ecía pequeño, insignificante, un tablero de ajedrez diseñado para que hombres como Dante lo dominaran. Era lunes por la mañana, exactamente las 8:55 a.m.,
es de dólares. Una inversión masiva que consolidaría su monopolio sobre la extracción de cobalto en el continente. A su alrededor, una doc
con los ojos azules escaneando sin cesar los fluctuantes mercados internacionales. Su mente trabajaba con la precisión de un r
ve sonido metálico resonó en e
os Navarro. «Mañana a las 9:15, estallará una huelga masiva... tus acciones caerán en picada». Dante era un hombre de hechos, de números y de lógica aplastante. No creía en clarividentes ni en profecías ridículas. Pero
j de su muñe
del salón-. Los representantes del sindicato minero han confirmado la recepción de los fondos inic
ntamente, clavando sus oj
nio, que no habrá contratiempos? -pregun
agó saliva,
son sólidos, señor. No
lo exterior rompió la santidad del momento. Voces elevadas, el sonido de tacones firmes go
el ceño y toc
en el perímetro? -preguntó
ea, las inmensas puertas de la sala de juntas se abrieron de par en pa
ardias de seguridad que parecían no saber
ofisticación. Su cabello oscuro estaba recogido en una elegante pero estricta coleta, y sus labios estaban pintados de un rojo intenso, el único toque de color en su atuendo m
s de ella, luciendo g
la en el lobby, pero amenazó con llamar a la prensa financiera y armar un escándalo sob
ma fuente sobre el escritorio y cruzó las manos frente a su rostro, eva
ie de un salto-. ¿Quién demonios es usted? ¡Seguridad, sáquenla de a
ver a todos esos hombres trajeados, sentados alrededor de una mesa de decisiones, el eco de su vida pasada la golpeó con violencia. Recordó otra sala de juntas. Recordó a Julián, sentado exactamente donde
Nunca más volveré a ser la
o ambas manos sobre la obsidiana pulida, inclinándose lig
u voz clara, potente y desprovista de cualquier titu
os ejecutivos se miraron entre sí, est
istal-. Ayer le di cinco minutos de mi tiempo en una fiesta. Eso no le da derecho
ue sobornado. Dije que el sindicato está armando una huelga mientras hablamos. Y si mi reloj no me engaña... -Levantó la
indignación r
, no podemos permitir que una intrusa detenga esta operación por delirios absurdos.
aba y ella tenía razón, perdería millones y su orgullo sufriría un golpe devastador. Si no firmaba y ella mentía,
te suavemente, si
Se
arcus, espera afuera.
id bloqueó la cerradura electrónica desde su tableta. La tensión en l
de brazos, proyectando una calma absoluta que con
d parecía el sonido de una bomba a punto de estallar. Algunos directivos se aflojaron las co
y ca
l cronograma? ¿Y si Julián, humillado, había movido alguna pieza que ella desconocía? No. El colapso de las minas era un ev
y qu
un segundo interminable.
tó una carcajada nasal, ca
por hoy. Claramente esta señorita está desequilibra
te de una alerta máxima co
a de operaciones frunció el ceño profundamente, deslizando el dedo por la pantalla. Su estoicismo habitual se resquebraj
se llevó una mano a la oreja, presionando el dispositivo mientras escuchaba atentamente. Sus ojos s
directivos no entendieran la magnitud inmediata del desastre-. Es ist genau wie sie gesagt hat. Ein massiver Streik hat begonnen. Die Bergleute haben die Eingänge verbarrikadiert und internationale Journalisten sind bereits vor Or
, no pudo evitar esbozar una sonrisa de satisfacción casi imperceptible. La fluidez de Astrid con el
tó Dante en el mismo idioma, su voz gélida, sin traicio
echt gehabt. (Desapareció con el dinero. Ella tenía r
ellos era abrumadora. Tomó el contrato de ochenta millones de dólares, lo rompió
utivos j
el aire como un látigo-. Acabamos de sufrir un intento de sabota
a revisar frenéticamente sus propios teléfonos, confirmando l
tamente sesenta minutos para preparar un comunicado de prensa distanciándonos de esa mina. Quiero a los abogados elaborando demandas por fraude
nes y evacuó la sala como ratas huyendo de un barco en llamas. Astrid desbloqueó las puertas y lo
ristal quedó en un
de salvar a la corporación de su mayor fracaso histórico. Dante, sentado en la cabecera de la mesa, emanando una energía oscu
sa de obsidiana, sus pasos resonando como un depredador acercándose a su igual. Se detuvo frente a
a suerte, la coincidencia. Pero solo encontró una intel
cargada de una nueva e inquietante fascinación-. Demostraste que tu in
antes de que repartieran las cartas, Dante -re
na media sonrisa, letal y g
ó una mano hacia la mesa, señalando la silla vacía a la derecha-. Siéntate, Camila.
ía terminado. El pacto con el

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