golpe, arqueando la espalda como si una corriente eléctrica acabara de atravesarle la espina dorsal. Sus manos se aferraron instintivamente a la
su propia sangre ahogándola. Esperaba la risa fría de Valeria y la mir
o dolor. No
avanda y cera de abejas, un perfume nostálgico que pert
opelo. Su corazón martilleaba contra sus costillas con una fuerza salvaje, bombeando sangre limpia, fuerte y libre de toxinas. Temblando, bajó la mirada hacia sus manos. No estab
seda de la lúgubre habitación donde había agonizado. Era un edredón de algodón egipcio,
pareció detene
sica, y el gran ventanal que daba al jardín de los rosales. Era su habitación. Su verdadera habitación, en la mansión principal de sus p
a voz la asustó. No era el gorgoteo ronco y moribundo de sus ú
l suelo. El contraste térmico le provocó un escalofrío tan vívido que la obligó a soltar un leve gemido. Si esto e
esquinas de la alcoba. Cuando su reflejo le devolvió la mirada, Camila sintió que l
de la vida. Su cabello oscuro, espeso y brillante, caía en cascada sobre sus hombros, libre del sudor frío de la enfermedad. Sus ojos avellana, aunque ahora dilatado
taba
o estaba en
ueña mesa de noche, junto a una lámpara de cristal, reposaba su teléfono móvil. No era el último modelo que J
padres en las vacaciones de invierno en Suiza. Una punzada de dolor agudo, mucho más profundo que cualquier veneno, le atravesó e
hasta los número
, 15 d
actamente cinco a
Retrocedió un paso, llevándose ambas manos a la boca para
una velocidad vertiginosa, intentando procesar
olió. El frío del suelo bajo sus pies descalzos era innegable. El aire llenando sus pulmones era una prueba irrefutable. Había muerto. Recordaba con claridad fotográfica la sen
zó su mente como un relámpago
pa
urrido. Faltaban tres años para ese trágico día. Faltaban años para la falsa crisis financiera. Sus padres estaban vivos. Estab
nte al espejo, abrazándose a sí misma mientras dejaba salir toda la angustia, la humillación y el terror de su vida pasada. Lloró
lanto no
zó, transformándose en una ira gélida y calculadora. El eco de la voz de Julián, llamándola "un medio para un fin", r
la miraba ahora desde el espejo ya no tenía la expresión de un ciervo asustado. Tenía la mirad
nuevamente y revis
. Gala benéfica de l
egundo. El 15 de mayo. No era un día cualquiera
olor durazno, tratando de pasar desapercibida. Un mesero, "accidentalmente", tropezaría y derramaría vino tinto sobre su falda. Humillada y buscando hu
on una autoridad caballerosa que espantaría a los acosadores. Le ofrecería su saco para cubrir la manc
esprovista de humor, que rebotó en
ctamente. El mesero torpe, los hombres ebrios acosándola en el balcón aislado, la llegada providencial de Julián... Todo había sido un teatro. Una trampa meticulosament
susurró Camila, sintiendo un profundo asco hacia sí m
ieron para revelar filas enteras de ropa de diseñador, la mayoría en tonos paste
en una funda transparente, listo para ser usado esa noche. Sin pensarlo dos veces,
o asustado. No volvería a u
iderado "demasiado atrevido" y "demasiado oscuro" para su personalidad, y que jamás se había atrevido a estrenar. Era un diseño impecable en rojo sangre, de corte a
o colgó fre
otros habían escrito para ella. Conocía cada trampa, cada inversión que Julián usaría para escalar en
e montara. Pero esta vez, cuando la trampa se cerrara, el
tras una sonrisa fría, afilada como una navaja, curvaba sus labios-. Porque
e cayera la noche. Tenía que prepararse para conocer no al hombre que la destruiría, sino al úni
o, y Camila estaba lis

GOOGLE PLAY