líg
oxígeno restante en el inmenso despacho de la planta cuarenta y dos. Fue un desafío temerario, una
que calculaba cada movimiento en las salas de juntas, se desmoronó por completo. Lo que quedó en su lugar fue algo crudo, primario y profundamente peligroso. Sus oj
ababa de abando
ecordarle su rango ni la amenazó con r
siguiente, invadió su espacio vital de una forma tan rotunda que Marta tuvo que dar un paso instintivo hacia atrás. El problema fue
era procesar el impacto, A
a superficie de madera del escritorio, una a cada lado de las caderas de Marta, encerrándola en una jaula formada por sus brazo
ganta al sentir el calor abrasador que irradiaba el cuerpo del hombre frente a el
ea de lo que acabas de
o de Marta. No le estaba hablando a su empleada; le estaba
s atrás. El corazón le latía con tanta fuerza contra las costillas que estaba segura de que él po
ue había bebido en la cena, lo inundaba todo. Era un olor dominante, embriagador, que se mezc
ándose un poco más, reduciendo los esca
uar la curva de su cuerpo contra el de él. La rodilla de Adrián, la misma que había encendido el fuego bajo la mesa del restaurante, se deslizó
un choque eléctrico que viajó directo a su espina dorsal. Marta cerró los ojos por
n, con la voz cargada de una
tadas chocando con la intensida
e hasta que su boca quedó a un suspiro de la oreja de Marta. El aliento cálido le acarició la piel sensible del cuello, haciéndola estremecer-.
ner se estaba disolviendo en la atmósfera sofocante de la oficina. Quería responderle, quería lanzarle otra réplica mordaz que demostr
te tú quien me miró primero. Fui
arente de humor, un sonido que
de Adrián rozaron la línea de su mandíbula, un toque casi fantasmagórico, ligero como una pluma pero que quemaba como hierro canden
e ninguno estaba dispuesto a ceder-. He pasado tres malditos años viéndote entrar a mi oficina con esa actitud perfecta, con esos vestidos ajustados, usando ese cer
un producto de su imaginación o simplemente el magnetismo natural que emanaba un hombre poderoso. Saber que él también había estado librando la misma bat
tó ella, con la voz temblo
bios de Marta, un contacto que hizo que ella entreabriera la boca, buscando
Los cuerpos de ambos estaban rígidos, consumidos por la urgencia y el autocontrol que pendía de un hilo finísimo. Cada
éndose justo en la comisura. No era un beso; era una tortura psicológica. Estaba marcando su territorio, asimilando
por el frente del saco de Adrián. Sintió el calor de su pecho a través de la fina tela de la camisa blanca, sintió el lat
todo su sistema nervioso-. Me pides que te obligue. Pero si cruzo esta línea... si rompo esta regla contigo esta noche...
mbriagadora. Él le estaba dando la última oportunidad de arrepentirse,
pierna bajo la mesa del restaurante. Aferró las solapas del traje de Adrián y tiró de él
una resolución que hizo que los ojos de
existir, el tiempo se detuvo en las cuatro paredes de crist

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