n la planta baja, negándose a volver al sofá del salón. El eco de los insultos de la mañana seguía vibrando en sus oíd
o del estrépito de algo romp
escaleras arriba. El sonido provenía de la habitación de Adrián. Al llegar a la puerta, que esta ve
drián estaba cargada de una agonía
as cortinas entreabiertas le permitió ver la escena: Adrián estaba en el suelo, retorciéndose, con las manos presionando sus
lla, la echaría incluso en ese estado de vulnerabilidad. Recordó lo que el asistente de Adrián mencio
la aún no ha lleg
ño los aceites esenciales y las compresas frías que había visto dura
tratando de ponerse en guardia a pesar del dolor q
aire, tratando de encontrar a la intrusa, pero ella le tomó la mano co
Adrián lejos de su sien y, con la otra, colocó una compresa fría sobre sus ojos ce
ndiéndose ante el contacto-. Solo... haz qu
res, usando un aceite de lavanda y menta que ayudaba a desinflamar. Sus manos, las mismas que habían
ra se estaba derritiendo bajo el cuidado de la mujer que despreciaba. Sin la más
e ella apenas podía imaginar. Se atrevió a apoyar la cabeza de Adrián sobre su regazo para masaje
Adrián, con la voz apenas audible-. No hu
e quién era, quería decirle que ella no era su enemiga. Pero sab
profundo. Se quedó dormido allí mismo, con la cabeza apoyada en las piernas de su esposa, convencido d
ado sobre una manta en el suelo (no se atrevía a subirlo a la cama sola) y
caparazón de Adrián había un hombre quebrado, y que ella, para sobrevivir, tendría que convertirse en dos muje

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