LINA
como ácido en mis entrañas. Ese día se repetía en
familiar, invaluable, no solo en valor monetario, sino en
tró pruebas de que yo lo había vendido. Pruebas fabricadas, un rastro de papel diseñado para condenarme.
iliar, no escuchó mis frenéticas negaciones. Simplemente se quedó
ientos de la vieja mansión-. ¿El reloj de nuestra madre?
onfesara. Los truenos retumbaban sobre mi cabeza, reflejando mi corazón roto. Simplemen
-¡No fui yo! ¡Fue C
-¿Camila? No seas ridícula. Ella ama a es
una imagen de inocencia y preocupación, ofrecía ocasionalmente un suave: -Damián, cariño, no seas demasia
eres una Garza. Estás desheredada. Des
a influencia de la familia para ponerme en la lista negra de todas las empresas de renombre, de todos los trabajos decentes. Fue un desmante
lo a mi cara. Levanté la vista una última vez, encontrando
ue la ropa que llevaba puesta y
y sopas instantáneas. Encontré un trabajo como recepc
spués. Era Damián. Su voz, una vez tan
na? -preguntó, sin preámbulos-. ¿Lista
e? ¿Por qué? ¿Por haber sido in
funda decepción-. Solo di las palabras, Carolina.
lágrimas picando en mis ojos-. ¡Mi error fue pensar
. No insultes a Camila. Ella no ha
las palabras crudas con cinco años de
rcado zumbó, un cort
, una mujer amable llamada Sara, parecía desconsolada. -Lo siento m
a ciudad, al parecer, estaba bajo el

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