Apenas podía abrir los ojos. La tenue luz de la lámpara de noche le resultaba cegadora, y las sombras de su lujosa habitación se retorcían como espectros burlones. Intentó mover los dedos, buscar el botón de emergencia que debía estar en la mesa de noche, pero sus músculos no respondían. Estaba paralizada, prisionera en un cuerpo que se apagaba por segundos.
-Shh, shh... ya falta poco, mi amor. No te esfuerces.
La voz era suave, casi un susurro aterciopelado. Era la voz de Julián. Su esposo. El hombre por el que había desafiado a su propia familia, por el que había renunciado a sus sueños de dirigir la corporación de sus padres para convertirse en la perfecta esposa de sociedad.
Camila sintió una mano cálida acariciar su cabello empapado en sudor frío. Un alivio efímero cruzó por su mente nublada. Él está aquí, pensó. Julián me salvará. Él siempre me salva.
Pero entonces, otra voz cortó el silencio de la habitación. Una voz femenina, aguda y teñida con una impaciencia que heló la sangre que aún le quedaba a Camila.
-¿Cuánto más va a tardar, Julián? Me dijiste que esa dosis sería suficiente para que pareciera un infarto fulminante. Si el médico llega antes de que deje de respirar, lo arruinarás todo.
Camila intentó girar la cabeza, movida por un terror súbito que eclipsó el dolor físico. Esa voz... la reconocería en cualquier lugar del mundo. Valeria. Su mejor amiga desde la infancia. La mujer a la que consideraba una hermana, su confidente, su paño de lágrimas.
-Paciencia, Val. El veneno ya está haciendo efecto -respondió Julián, y el tono de su voz había perdido todo rastro de esa dulzura que Camila amaba. Ahora sonaba calculador, frío, casi aburrido-. Mírala. Ni siquiera puede tragar. Sus riñones ya deben haber colapsado. Quince minutos, a lo sumo.
El mundo de Camila se detuvo. El dolor físico, el fuego que le devoraba las entrañas, pareció desvanecerse ante la magnitud de las palabras que acababa de escuchar.
¿Veneno? Reunió la poca fuerza de voluntad que le quedaba y obligó a sus párpados a abrirse. A través de la visión borrosa, las figuras se enfocaron lentamente. Allí estaban. De pie junto a los pies de su cama, no como cuidadores preocupados, sino como verdugos esperando a que la guillotina cayera.
Julián llevaba el impecable traje gris hecho a la medida que ella misma le había regalado por su aniversario. Su rostro, aquel que Camila siempre consideró la encarnación misma de un príncipe encantador, la observaba con una expresión de absoluto desdén. A su lado, Valeria. Llevaba un vestido rojo ajustado, un color demasiado vibrante para alguien que supuestamente velaba a su amiga moribunda. Valeria estaba aferrada al brazo de Julián, recargando la cabeza en su hombro con una familiaridad posesiva que hizo que el estómago de Camila se revolviera.
-Ustedes... -La palabra salió de los labios de Camila como un gorgoteo ahogado, mezclado con un hilo de sangre que resbaló por la comisura de su boca-. ¿Por... qué?
Valeria soltó una carcajada cristalina, una risa que Camila había escuchado mil veces en tardes de café y compras, pero que ahora sonaba como cristales rompiéndose. Se soltó de Julián y caminó a pasos lentos hacia la cabecera de la cama, inclinándose sobre Camila. El olor a su perfume floral, el mismo que Camila le había comprado en París, le produjo náuseas.
-Ay, Cami. Sigues siendo tan ingenua hasta en tu lecho de muerte -murmuró Valeria, acariciando la mejilla pálida de Camila con una uña perfectamente esmaltada-. ¿De verdad creíste que el cuento de hadas era real? ¿Que el apuesto Julián te amaba por tu "buen corazón" y tu "dulce personalidad"?
Julián se acercó también, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón con una tranquilidad pasmosa.
-Fuiste un medio para un fin, Camila. Nada más -dijo él, sin un ápice de remordimiento en su mirada oscura-. Eras la heredera del imperio que yo necesitaba. Tus padres eran demasiado desconfiados, demasiado astutos. Nunca me habrían entregado el control de la junta directiva si no hubiera sido a través de ti. Me costó cinco años actuar como el esposo devoto, soportar tus cursilerías, tus inseguridades, tus constantes necesidades de atención. Pero, al final, logré que me firmaras los poderes generales.
Las palabras cayeron sobre Camila como plomo fundido. Los recuerdos comenzaron a agolparse en su mente, golpeándola con la fuerza de un huracán. El accidente automovilístico de sus padres hace dos años... no fue un fallo en los frenos, ¿verdad? La crisis financiera que casi quiebra la empresa y que Julián resolvió "milagrosamente", exigiéndole a cambio que ella le cediera sus acciones para "protegerla" legalmente. Los dolores de cabeza constantes que había estado sufriendo los últimos meses, que Valeria atribuía al estrés, ofreciéndose amablemente a prepararle el té todas las noches.
