres años.
Y ahora había regresado.
Me detuve frente a las puertas para recobrar la compostura. En el panel de cristal decorativo contiguo vi el reflejo de mis ojos enrojecidos. Aproveché aquel último instante para asegurarme de que mi esposo encontraría a la mujer que recordaba.
Entonces lo oí.
Una voz llegaba desde el interior, a través de la puerta entreabierta. Autoritaria. Terminante.
-Rowena no tiene voz en esta decisión.
Solo necesité un latido para reconocerla.
Era la voz de mi esposo.
-Ya he accedido a casarme con Virella -prosiguió-. La decisión está tomada. Soy el Alfa de la Manada Moonreign.
Sus palabras me golpearon como una oleada de agua helada y apagaron de inmediato toda mi alegría.
¿Virella? ¿Quién era Virella?
¿Mi esposo, el hombre que me había pedido que lo esperara, pensaba casarse ahora con otra mujer?
Empujé la puerta sin detenerme a pensar. La fuerza con que lo hice me sorprendió incluso a mí. Todas las cabezas se volvieron en mi dirección.
Kaelen estaba sentado en silencio en el trono del Alfa. La abuela Maelis ocupaba su lugar habitual, cerca de él, con el rostro convertido en una máscara de severa autoridad. Mi suegra, Elira, estaba sentada justo debajo. Cuando nuestras miradas se encontraron, dejó escapar un suspiro silencioso. Las expresiones de los demás miembros de la manada oscilaban entre el estupor y una curiosidad apenas disimulada.
Pero mis ojos buscaron directamente el único rostro desconocido.
Nadie tenía que decirme que aquella era la mujer a la que Kaelen había llamado Virella.
No poseía una belleza convencional, pero había algo llamativo en su porte: una delgadez de líneas afiladas y un dominio de sí misma que parecía casi ensayado. Sus facciones eran finas, y llevaba el cabello oscuro recogido hacia atrás, dejando al descubierto la elegante curva del cuello.
Sin embargo, sus ojos la traicionaban. Había demasiado en ellos: una codicia mal disimulada y una arrogancia apenas contenida.
Jamás imaginé que mi esposo llegaría a traicionarme por una mujer como ella.
-¿Con quién has dicho que vas a casarte? -Mantuve los ojos fijos en Virella, pero la pregunta iba dirigida a Kaelen.
Mi voz resonó con tal autoridad que hasta los miembros más jóvenes de la manada se irguieron por instinto.
-Joven Luna... -Hannah, la veterana mayordoma de la familia Varkos, se adelantó con una sonrisa forzada, evidentemente decidida a apaciguar los ánimos-. Esto no es más que un malentendido...
-No te lo he preguntado a ti.
La interrumpí con dureza. Solo entonces me volví hacia mi esposo.
Tres años lo habían cambiado.
Siempre había sido apuesto, pero el campo de batalla había tallado algo nuevo en él. Permanecía sentado con una inmovilidad que no nacía de la serenidad, sino de la quietud de un depredador al acecho. Cada movimiento, cada cambio de postura, encerraba una amenaza. Aquel era un hombre que había aprendido a tomar decisiones y a cargar con sus consecuencias.
Él también me observaba con sus ojos oscuros e indescifrables.
No retrocedí.
-Te lo pregunto a ti, Alfa Kaelen. ¿Con quién has dicho que vas a casarte?
Una sonrisa gélida curvó sus labios, como si mi desafío lo divirtiera en vez de irritarlo. Extendió una mano hacia la mujer sentada a su lado y, con estudiada naturalidad, la atrajo contra él.
-Voy a casarme con Virella -anunció-. Espera un hijo mío.
Su mano descansó sobre el vientre de ella con una ternura que me revolvió el estómago.
Solo entonces advertí la leve curva bajo el vestido.
Así que aquella era la razón.
No había palabras para describir lo que sentí. Era como si una mano me hubiera atravesado el cuerpo para aferrarme el corazón y estrujarlo.
Estuve a punto de perder el equilibrio. Velvet me sujetó por el codo antes de que pudiera caer.
-¿Es esa la educación que recibiste? -La voz de la abuela Maelis hendió el salón-. Tu esposo regresa después de tres años y ¿lo primero que haces es acusarlo?
-¿Mi esposo? -Tragué saliva para deshacer el nudo que me cerraba la garganta. Cuando volví a hablar, mi voz sonó todavía más cortante-. He mantenido unida esta manada durante tres años. He pasado incontables noches en vela, temiendo por su seguridad. Y, cuando al fin regresa, trae a otra mujer a nuestro hogar. ¿Qué clase de esposo hace algo así?
-Rowena... -Kaelen pronunció mi nombre con manifiesto desagrado-. Proteger a la manada es el deber de su Luna.
-Ese fue el acuerdo que aceptamos cuando concertaron nuestro matrimonio -añadió, como si necesitara recordármelo.
Sus palabras se me clavaron en la garganta, pero me obligué a responder:
-Entonces también deberías recordar que aquel acuerdo incluía una promesa de respeto.
-¿Acaso no te lo he dado?
El peso del Mando Alfa impregnó cada una de sus palabras.
-Han pasado tres años, Rowena. No llevas mi marca y, aun así, Moonreign te ha reconocido como su Luna. Lo ha hecho pese a que llegaste sin linaje, sin familia y sin manada.
La suficiencia de su tono despertó en mí una profunda repugnancia.
Tres años atrás había sido tan ingenua como para enamorarme de aquel hombre.
-Así que eso es lo que intentas decirme -repliqué despacio-. He gobernado tu manada, administrado tu territorio y mantenido tus alianzas, pero ahora debo apartarme con elegancia mientras exhibes a tu amante ante mí.
Un destello de irritación cruzó su rostro y desapareció con la misma rapidez.
-La Casa Varkos cumple su palabra. Le hice una promesa a tu madre. No te abandonaré.
Se encontró con mis ojos sin rastro alguno de la calidez que había mostrado en nuestra noche de bodas.
-Pero también tomaré a Virella como esposa. Es cierto que has dirigido bien la manada durante estos tres años, pero no le has dado un heredero a la familia Varkos. Virella lleva a mi hijo. Además, salvó a mis soldados y me salvó la vida en más de una ocasión en el campo de batalla.
Se irguió como si estuviera a punto de pronunciar una sentencia generosa.
-Puedes conservar el título de Luna. Virella tendrá la misma posición que tú. Los mismos derechos y la misma voz dentro de la manada.
Su condescendencia fue tan desmesurada que casi me eché a reír.
No me había tocado en nuestra noche de bodas. Partió al amanecer hacia el frente y, para cuando regresó, ya había encontrado a otra mujer. ¿Un heredero? Para eso, primero habría necesitado un esposo.
¿Y Virella? Ella había sangrado a su lado en el campo de batalla. Yo había asegurado las rutas de suministros, negociado alianzas y mantenido unida la manada para que él tuviera un hogar al cual regresar.
Al parecer, nada de aquello contaba.
Los ojos me ardían, pero me negué a derramar una sola lágrima. Ese hombre jamás las había merecido.
-¿La misma posición? -Mi voz salió áspera, pero firme-. ¿Qué te hace pensar que aceptaría algo semejante?
Levanté la barbilla y lo miré directamente a los ojos.
-Si esto es todo lo que queda de tu promesa, no quiero conservar nada de ella.
El salón entero quedó en silencio.
-Terminemos con esto como es debido, Alfa Kaelen.
Las palabras salieron afiladas y definitivas.
-Quiero el divorcio.
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