Garz
el estómago, un jadeo teatral escapando de sus labios. Estaba claro que se hacía la víctima, exagerando cualquier molestia menor que sintiera por el impacto de mi caída,
su alrededor, sin atreverse a tocarla. El miedo en su voz era palpable, un marcado co
e segundo. "Sofía, yo... enviaré a alguien por ti. Tenemos que llevar a Brenda al hospital". No me miró, su mirada fija en el rostro pálido y triunfante de Brenda. Sus palabra
o la levanté con cautela, volvió resbaladiza de sangre. Una herida grande, me di cuenta, probablemente supuraba en la parte posterior de mi cráneo. El dolor se irradi
ificado al bebé por mí? Era una esperanza tonta y fugaz, nacida de años de amarlo. Pero entonces vi su rostro, el miedo puro por ella y su bebé, la forma
o a través de la sangre y la suciedad de mi meji
Jenkins, nuestra ama de llaves de toda la vida, entró, su rostro palideciendo hasta un blanco fantasmal cuando me vio. "¡Señora Garz
me levantaron con cuidado en una camilla, los movimientos bruscos enviando nuevas oleadas de agonía a través de m
ullo bajo cerca de mi cabeza. "El millonario. Dicen que su exnovia
sa, Sofía, era estéril. Por
abía filtrado. La narrativa ya estaba formada. Yo era la esposa estéril, fácilmente reemplazable. El d
árpados cerrados. Cada puntada, cada limpieza antiséptica, se sentía como una nueva traición. Mi cuerp
ción. Una cacofonía de susurros ahogados y tonos agudos. Cuando finalmente recuperé la conciencia por completo, aturd
tá en estado de shock. Llevando al hijo de Alejandro, nuestro heredero, y la sometes a esto". Ni siquiera reconoció las vendas alrededor de mi cabeza. Sus ojos, en cambio, estaban fijos en algún punto más allá de mí, como si yo
ne razón. Tienes que pensar en la familia, en el pobre Alejandro. Está tan angustiado. ¿Y qué hay de tu hermano, Marcos? Sus facturas médicas... los de la Torre han sido tan generosos". Sus ojos
saste con una familia poderosa. Estas cosas pasan. Alejand
e decepción. "Siempre te enseñamos a ser sensata, Sofía. N
erida. Ninguno de ellos mostró un ápice de preocupación genuina por mí. Todo era sobre Alejandro, Brenda, el bebé, el legado
s sienes, picando la herida de mi
edes, basta ya!". Era Alejandro. Estaba en la puerta, con el rostro pálido, los ojos inyec

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