Todo había sido una mentira. Cada sonrisa, cada beso, cada abrazo reconfortante. Su vida entera era una farsa meticulosamente orquestada por las dos personas en las que más confiaba.
-Ustedes... llevan años... -Camila intentó levantar una mano para apartar a Valeria, pero su brazo cayó inerte sobre el colchón.
-Desde antes de que lo conocieras, querida -reveló Valeria, con un brillo de malicia triunfante en los ojos-. Julián y yo siempre hemos estado juntos. Pero yo no nací en cuna de oro como tú. No tenía un fideicomiso multimillonario ni una corporación esperándome. Así que ideamos un plan. Yo te presentaría al hombre perfecto, tú te enamorarías perdidamente de él, y juntos nos encargaríamos de quitarte todo ese peso de encima. Tu dinero, tu empresa, tu vida.
Valeria se inclinó aún más, acercando sus labios al oído de Camila, bajando la voz a un susurro sibilante.
-Te lo hemos quitado todo, Cami. Y nadie sospechará nada. Eres solo la pobre y trágica viuda que no pudo soportar la presión tras la muerte de sus padres y enfermó gravemente. Julián heredará lo poco que queda a tu nombre, y finalmente podremos dejar de escondernos.
La indignación, ardiente y pura, comenzó a mezclar con el veneno en las venas de Camila. Quería gritar. Quería levantarse y arrancarles los ojos. Quería llamar a la policía, maldecirlos, arrastrarlos con ella al infierno. Pero su cuerpo estaba roto. Sus pulmones exigían aire que ya no podían procesar.
Miró a Julián, buscando en el fondo de sus ojos al menos una sombra de culpa, un rastro del hombre que había dormido a su lado durante cinco años. Pero solo encontró vacío.
-Deberías agradecernos -dijo Julián, mirando su reloj de pulsera con impaciencia-. Te estamos ahorrando el dolor de ver cómo desmantelamos tu preciada empresa para venderla al mejor postor. Te vas a ir a dormir y no despertarás. Es una muerte piadosa para alguien tan inútil.
Inútil.
Ingenua.
Un medio para un fin.
Las lágrimas que Camila había estado conteniendo finalmente se derramaron, resbalando por sus sienes hasta perderse en el cabello oscuro. No eran lágrimas de tristeza, ni siquiera de miedo a la muerte. Eran lágrimas de un odio tan profundo, tan absoluto, que parecía quemarle los ojos.
Había sido una estúpida. Se había dejado cegar por dulces palabras y promesas vacías. Había ignorado las advertencias de sus padres, las miradas de lástima de los pocos verdaderos amigos que Julián y Valeria se habían encargado de alejar. Había entregado su legado en bandeja de plata a dos víboras que la habían devorado lentamente desde adentro.
El monitor cardíaco, que hasta ese momento había emitido un pitido rítmico y débil, comenzó a volverse errático. El veneno había alcanzado su corazón.
-Ya casi es hora -murmuró Valeria, dando un paso atrás y entrelazando sus dedos con los de Julián. Se sonrieron mutuamente, una sonrisa cómplice y perversa.
Camila sintió que la oscuridad comenzaba a tragar la periferia de su visión. El ardor en su pecho se transformó en una presión aplastante, como si una losa de concreto hubiera caído sobre sus costillas. El aire dejó de entrar. El pitido del monitor se volvió un tono continuo y ensordecedor.
No puedo morir así, gritó su mente, aunque sus labios ya no se movían. No puedo dejar que ganen. No después de lo que le hicieron a mi familia.
A través de la neblina oscura que se cernía sobre ella, fijó su última mirada en los rostros de sus asesinos. Julián y Valeria. Grabó sus sonrisas triunfantes en lo más profundo de su alma rota.
Si hay un infierno, pensó Camila, reuniendo el último vestigio de su fuerza vital en una plegaria silenciosa e impregnada de furia, juro que volveré de él para arrastrarlos conmigo. Juro por mi sangre, por la memoria de mis padres, que si se me concede una sola oportunidad más... no tendré piedad. Los destruiré. A los dos.
El dolor alcanzó un pico insoportable, una explosión de agonía blanca que destrozó sus sentidos, y luego... nada.
El pitido continuo del monitor cardíaco llenó la silenciosa habitación. La mano de Camila resbaló por el borde de la cama, pendiendo sin vida. Sus ojos, aún ligeramente abiertos, se habían quedado fijos en la nada, pero en ellos ya no había rastro de la dulce y confiada mujer que había sido. Solo quedaba el eco frío y calcificado de una promesa de venganza.
La oscuridad la abrazó por completo.
Y entonces... Camila abrió los ojos.