estaba a punto de arder. Laura no había dormido. Había pasado la noche en el estudio del sótano, rescatando
ado en el ala oeste -su refugio o su celda-, Laura comenzó
ión que recordaba a una sala de interrogatorios. Laura arrastró una escalera de mano y comenzó a colgar tres lienzos de gran formato que había pintad
ual de la casa -susurró una de las amas de llaves, aterrada al ver
ustaba un foco para que la luz bañara el cuadro central-. Pero yo no soy su empleada. Soy su esposa.
, señ
problema, que me lo diga a la cara. Si es que
e la mesa, un jarrón de cristal soplado sostenía flores que gritaban vida. Laura se sentó a la cabe
el tictac de una bomba. Bajó las escaleras con su habitual elegancia gélida,
el vello de los brazos de Laura se erizara. Sebastián no se movió. Sus ojos grises
Sebastián era un susurro q
rrón- es vida orgánica. Pensé que te vendría bien rec
recía una declaración de guerra. Se detuvo frente al cu
volviéndose hacia ella. Su rostro
se ve. Rompe la nec
hizo que las tazas de porcelana saltaran-. Esta casa tiene un orden. Una estética. Una discipli
retrocedió ni un centímetro, a pesar d
n porque tienes miedo de que, si dejas entrar un poco de caos, el fantasma de Isabella se d
el de ella. Sus ojos grises ya no estaban vacíos; ardían con una hoguera de rabia líquid
a de su rostro-. No tienes derecho a tocar nada en esta casa. No tienes derecho a camb
e dio un par
sh,
o a sus ojos-. Me pediste que no buscara tu amor, y lo acepté. Pero no voy a aceptar que me entierres viva contigo. Si quieres vivir en la oscurid
abía encendido algo más que furia; había una tensión sexual os
ores -dijo él, recuperando una calma que era mil veces más peligrosa que sus gritos-. Pero lo que
, Sebastián. Es más fáci
to, arrancó uno de los lienzos. El sonido de la tela desgar
él para evitar que destruyera el segundo
ra podía sentir el calor abrasador que emanaba de su cuerpo. Su respiración se mezclaba. Los ojos de Seba
vibrando contra la piel del cuello de Laura-. ¿Y
per mis cuadros, puedes quemar mis telas, pero no puedes borrar el hecho de que estoy despertando algo en ti que
ra interna entre el deseo de besarla hasta dejarla si
acto lo contaminara-. Sal de esta habitación antes
tendrás que bajarlos tú mismo, uno por uno. Y cada vez que quites uno, yo pintaré
de odio y una admiración involu
i con dolor-. Te di todo lo que el dinero
espinas si eso significa que puedo sentir el sol. No quiero
oeste. Salió de la mansión, haciendo que los neumáticos de su coche
entre sus manos y acarició la tela rota. No lloró. En su lugar, tomó un tubo de pintura roja que habí
tián -susurró-. Y acabo de
ués. Observó el desastre, el cuadro en el sue
do hacia ella-. Lo escuché desde el despa
do la vista-. Debajo de todo ese acero,
re como Sebastián, el orgullo es lo único que mantiene su cordura en su sitio. Mañana hay
rgía-. Pero no iré de gris. Iré como el recordatorio
erminado. Pero ahora sabía algo que él intentaba ocultar con todas sus fuerzas: Sebastián Blackwood no era indiferente a el
. Porque mañana, el Rey de Acero va a descubrir que

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