img El contrato que olvidaste firmar con el corazon  /  Capítulo 5 Guerra de Pinceles | 45.45%
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Historia

Capítulo 5 Guerra de Pinceles

Palabras:1615    |    Actualizado en: 19/12/2025

estaba a punto de arder. Laura no había dormido. Había pasado la noche en el estudio del sótano, rescatando

ado en el ala oeste -su refugio o su celda-, Laura comenzó

ión que recordaba a una sala de interrogatorios. Laura arrastró una escalera de mano y comenzó a colgar tres lienzos de gran formato que había pintad

ual de la casa -susurró una de las amas de llaves, aterrada al ver

ustaba un foco para que la luz bañara el cuadro central-. Pero yo no soy su empleada. Soy su esposa.

, señ

problema, que me lo diga a la cara. Si es que

e la mesa, un jarrón de cristal soplado sostenía flores que gritaban vida. Laura se sentó a la cabe

el tictac de una bomba. Bajó las escaleras con su habitual elegancia gélida,

el vello de los brazos de Laura se erizara. Sebastián no se movió. Sus ojos grises

Sebastián era un susurro q

rrón- es vida orgánica. Pensé que te vendría bien rec

recía una declaración de guerra. Se detuvo frente al cu

volviéndose hacia ella. Su rostro

se ve. Rompe la nec

hizo que las tazas de porcelana saltaran-. Esta casa tiene un orden. Una estética. Una discipli

retrocedió ni un centímetro, a pesar d

n porque tienes miedo de que, si dejas entrar un poco de caos, el fantasma de Isabella se d

el de ella. Sus ojos grises ya no estaban vacíos; ardían con una hoguera de rabia líquid

a de su rostro-. No tienes derecho a tocar nada en esta casa. No tienes derecho a camb

e dio un par

sh,

o a sus ojos-. Me pediste que no buscara tu amor, y lo acepté. Pero no voy a aceptar que me entierres viva contigo. Si quieres vivir en la oscurid

abía encendido algo más que furia; había una tensión sexual os

ores -dijo él, recuperando una calma que era mil veces más peligrosa que sus gritos-. Pero lo que

, Sebastián. Es más fáci

to, arrancó uno de los lienzos. El sonido de la tela desgar

él para evitar que destruyera el segundo

ra podía sentir el calor abrasador que emanaba de su cuerpo. Su respiración se mezclaba. Los ojos de Seba

vibrando contra la piel del cuello de Laura-. ¿Y

per mis cuadros, puedes quemar mis telas, pero no puedes borrar el hecho de que estoy despertando algo en ti que

ra interna entre el deseo de besarla hasta dejarla si

acto lo contaminara-. Sal de esta habitación antes

tendrás que bajarlos tú mismo, uno por uno. Y cada vez que quites uno, yo pintaré

de odio y una admiración involu

i con dolor-. Te di todo lo que el dinero

espinas si eso significa que puedo sentir el sol. No quiero

oeste. Salió de la mansión, haciendo que los neumáticos de su coche

entre sus manos y acarició la tela rota. No lloró. En su lugar, tomó un tubo de pintura roja que habí

tián -susurró-. Y acabo de

ués. Observó el desastre, el cuadro en el sue

do hacia ella-. Lo escuché desde el despa

do la vista-. Debajo de todo ese acero,

re como Sebastián, el orgullo es lo único que mantiene su cordura en su sitio. Mañana hay

rgía-. Pero no iré de gris. Iré como el recordatorio

erminado. Pero ahora sabía algo que él intentaba ocultar con todas sus fuerzas: Sebastián Blackwood no era indiferente a el

. Porque mañana, el Rey de Acero va a descubrir que

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