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as de Moscú hasta los rascacielos de cristal de Wall Street, el tiempo era la única moneda que no podía fabricar. Sin embargo, en ese preciso instante, sentado
o de fama era una fábrica de componentes electrónicos que, hasta hací
tenía intención de beberlo. Su mirada gélida, de un azul tan pálido y penetrante que parecía tallado en hielo siberiano, barrió la sala del club de ca
mente dentro de un traje que le quedaba pequeño, firmaba los últimos documentos de cesión. Las
r o eras la presa. Miller había tomado malas decisiones financieras, se había ahogado en deudas, y Nikolai simplemente había olido la
el abogado local, deslizando la carpeta de cuero a tra
de el peso de su Rolex de platino brillaba bajo la luz amarillenta. Su jefe de segu
profundo, suave pero cargado de un poder oscuro que hizo que la temperatura de la habitación pareció descender d
puso de pie. Se abotonó la chaqueta de su traje Brioni hecho a medida, una armadu
salón principal para celebrar... -intentó decir el alc
as -cortó Nikolai, sin molestarse en oc
edo y desesperación mezclado con perfume barato le estaba provocando una jaqueca. Mientras avanzaba por un pasillo lateral, tenuemente il
implacable, tenía más dinero del que podría gastar en diez vidas, mujeres hermosas y dispuestas que calentaban su cama y desaparecían antes del amanecer, y un poder
s se vieron interrumpidos por un go
ula se tensaron y miró hacia abajo con una furia fría y contenida, esperando encontrar a alg
abía ning
no que parecía de buena calidad pero sin lujos, y unos pequeños zapatos de charol negro. Tenía el cabello osc
aba a punto de apartarse con disgusto y llamar a gritos a quien fuera responsable de la pequeña molestia, cuando la
, señor gigante.
n que apenas superaba el metro de estatura. Nikolai, el hombre que hacía llor
a de la niña lo
ue ella levantó el
ba, dio un vuelco violento en su pecho. El aire abandonó sus pulm
ncia obstinada que él había visto en el espejo cada mañ
ido y tan cruelmente claro que parecían fragmentos de un glaciar siberiano. Eran los ojos de los Volkov
dose en un zumbido sordo en sus oídos. Nikolai se quedó mirando a la criatura. Tenía quizás cuatro años. Cuatro años. La mente calculado
caba que la concepción habí
os. Nueva Yor
racional, consumidora, que lo hizo olvidar sus propias reglas. Una promesa susurrada en la oscu
e de seguridad que su secretaria Elena le había entregado semanas después, había renunciado a su puesto tras vaciar una cuenta bancaria y aceptar un trabajo en el extranjero. Nikolai había creído que ella s
mirada que era un espejo genético perfect
torbellino mental. La niña pateó el suelo con su zapatito, perdiendo la p
as. Sus rodillas parecieron perder firmeza y, movido por una fuerza invisible, comenzó a agacharse lentamente, su costoso traje rozando la alfombra gastada. Qu
le salió ronca, irreconocible, un
n sospecha, retroc
respondió ella, alzando la barbilla con
ADN de mil dólares en un laboratorio suizo. Lo sabía en su sangre, en sus huesos, en el l
e que pudiera procesar la traición, el engaño, y la furia ciega y volcánica
rueno en un d
, Mila, te he dicho que no s
todo, la melodía de esa voz. Dulce, ligeramente entrecortada por el pánico, con ese suave
aron en puños con tanta fuerza que los nudillos se tornaron blancos y las
l bosque, Nikolai Volkov se puso de pie en toda su imponente altura. Alzó la cabeza y sus gélidos o
nte, oscuros y aterrorizados. La bandeja que llevaba en las manos resbaló, choca
lla.
ero era indiscutiblemente ella. Y en su rostro, Nikolai no vio sorpresa ni confusión. Solo vio un pán
hielo para convertirse en fuego líquido. El engaño estaba frent
unca perdonaba a q

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