mpo exacto que le tomó a Sienna Moo
separada, empacó lo verdaderamente importante: el peluche de conejo descolorido de Mila, sus libros de cuentos favoritos, los crayones que tanto amaba y la pequeña m
del dormitorio exactamente a los treinta minutos, Sienna
e -anunció el hombre, s
iba en la parte trasera de una inmensa SUV blindada, abrazando a Mila contra su pecho. La niña, ajena al abismo que se ab
ías? -susurró Mila, señalando al chófer que
la coronilla de su hija y tragando el nud
naba a la perfección con el colosal jet Gulfstream G650 que aguardaba en la pista. En la cola del avión, una est
odón barata y la opulencia del interior golpeó a Sienna como una bofetada. El jet era un palacio en miniatura: asientos de cuero color cr
ya estab
taza de café expreso. Se había quitado el abrigo, y la camisa blanca se ajustaba a los músculos de su pecho y hombros con una perfección intimidante.
u voz profunda resonando en la acústica perfe
dejó caer en el asiento contiguo. Cuando los motores Rolls-Royce rugieron, cobrando vida con una potencia ensordecedora, Sienna cerró los ojos, s
luto. Sienna miraba por la ventanilla, su mente girando en u
staba hecha pa
nalmente, aburrida de la inmovilidad, sus deditos hábiles presionaron el botón rojo del cinturón de seguridad. El clic metá
sorteando la mesa de caoba, hasta pl
que el corazón
-susurró con urgencia, intentando
ba una autoridad absoluta. Lentamente, el magnate bajó la tableta electrónica
o y ladeó la cabeza, examinándolo con una intensidad analí
es son reyes o presidentes -declaró Mila, su voz infan
era vez en la mañana, la tensión en su mandíbu
trataba a la niña no como a un bebé, sino como a un igual-. Es parecido a un rey, pero
ceño, procesando
-dijo, estirando un dedo regordete y señalando el entrecejo de Niko
ante Nikolai Volkov. Una palabra equivocada en su presencia podía significar la ruina financiera. Y su hi
podía cortar con un cuchillo. Sienna se preparó para el estallido de furia,
tallido nu
urvó hacia arriba. Apenas un milímetro. Un destello casi imperceptible de asombro y... orgull
eñorita. En copa de cristal, sin hielo -o
eñor V
esar con su madre, se encaramó con dificultad en el inmenso
l miedo a los abogados o a las amenazas legales. Desde su asiento, podía verlos a los dos de perfil. Las misma
los niños, estaba observando a Mila con una fascinación devoradora. Veía en ella no solo su
adora normalidad. Mila bebió su jugo de manzana, le hizo preguntas interminables a Nikolai sobre qué tan rápido volaba el avión y por qué las nubes parecían algodón. Él respondía a cada pregunta con una precisión clínica, sin
aterrizó suavemente en un aer
clusivas y boscosas colinas del norte del estado. A medida que se alejaban de la ciudad y se adentraban en
cuatro metros de altura. Cámaras de seguridad seguían cada movimiento de los vehículos. Las puertas se abrieron lentamente con un zumb
ino, se alzaba l
con piedra gris oscura, acero negro y enormes ventanales de cristal ahumado que reflejaban el cielo tormentoso. La arquit
ol negro. Un ejército de empleados impecablemente uniformados ya esperaba en l
ose contra el gris del día. Luego se giró hacia Sienna, que seguía aferrada
albergaba ninguna calidez; era la declaració
a fachada de piedra, supo que había entrado en la jaula de oro del magnate ruso. Y por primera vez en cinco años, Sienna

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