. Pero lo que sentí fue dolor. Un dolor punzant
y? ¿Es esto
emenina, lejana, como si me hablaran a través d
pesaban como si fueran de plomo. El sabo
áspera-. Con esas heridas... debería habers
ado. Ricard
icardo transformándose, sus garras desgarrando m
ir -contestó otra voz
insistió la mujer-. No e
erta que se cerraba. Y luego
usurró la primera voz-
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más tiempo. La sanadora, que se presentó como Dalia, me miraba
ho esto? -murmuró, negando con la cab
ero una punzada de dolo
s están cerrando, y muy lentamente. Nunca había vi
a normal -logré de
ió ella con suavidad-. Pe
rme -pedí
r del reflejo tenía el rostro cruzado por tres profundas cicatrices. La piel, recién cosida, es
as lágrimas comenzaron
ancaron el útero. Fue un mi
nunca conocería, por esa vida que Ricardo había arrancado con la
eciéndome un tónico verdos
dormí del todo. Mi mente seguía activa, procesando t
ia-. No parece ser una loba común. Es una omega,
ondió la voz masculina-. E
stió Dalia-. No sabemos de dónde
e le hicieron. No la vamos a abandonar a su
n, y me quedé sola c
Con el cuerpo aún adolorido y las heridas apenas cerradas, me incorporé lent
a esta gente. Y sobre todo, no podía arriesga
uación me golpeó como un puño helado: no tenía nada. Ni dinero,
ré para mí misma, deteniénd
escapar. Y necesitaba escapar, alejarme lo más posible, tal vez incluso salir del país. P
taba en la man
. Volver allí era una locura, un sui
a protección del viejo Rosún y luego como la Luna de Ricardo. Conocía cada entrada, cada salida, cada punto vulnerable del perímetro. Yo misma había a
ciegos de las cámaras, las rutinas de cada guardia. Si
podría salvarme. Nadie podía detectar mi olor a menos que yo lo permitiera. Ricardo solo me percibía cuando usaba perfume, u
a Manada Lobezno. Cada paso era una agonía, pero el dolor físi
*
sus rutinas, sus puntos débiles. Llegué hasta la mansión principal sin ser detectada y me dirigí
noche, demasiados coches aparcados frente a la mansión. ¿Una reunión de eme
en la cocina. El sonido de risas y conversaciones llegaba desde el salón principal.
de emergencia. Er
Ricardo. Sonreía. Sonreía como nunca lo había visto sonreír conmigo. Y abrazaba a una mujer que es
ente la cabeza, sentí que el
sti
aba con desprecio o lástima. La beta que se sentaba conmigo
grupo guardó silencio-. Como saben, hace una semana sufrimos
fingieron tristeza, pero yo podía ver el alivio en su
biduría, me ha mostrado el camino hacia mi verdadera compañera. En un mes, bajo la luna lle
a! -corearon todos
a Ricardo. Fue un beso apasionado, posesivo, e
No era solo la traición de Ricardo -eso ya lo sabía, lo había sentido en mis propias carnes
do engañando? ¿Acaso ella sabía lo que Ricardo me había hech
e, cada gesto, cada palabra. Vi cómo se tocaban cuando creían que nadie los miraba. Vi la
cardo y Cristina subieron las escaleras hacia el dor
subí las escaleras hacia mi antigua habitación. Necesitaba mis documentos, algo de dinero que tenía escondido, algunas joya
elaron la sangre. Gemidos. Jadeos. El inconfundible son
e mi hab
de la casa y desaparecer para siempre. Pero otra parte, una parte oscura
l último vestigio de h
s noche por no poder concebir. Donde había soñado con el día en que por fin tendríamos u
ía mostrado conmigo. Y ella respondía con la misma intensidad, arañan
os palabras, que nunca me había
en un único sentimiento primitivo y devastador. Mi visión se tiñó de rojo y sentí cómo mi cue
era completa. No quedé atrapada entre formas como siempre me ocurría.
tado sobre la cama. Solo recuerdo el sabor de la sangre en mi boc
il, su cabeza separada de su cuerpo, sus ojos abiertos en una expresión de sorpresa eterna. Cristi
-. Estás viva...
el cuerpo decapitado de Ricardo. Y finalmente,
o tiempo -respondí con una v
manchando la ropa prestada. Pero por primera vez e
sa. Y esto era s

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